miércoles, 14 de febrero de 2018

YO ME HE ACOSTADO CON CATHERINE DENEUVE


El otro día di inicio a un relato sobre cierto preparado que, cuando te lo tomabas, te permitía ver a tu pareja con un rostro distinto del que en realidad posee. Daba a entender, al final de todo, que la historia iba a contar con una continuación.

Esto, de ahora, es la continuación.

Podría haber reemprendido mi relato a la manera clásica: esto es en orden cronológico y respetando los principios de tono, tiempo verbal y voz narrativa empleados en su primera parte, pero no voy a hacerlo. Lo cierto es que con el rollo, este, de los blogs, se han puesto bastante de moda las piruetas literarias… -vivimos un momento en el que cualquiera que mantiene abierta una cuenta en twitter se considera a sí mismo una réplica de Raymond Carver- … y, al menos en apariencia, estos nuevos lectores agradecen sobremanera los pastiches narrativos. Como se los imaginan a su alcance, se aprestan a descubrir “talento” donde únicamente hay aturullamiento. Confiemos, no obstante, dada la experiencia sobre los folios que uno arrastra ya consigo, que el desenlace final de mi historieta no resulte ser demasiado confuso.

Yo únicamente quería escribir un post para darle merecida publicidad al hecho, único e irrepetible, me temo, de haberme acostado con Catherine Deneuve -la mejor Catherine Deneuve, la de sus mejores años, digamos treinta y tres…- y la única estratagema que se me ocurrió para poder darle credibilidad a mi liaçon con tamaña diosa, fue esa; la de las pastillas. Unas brillantes pastillas esféricas de color rosa. Muy pequeñitas.

Así es. De momento tenía claro que ninguna de las versiones que en un primer momento habían salido al mercado, tras el lanzamiento del producto, terminaba de colmar mis expectativas. Mi sensibilidad (de artista) aspiraba a otras cotas más elevadas. No podía negar que tanto Mariah Carey como Jennifer López o Scarlett Johansson estaban, las tres, de puta madre. Pero yo buscaba algo más exquisito, menos tópico. Milley Cirus era, en efecto, un bombón, pero su extremada juventud la llevaba a perderse en procacidades innecesarias. Y Marilyn Monroe… ¡ay Marilyn Monroe!... la pobre llevaba ya un buen montón de años criando malvas y me parecía una especie de obscenidad de mal gusto... (y no duden que las hay de “buen gusto” e, incluso, muy bueno) ... valerme de su rostro para darle rienda suelta a mi lujuria.


Decidí esperar. Ver lo que los de los laboratorios tenían previsto hacer con Europa. Me enteré, primero, de que en relación a nuestro país las modelos elegidas iban a ser Penélope Cruz y Terelu y he de reconocer que me sentí un poco decepcionado. Aunque… bueeno… lo de Terelu. No sé yo… .

Sucedió mientras estaba pensándome lo de Terelu. No transcurrió demasiado tiempo antes de que pudiese enterarme por medio de Le Monde Diplomatique (llevaba algunos días consultando la prensa francesa en Internet, a tales fines) de que en el país vecino se hallaban a punto de ponerse en venta las grageas correspondientes a Vanessa Paradis (arghh) Charlotte Gainsborough (doble arghh) y sí ¡como lo oyen! Catherine Denueve. ¡El corazón me dio un vuelco! ¡Zaaasss!

Ahora… de proseguir relatándoles la historia al modo tradicional, les hablaría de cuando fui en coche hasta Biarritz, un fin de semana, a por las pastillas. De cómo me serví de ellas con unos resultados mayestáticos. Y de cómo la última de las veces que recurrí a su uso, por culpa de haber ingerido unos momentos antes elevadas dosis de alcohol (Armagnac de Condom, básicamente)... a lo mejor, o bien por un error con su fórmula en el que habrían incurrido los del laboratorio... es probable, sus efectos se extendieron a lo largo de toda la semana obligándome a ver a mi jefa (cuyo parecido con Heinrich Himmler, tanto desde el punto de vista físico como moral, constituye un dato objetivo) en posesión eventual de uno de los rostros más bellos, de mujer, que han existido a lo largo de la historia del mundo.

La realidad. La realidad, como sucede casi siempre, vino a joderlo todo. En mi caso, bastó un briefting de solo media hora de duración con María Esperanza para que yo pasase a aborrecer, literalmente, a Catherine Deneuve.

MORALEJA: Imposible gozar de la contemplación de un rostro hermoso cuando su propietaria es una hija de puta.



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