miércoles, 28 de febrero de 2018

PLAGIO

(Yasmine Díaz)

El joven de las barbas permanecía apoyado contra la pared, rasgando su guitarra. Era como si estuviese ensimismado en un diálogo consigo mismo, como si estuviese contándole algunos secretos íntimos a los ventanales del claustro, como si aquella fuese una forma más, una forma exquisita bien es cierto, y tal vez por ello poco humilde, de confesarse. Parecía como si revelara: "este rasgueo, esta escala en "mi", es para revivir el recuerdo de lo que le dije aquella tarde a la amiga de Elisa. Y ahora con este nuevo dibujo de las notas, acariciando con las yemas la tensión de las cuerdas, voy a preguntarle si se acuerda de mí, si se dio cuenta de que yo me estaba enamorando de ella. Disfrutar a solas de la coquetería femenina. ¡Qué maravilla!".

Me acerco hasta él. Hasta el músico. Al notarlo, me mira de soslayo pero sigue adelante.

Sé que tiene que parar, que tarde o temprano tiene que parar. Darle un respiro a la mente y a sus manos. Huir de los recuerdos.

Cuando por fin lo hace, le dirijo la palabra sonriente y sin levantar apenas la voz:

-"Esa melodía ya la he escuchado antes".

-"¿Dónde...?".

-"En mi casa...".

El chico pone cara de extrañeza.

-"¿Era usted el que la tocaba?".

-"No, no era yo. Era Chico Buarque".

El chico me mira fijamente a los ojos con cara de afrenta. Trata de encajar el golpe. Aunque tal vez sea verdaderamente sincero cuando me pregunta.

-"Entonces... ¿se trata de una canción conocida?".

Le contesto: "Me temo que sí. Pero tú la tocas de una manera muy especial. En serio..." y le guiño el ojo.


sábado, 24 de febrero de 2018

LA VIDA ETERNA

(Valerius de Saedeleer)

Hoy, un niño ha aprendido a tirarse de cabeza a la piscina. Está feliz. Se pega cada planchazo ¡qué no veas! Pero está feliz. Yo también me siento feliz de verlo a él disfrutar.

El niño lleva ahora marcado, en la piel y la carne de su pecho, de su estómago, el triunfo del mundo. La marca de todas las victorias del mundo. Fraguadas, a medias, de valor y miedo.

Luego, más adelante, con trece, catorce años, querrá saber de la vida eterna.

Pensando todo esto que le está sucediendo al niño, soy incapaz de no sentirme de repente, un poco triste. Y no debería ser así, pero…

La canción que escucho tampoco contribuye a levantarme el ánimo. Habla de una tierra que no terminará nunca, una tierra de nunca jamás, una isla tropical -como las que imaginaron Joseph Conrad o Bioy Casares cuando los acorralaba la rutina- y su melodía, aunque hay veces que es alegre, la mayor parte del tiempo no lo es.

Al final es eso. Se reduce todo a eso. A saber entenderse con el paso del tiempo.

Entonces… braceando, como el crío, entre la emoción y la conmoción, me lanzó de cabeza a la piscina y me cuelo, como él acaba de hacer, en el agua, azul y fría, que esta contiene. Tranquilo y satisfecho de poder formar parte de la vida eterna. 


jueves, 22 de febrero de 2018

LA FOTOGRAFIA Y EL ARTE

(Annie Leibovitz)

Viene este post a cuento -¿viene?- a raíz de la censura a la que se ha sometido, en ARCO, a cierta exposición de imágenes obra del fotógrafo Santiago Sierra. No voy a tratar del fondo del asunto por remitirse a una cuestión estrictamente privada acontecida entre: ARCO, Santiago Sierra, y, al parecer, la galerista Helga Alvear. Nótese que las noticias hablan de sugerencias y no de imposiciones, por más que aquellas hayan llevado encerradas -como casi siempre ocurre en estos casos- algo de estas otras. Voy a referirme, sí, a la fotografía como pretendida manifestación artística.

