lunes, 12 de febrero de 2018

LA DAMA DE BLANCO (Wilkie Collins revisited)

(Casey Waugh)

Todos los días, de lunes a viernes, me subo a un autobús, dos veces al día, para hacer el mismo recorrido: de casa al trabajo y del trabajo a casa. Algo que no tiene nada de particular, miles y miles de personas, en todas las partes del mundo, hacen exactamente lo mismo que yo.

Por ejemplo, Pablo. Un señor medio calvo, fornido, de unos cuarenta años de edad, al que, a veces, me encuentro en la parada. Cierto día los dos empezamos a saludarnos. Con el paso del tiempo, luego de constatar que ambos nos dedicábamos a lo mismo, ha terminado por aparecer entre nosotros una cierta complicidad. Para quejarnos de nuestro trabajo, fundamentalmente.

Se suben, igual, al autobús otras personas con las que coincido a menudo. Aunque hay algunas más que van también al mismo sitio que yo, mi trato con ellas, en la inmensa mayoría de los casos, se limita a esbozar una leve sonrisa de circunstancias.

Además, en este invierno, de tanto frío, acostumbra asimismo a aparecer por el autobús una mujer alta, enfundada en un anorak blanco, muy largo, que lleva su rostro medio cubierto tras una bufanda, también blanca. Una mujer, calculo, de más o menos mi edad a la que no le importa enfrentar sus ojos… a los míos… cada vez que los desvío para mirarla.

Yo me apeó del coche antes que ella y todas las veces en las que, al ir a descender los escalones, he volteado el rostro para examinarla por última vez, y no han sido pocas, me ha parecido distinguir como permanecía observándome.

(Casey Waugh)

Hace solo unos días me venció la indiscreción y, tras algunos titubeos, comencé a hablarle a Pablo de la misteriosa viajera. En el fondo, estaba deseándolo. El chasco resultó ser mayúsculo cuando él me dijo no haber llegado a percatarse de su existencia.

-“¿Vestida de blanco…? La primera noticia que tengo, la verdad. Aunque no me hagas mucho caso porque suelo ser bastante despistado”.

Lo cierto es que la presencia en el autobús de la mujer de blanco había comenzado a obsesionarme. Su mirada. Después de darle al asunto algunas vueltas en la cabeza, calculé, probablemente porque así me interesara hacerlo, que, esa mirada, no me resultaba desconocida.

El siguiente a ese, resultó ser un día de mucho ajetreo y yo me metí en la cama, antes de que dieran las nueve, francamente cansado. Esa misma mañana, en el autobús, había tenido lugar el último de aquellos misteriosos encuentros. Sumido en la oscuridad y el silencio, la mente zarandeada por el agotamiento, fui capaz de atribuir, por fin, la penetrante mirada propia de la desconocida a la de una compañera de estudios con la que, hacía siglos, había perdido el contacto. Al parecer, según algunos rumores que llegaron hasta mis oídos y que yo nunca terminé de creerme del todo, esta chica… de joven… había estado perdidamente enamorada de mí. Elena Guijarro.

Entré en Internet y pude localizar a Elena Guijarro sin apenas esfuerzo. Hacía ya casi cinco años que había muerto. En una de las fotografías de Google, extraída de su página de Facebook, llevaba puesto un anorak blanco, bastante aparatoso, que prácticamente le tapaba los pies. Rodeada de nieve, deslumbrado su rostro por el sol, mantenía su mirada fija en la mía. Una mirada a la que cabría calificar de implorante. Lloré.


5 comentarios:

  1. Espero que le hayas pedido permiso al fantasma de Wilkie Collins para atreverte a traer a su dama, otro fantasma

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  2. Como acostumbra a pasarle -como bien ye consta, es un autor que escribió a destajo- también en está novela, me estoy refiriendo a su argumento, Collins tiene arranque de purasangre y llegada de pollino. Se "emborracha" con sus grandiosas dotes para fabular y complica innecesariamente sus tramas. Es como un Mágico González de la literatura. ;-)

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    1. Sí, La dama de blanco flojea al final frente a su comienzo, en ese sentido es mejor su otra gran novela, La piedra lunar. De todas formas siempre fue más flojo que su colega y amigo Dickens, con el que como sabes colaboró

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    2. Entre nosotros, te confieso que no me he terminado ninguna de Collins (a mí mujer me parece que le gustó mucho "La Túnica Negra") ni tampoco de Dickens. Los autores ingleses de esa época me parecen un poco tostón. En cambio, acabo de leerme la autobiografia de Brás Cubas, del brasileño Machado de Assis, más o menos coetáneo de los anteriores, que me ha dejado turulato. Está casi al nivel de Eça de Queiros. ;-)

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    3. Historia de dos ciudades, esa es la novela de Dickens que un lector actual con buen paladr debe leer, nada de Oliver Twist ni demás. Historia tiene uno de los mejores comienzos de una novela (junto con La Recherche de Proust): «Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos ..."

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