domingo, 18 de marzo de 2018

ABRACADABRA ¡BAROJÍZATE!

(Federico Beltrán Masses)

Acabo de leer una novela -mejor releer, aunque reconozco que no he sido capaz de recordar si la primera vez llegué a terminármela del todo- que me ha gustado bastante. En ella, uno de los personajes siempre que tiene que adoptar una decisión, por nimia que sea, como por ejemplo elegir el relleno del bocadillo, y no exagero, acostumbra a hacer uso de la Biblia para no incurrir en errores. No estamos hablando de que lea determinados versículos bíblicos cuya enseñanza esté relacionada, en cada caso, con el objeto de sus divagaciones sino de algo bastante más prosaico, de un método que parece postular la prevalencia del azar sobre la revelación. 

Vean, la cosa consiste en que una persona que esté contigo se ponga a pasar lentamente las hojas del libro sagrado y que tú, el consultor, poses tu dedo índice en un determinado lugar, elegido a voleo, del texto de una de esas hojas. Se comprueban luego la naturaleza de la palabra… o la frase… señaladas con el dedo y se la dota de un sentido último -y, en esta otra labor, al que vuelve las hojas va a negársele cualquier protagonismo- capaz de dar respuesta a nuestra interrogante.

A mí, con Baroja, con su obra, que no es la Biblia pero por ahí le anda, me pasa justo lo contrario. No le permito chance alguna al azar. Acudo a examinar lo que él ha dicho sobre cualquier cosa, ya que tengo subrayadas un montón de frases en sus libros, y, tras adquirir certeza de que más o menos viene a ser lo mismo que opino yo sobre ese particular en concreto, me esmero en poder poner en práctica en la vida real, y de la forma menos onerosa posible, las actitudes que considero a propósito en relación con el dictamen emitido por el maestro.

Así, por ejemplo, especula don Pío por boca de uno de sus personajes:

“En la lucha por la vida no triunfa ni el bueno ni el fuerte, sino el cuco, que es el más apto para la sociedad, naturalmente arreglada y preparada por los cucos y para los cucos. La gran virtud social es la acomodación, la adaptación”

Y a mí, tal y como a él le pasó, sigue sin salirme de ahí mismo llegar a adaptarme. Baroja era un dios -un dios civil, profano y ontológico- y como siempre les sucede a los dioses, por ser este es su único destino, se pasó una buena parte de su vida cabreado y solo. Triscando feliz por su gozoso Olimpo de papel y tinta. Pero cabreado y solo.

Procuremos entonces, ser todos nosotros, sus mimados seguidores del futuro, un poco como él era y, de nuestras capas, hacer sayos. Aunque estos sean de arpillera y raspen la piel. 



2 comentarios:

  1. Ese método se puede aplicar con (casi) cualquier libro; es necesario que sea grueso (o adelgazar las preocupaciones de uno, pero eso sería arcaico). Recuerdo una época en que estaba escribiendo un libro, fragmentario, de postales (por llamarlas de alguna manera) cortas, que eran sugeridas por frases que sacaba, al azar, de un tocho espantoso que andaba por mi casa. Hace demasiados años para que recuerde autor o título.

    Siempre aciertas con la música, Julian.

    Gracias.

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  2. Iba a decir prácticamente lo mismo que el comentarista anterior. Añadiré que hay autores que, incluso en el mismo libro (si es suficientemente grueso, en efecto), dicen A y No A. Por eso, en vez de atenerme a máximas inequívocas, me gusta más el método aleatorio y esóterico del personaje que consultaba la Biblia: dejar espacio al azar y a la creatividad (incluso surrealista) siempre es buena idea.

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