Ya tengo hablado de algo de esto por aquí y, para que no haya sorpresas, me dispongo a darle continuidad a este texto proclamando, de entrada, rotundamente, que no pienso que hoy en día la fotografía, hacer fotografías, “sacar” fotos, tenga absolutamente nada que ver con el arte.

La fotografía… que nace a principios del siglo XIX aunque pueda parecer mentira… entrañaba en sus albores, mucho de magia, de alquimia. Y a sus precursores cabría calificarlos de brujos, de físicos. E incluso por su capacidad de poder ofrecer a los ojos del hombre una dimensión si no alternativa sí... al menos... compendiada de la realidad, de artistas.

Más adelante, a lo largo de casi siglo y medio, el fotógrafo, jugando con una serie de materiales y técnicas, va a continuar teniendo una intervención tangible, si bien bastante más matizada, sobre la versión final de la imagen captada por la cámara. Respecto de este periodo mantengo ya mis dudas sobre la procedencia de continuar estimando artistas a los fotógrafos. Tal vez fuere más preciso referirnos a ellos como artesanos. 

(Diego Velázquez)

A partir de aquí, mediados del siglo XX, van a depender ya prácticamente todos los logros, en el campo de la fotografía, del automatismo de la cámara: sus características técnicas, sus prestaciones, los elementos auxiliares que se empleen… Dándole cuerpo al pretendido “arte” del fotógrafo, desde entonces, la habilidad del personaje para perfilarse como "artista" a ojos de sus semejantes.

Así es. Habrá gente que piense que justo se trata de eso. Es artista quien llega a ser percibido por los demás como tal. Hasta ahí puedo decir: “vale, aceptémoslo”. Bien que al momento de opinar sobre las ¿creaciones? de ¿artistas? como Duchamp, como Warhol, como Antoni Tapies, no cuente yo con el desparpajo necesario para atreverme a calificarlas de obras de arte. El personaje, su personalidad, podrán ser sumamente atractivos, pintorescos. Su producción, tal vez también lo sea, pero en modo alguno reúne los requisitos y los méritos necesarios para hacerse acreedora a la categorización de obra de arte.

Justo tal y como, entiendo, sucede con los fotógrafos, todos los fotógrafos sin excepción, cuya habilidad para las relaciones públicas va a rendirles un servicio perfectamente al margen de los condicionantes, anímicos o sensoriales, que les condujeron a apretar un botón, con el dedo, en un instante preciso y frente a una situación concreta. Que, a día de hoy, no consiste sino en eso el "arte" de la fotografía.

Para terminar me gustaría añadir que en la medida en la que hay montones de personas a las que parecen gustarle ver fotos, resulta lógico que su exhibición pueda tener cabida en las, denominadas, galerías de arte. En todas las que sea menester. Mas no pienso que deba suceder lo mismo con los museos Bellas Artes -salvo que se trate de unas instalaciones destinadas de manera específica a tales fines- porque, lo repito, la materialización de una fotografía se encuentra en las antípodas de lo que, conforme a los dictados de la razón y la sensibilidad, ha de merecer la consideración de obra de arte. “Simplismo vs. Inspiración”. “Automatismo vs. Destreza”. “Rutina vs. Conocimiento”. “Capricho vs. Dedicación”.  Y... ay sí... ¡claro que sí!... verdadero genio vs. pueril autocomplacencia.   


miércoles, 21 de febrero de 2018

ESCAFANDRISMO


"No todo se reduce a lo que tienes metido dentro del cerebro".

"....................."

"El sol, el mar, las gaviotas que pasan por encima de nosotros, la piel de esta mano que ahora sostiene una de las tuyas... ¿los tienes dentro del cerebro?".

