sábado, 5 de mayo de 2018

EL CANTANTE DE BOLEROS

(Joseph Lorusso)

Me llamo Jacinto Melcón. Y de mí dicen... algunos... que les puedo resucitar a los muertos. Aunque estoy loco, nunca me lo he creído. Me sé capaz de hacer muchas otras cosas portentosas, hazañas que no están al alcance del común de las gentes, cuya perpetración a mí no me supone, sin embargo, apenas el menor esfuerzo. Pero lo de resucitar a los muertos ni me lo planteo. ¡A santo de qué voy a hacer, yo, algo semejante!

He derrotado al mismísimo Napoleón en la isla de Santa Elena, a donde arribé disfrazado de monje carmelita. Fue en una partida de ajedrez. He visitado a Malaparte en Lipari, donde nos emborrachamos los dos alardeando de nuestro tremendo tirón con las mujeres rubias. Y hasta comparecí una noche en el piso de Ava Gardner, en la calle Doctor Arce, de Madrid, donde, permanezcan ustedes tranquilos, mal que a uno le pesase, ella y yo no llegamos a irnos juntos a la cama. Pero no; no. Seguro. No albergo al respecto la menor duda. Jamás he resucitado a muerto alguno.

Resucitar muertos es designio de Dios, algo sobrenatural e ilógico, y nunca han excedido mis ambiciones, ni mis deseos, ni un pellizco más allá de lo que es justo y razonable.

(Joseph Lorusso)
Por todo ello estimo y me van a perdonar si con esta opinión puedo llegar a decepcionarlos... -si no están ustedes diagnosticados de ninguna enfermedad mental, lo más normal es que sean propensos a las decepciones- ...que la pretendida resurrección de mi pariente no ha constituido sino un azaroso caso de catalepsia, como los que los faquires exhiben en sus perfomances con cobras y gallinas, donde yo, se lo garantizo, no he dispuesto de la mínima intervención.

Pretendió, pese a todo, la mujer de Paco, en un aparte, hacerme responsable del portento y, culpándome de que con mis dones lo único que había conseguido es prolongar gratuitamente los pesares de la enfermedad de su esposo, me pidió por favor, con mucho tiento, muy matizadamente, a ver si podía hacer algo para librarlo de su calvario de una vez por todas.

Y... miren... esto otro sí que está a mi alcance. De hecho, allá en mi residencia, alguna  que otra vez me he preocupado por retirarles el gotero y la mascarilla de oxígeno a algunos majaderos que no hacían más que dar por culo. Pero... ¡joder! ¡Es que Paco es mi primo! De pequeños jugábamos los dos juntos a las chapas. Nos zurrábamos. Y encima, pese a que le tiene cogido el punto a la entonación de los boleros mejor que muchos artistas profesionales, el tío tiene el detallazo de ponerse a cantarlos únicamente cuando va conduciendo y es de noche.


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