Le respondí que sí y ella me miró con miedo y crueldad como si, acaso, temiera por su vida o quisiese matarme.



miércoles, 14 de febrero de 2018

YO ME HE ACOSTADO CON CATHERINE DENEUVE


El otro día di inicio a un relato sobre cierto preparado que, cuando te lo tomabas, te permitía ver a tu pareja con un rostro distinto del que en realidad posee. Daba a entender, al final de todo, que la historia iba a contar con una continuación.

Esto, de ahora, es la continuación.

Podría haber reemprendido mi relato a la manera clásica: esto es en orden cronológico y respetando los principios de tono, tiempo verbal y voz narrativa empleados en su primera parte, pero no voy a hacerlo. Lo cierto es que con el rollo, este, de los blogs, se han puesto bastante de moda las piruetas literarias… -vivimos un momento en el que cualquiera que mantiene abierta una cuenta en twitter se considera a sí mismo una réplica de Raymond Carver- … y, al menos en apariencia, estos nuevos lectores agradecen sobremanera los pastiches narrativos. Como se los imaginan a su alcance, se aprestan a descubrir “talento” donde únicamente hay aturullamiento. Confiemos, no obstante, dada la experiencia sobre los folios que uno arrastra ya consigo, que el desenlace final de mi historieta no resulte ser demasiado confuso.

Yo únicamente quería escribir un post para darle merecida publicidad al hecho, único e irrepetible, me temo, de haberme acostado con Catherine Deneuve -la mejor Catherine Deneuve, la de sus mejores años, digamos treinta y tres…- y la única estratagema que se me ocurrió para poder darle credibilidad a mi liaçon con tamaña diosa, fue esa; la de las pastillas. Unas brillantes pastillas esféricas de color rosa. Muy pequeñitas.

Así es. De momento tenía claro que ninguna de las versiones que en un primer momento habían salido al mercado, tras el lanzamiento del producto, terminaba de colmar mis expectativas. Mi sensibilidad (de artista) aspiraba a otras cotas más elevadas. No podía negar que tanto Mariah Carey como Jennifer López o Scarlett Johansson estaban, las tres, de puta madre. Pero yo buscaba algo más exquisito, menos tópico. Milley Cirus era, en efecto, un bombón, pero su extremada juventud la llevaba a perderse en procacidades innecesarias. Y Marilyn Monroe… ¡ay Marilyn Monroe!... la pobre llevaba ya un buen montón de años criando malvas y me parecía una especie de obscenidad de mal gusto... (y no duden que las hay de “buen gusto” e, incluso, muy bueno) ... valerme de su rostro para darle rienda suelta a mi lujuria.


Decidí esperar. Ver lo que los de los laboratorios tenían previsto hacer con Europa. Me enteré, primero, de que en relación a nuestro país las modelos elegidas iban a ser Penélope Cruz y Terelu y he de reconocer que me sentí un poco decepcionado. Aunque… bueeno… lo de Terelu. No sé yo… .

Sucedió mientras estaba pensándome lo de Terelu. No transcurrió demasiado tiempo antes de que pudiese enterarme por medio de Le Monde Diplomatique (llevaba algunos días consultando la prensa francesa en Internet, a tales fines) de que en el país vecino se hallaban a punto de ponerse en venta las grageas correspondientes a Vanessa Paradis (arghh) Charlotte Gainsborough (doble arghh) y sí ¡como lo oyen! Catherine Denueve. ¡El corazón me dio un vuelco! ¡Zaaasss!

Ahora… de proseguir relatándoles la historia al modo tradicional, les hablaría de cuando fui en coche hasta Biarritz, un fin de semana, a por las pastillas. De cómo me serví de ellas con unos resultados mayestáticos. Y de cómo la última de las veces que recurrí a su uso, por culpa de haber ingerido unos momentos antes elevadas dosis de alcohol (Armagnac de Condom, básicamente)... a lo mejor, o bien por un error con su fórmula en el que habrían incurrido los del laboratorio... es probable, sus efectos se extendieron a lo largo de toda la semana obligándome a ver a mi jefa (cuyo parecido con Heinrich Himmler, tanto desde el punto de vista físico como moral, constituye un dato objetivo) en posesión eventual de uno de los rostros más bellos, de mujer, que han existido a lo largo de la historia del mundo.

La realidad. La realidad, como sucede casi siempre, vino a joderlo todo. En mi caso, bastó un briefting de solo media hora de duración con María Esperanza para que yo pasase a aborrecer, literalmente, a Catherine Deneuve.

MORALEJA: Imposible gozar de la contemplación de un rostro hermoso cuando su propietaria es una hija de puta.



lunes, 12 de febrero de 2018

LA DAMA DE BLANCO (Wilkie Collins revisited)

(Casey Waugh)

Todos los días, de lunes a viernes, me subo a un autobús, dos veces al día, para hacer el mismo recorrido: de casa al trabajo y del trabajo a casa. Algo que no tiene nada de particular, miles y miles de personas, en todas las partes del mundo, hacen exactamente lo mismo que yo.

Por ejemplo, Pablo. Un señor medio calvo, fornido, de unos cuarenta años de edad, al que, a veces, me encuentro en la parada. Cierto día los dos empezamos a saludarnos. Con el paso del tiempo, luego de constatar que ambos nos dedicábamos a lo mismo, ha terminado por aparecer entre nosotros una cierta complicidad. Para quejarnos de nuestro trabajo, fundamentalmente.

Se suben, igual, al autobús otras personas con las que coincido a menudo. Aunque hay algunas más que van también al mismo sitio que yo, mi trato con ellas, en la inmensa mayoría de los casos, se limita a esbozar una leve sonrisa de circunstancias.

Además, en este invierno, de tanto frío, acostumbra asimismo a aparecer por el autobús una mujer alta, enfundada en un anorak blanco, muy largo, que lleva su rostro medio cubierto tras una bufanda, también blanca. Una mujer, calculo, de más o menos mi edad a la que no le importa enfrentar sus ojos… a los míos… cada vez que los desvío para mirarla.

Yo me apeó del coche antes que ella y todas las veces en las que, al ir a descender los escalones, he volteado el rostro para examinarla por última vez, y no han sido pocas, me ha parecido distinguir como permanecía observándome.

(Casey Waugh)

Hace solo unos días me venció la indiscreción y, tras algunos titubeos, comencé a hablarle a Pablo de la misteriosa viajera. En el fondo, estaba deseándolo. El chasco resultó ser mayúsculo cuando él me dijo no haber llegado a percatarse de su existencia.

-“¿Vestida de blanco…? La primera noticia que tengo, la verdad. Aunque no me hagas mucho caso porque suelo ser bastante despistado”.

Lo cierto es que la presencia en el autobús de la mujer de blanco había comenzado a obsesionarme. Su mirada. Después de darle al asunto algunas vueltas en la cabeza, calculé, probablemente porque así me interesara hacerlo, que, esa mirada, no me resultaba desconocida.

El siguiente a ese, resultó ser un día de mucho ajetreo y yo me metí en la cama, antes de que dieran las nueve, francamente cansado. Esa misma mañana, en el autobús, había tenido lugar el último de aquellos misteriosos encuentros. Sumido en la oscuridad y el silencio, la mente zarandeada por el agotamiento, fui capaz de atribuir, por fin, la penetrante mirada propia de la desconocida a la de una compañera de estudios con la que, hacía siglos, había perdido el contacto. Al parecer, según algunos rumores que llegaron hasta mis oídos y que yo nunca terminé de creerme del todo, esta chica… de joven… había estado perdidamente enamorada de mí. Elena Guijarro.

Entré en Internet y pude localizar a Elena Guijarro sin apenas esfuerzo. Hacía ya casi cinco años que había muerto. En una de las fotografías de Google, extraída de su página de Facebook, llevaba puesto un anorak blanco, bastante aparatoso, que prácticamente le tapaba los pies. Rodeada de nieve, deslumbrado su rostro por el sol, mantenía su mirada fija en la mía. Una mirada a la que cabría calificar de implorante. Lloré.


jueves, 8 de febrero de 2018

LA REVOLUCION SEXUAL

(Alma Tadema)

Primero vi aparecer la noticia en Internet, en un medio digital. Era justo una de esas informaciones que surgen asiduamente en la red y de las que no se sabe a ciencia cierta si responden a hechos reales o inventados. Luego, al cabo de solo unos pocos días, volví a encontrármela en otro periódico, bastante más conocido, y ya dentro de la sección de ciencia y tecnología. Debía de ser verdad.

Se hablaba de cierto avance científico que iba a revolucionar el campo de la sexualidad y las relaciones de pareja. "La monotonía consustancial a una relación sentimental prolongada hace que la pareja con el paso del tiempo vaya perdiendo interés por mantener relaciones íntimas". El artículo se refería a algo de lo que todo el mundo tiene cumplida noticia pero bien está que los científicos se ocupen de airearlo para que no nos sintamos unos degenerados. "Y este nuevo compuesto, recién descubierto..." -el doctor o el periódico evitaban hacer uso de la palabra droga- "... va a permitir a quienes lo utilicen, recuperar, de manera casi automática y plenamente satisfactoria, ese interés". A mí aquellas declaraciones me parecían más propias del responsable de marketing de los laboratorios que del jefe del equipo de investigadores que había sido capaz de descubrir aquella panacea. Y es que tal vez en efecto provinieran de aquél y no de alguno de estos otros, y yo, al recordarlas ahora, me esté armando un taco.

El entrevistado proseguía despachándose en estos términos: "hasta ahora se han venido empleando una serie de remedios mediante los que se ha deseado espolear la líbido en "destino", como si dijéramos, actuando fundamentalmente sobre la zona genital del varón y la mujer, está nueva terapia está, por el contrario, encaminada a actuar en "origen" estimulando el verdadero punto neurálgico del que surge el deseo: el cerebro".

(Alma Tadema)

Al final, en la interviú, aquel curioso personaje explicaba que la ingesta de las pastillas... puestas ya en circulación en el estado de Vermont y en el área de Kansai, en Japón, justamente en la prefectura de Kyoto, con unos resultados que cabría calificar de verdaderamente alentadores... te llevaba -mejor, te impelía- a ver a tu pareja durante un determinado lapso de tiempo, no precisamente breve, con el rostro de un personaje famoso comúnmente celebrado por su atractivo sexual, por su sex appeal". Preguntado al respecto por la entrevistadora, el científico precisaba que, de momento, habían salido ya las pastillas para transformar a la mujer, su rostro, en los de Mariah Carey, Jennifer López, Scarlett Johansson, Milley Cirus (los hay a los que les gustan "muy jovencitas") e, incluso, la difunta Marilyn Monroe, pero que estaba avanzándose... -"estamos en el camino correcto" sentenció- ... "para obtener en los principales países de Europa distintos preparados específicos que van a permitir la reproducción facial de, por lo menos, dos o tres de las más afamadas celebridades locales". Así es. Es bien sabido que, por mucho que proclamemos lo contrario, en el fondo nos turba más la posibilidad de hacer el amor con la vecina del cuarto "B" que con una ucraniana de uno setenta y nueve.

Entonces... te tomabas una de aquellas pastillas con un trago de agua, unos diez minutos antes de que comenzara el jaleo, y en tu percepción iba poco a poco transformándose el rostro de tu pareja hasta quedar convertido en el de una de aquellas hermosuras. Dependía de la cápsula que hubieses elegido.

Respecto de ellas, las chicas, el remedio se me antojaba más útil aun, e incluso más sofisticado, ya que además de disponer de las píldoras que reconvertían las facciones de su amante en las de George Clooney, Richard Gere, Michael Bubble, Bradley Cooper e ¡incluso Donald Trump! (para aquellas proclives a entusiasmarse con el poder), también podían ocasionalmente, si así lo deseaban, ingerir una de las destinadas a priori a los varones, que, tras una pequeña alteración en la composición en su fórmula para adecuar sus efectos a la cadena cromosómica femenina, las iba a permitir verse, a sí mismas, con los rasgos faciales de Mariah Carey, Jennifer López, Scarlett Johansson, Milley Cirus o Marilyn Monroe entre tanto permanecieran entregadas a la apremiante justa del amor.

(Continuará...)



viernes, 2 de febrero de 2018

LA INSINUANTE IRONIA


Me propongo, esta vez, escribir unas palabras sobre la ironía y lo primero que hago es acudir...  -ya saben, en literatura todo lo que no es plagio, es pastiche- ... a lo que Alfonso Fdez. Tresguerres tiene dicho sobre el asunto en su "Guía de Perplejos". ¡Sapristi! Fernández no tiene dicho nada, o por lo menos no ha escrito ninguna entrada bajo dicho "nombre", y me va a tocar tener que ir inventándomelo todo sobre la marcha. Nada que no sea lo habitual cuando escribo un post, por cierto.

Y consciente de que la empresa requiere de unos prolegómenos potentes, epatantes, que a mí... a lo mejor... tardan dos o tres meses en ocurrírseme, voy y echo mano de otro genio, un genio de la ironía (ahora que... ¿se puede ser genial sin ser irónico?), mi bien amado Jaume Perich, para, empezando por hablar de sus pegas que también las tiene (pocas, pero las tiene), venir aquí a repetir sus palabras cuando él nos advierte: "lo malo de la ironía es que los que no te han entendido creen que eres gilipollas y los que sí lo ha hecho piensan que eres un cabrón". Diríjase entonces este escrito a los que me entienden, que no pueden ser muchos en razón a los epítetos con los que por lo común acostumbro a ser conceptuado, en la confianza -pienso que Perich, en su frase, con mayor probabilidad estaba refiriéndose al sarcasmo- de que por defender a ultranza el uso de la ironía, y sin demasiados miramientos, no llegué a ser tomado por un sujeto del que conviene precaverse.

Sí. Intento siempre, salvo que no proceda, ser irónico. Ya que es el empleo de la ironía, tanto en la charla como en la escritura, la que libra al fraseo de la naturaleza de cháchara o monserga, en el primer caso, y de la de mamotreto o simpleza, en el segundo, a los papeles. Hasta en los libros de texto, ¡hasta en los libros de texto de química orgánica, la de los "carbonos"! sería menester, para que el lector no se aburra o ensimisme, introducir alguna dosis de ironía.


¡Qué no decir entonces de la novela! No le vamos a pedir a todo el mundo que sea como Julian Barnes, Richmal Crompton o Eça de Queiros, porque eso sería imposible, claro, pero sí que cada cincuenta páginas por ejemplo, los autores de narrativa se decidieran a bajar un poco la guardia y hacernos sonreír burlándose, a través de sus personajes, de lo vulnerables que son ellos mismos. ¿Se imaginan lo buenas que resultarían ser "La Montaña Mágica", "Madame Bovary", "Las Bostonianas"... si en sus páginas apareciese la ironía? Yo, no.

Se trata entonces precisamente de eso. Como acabo de apuntar, y no sé si hasta de apuntalar, la ironía, la verdadera ironía no consiste sino en dejar expuestas en público ante los demás, a sus expensas, en toda su descarnada y entrañable humildad, nuestras propias miserias. Que, generalmente, son las de todos los hombres. Incluso las de ellos.

O como ya tengo dicho, y voy a permitirme el sonrojante placer de acudir en una ocasión como esta a la auto cita, "la ironía es la espada con la que el hombre inteligente descuartiza los monstruos de la solemnidad y los prejuicios, que les devoran la razón a los tontos". Y lo entrecomillo todo, y vuelve a darme mucho gusto, como si se tratase de un frase célebre. Fin.

(N. del A. La acción de la novela, donde figura la máxima de marras, se desarrolla en la Edad Media).