viernes, 20 de enero de 2017

RUA DA SAUDADE


"Saudade. Los rasgueos de una guitarra se entremezclan con el aturdido repicar de las gotas de lluvia que humedecen esta noche los adoquines negros de las estrechas calles de Coimbra. Luces amarillas, ancestralmente turbias, que derraman sus reflejos en una manera muy lánguida sobre el suelo resbaladizo de las aceras. Luces de farol. Unos pasos acelerados. Un "¡ay Dios, casi me caigo!". La muchacha ha recuperado el equilibrio y se aleja, persignándose, por una de las callejas que salen de la plaza. Desde su habitación del hotel, el hombre -un cirujano cardiovascular que ronda los cincuenta- cree poder percibir el olor a rancio que exuda un café viejo y empapado, cree poder sentir en sus carnes los gorgeos de los cientos de polillas que se están ahogando afuera, en el final de sus vidas, y deja divagar, a su mente, entre una marea de recuerdos.

Recuerda... En la sierra ulula el viento... un pequeño utilitario avanza despacio entre los pinares... aunque lleva dadas las luces, solo le funciona uno de los faros, el otro se estropeó hace mucho tiempo en el transcurso de una noche de luna llena en la que una oligofrénica dio a luz en una cabaña más abajo de Lousa. Recuerda... un barro, cremoso y vital, que se adhiere a las suelas de las sandalias, y las yemas de los dedos, como si en lugar de ser de tierra lo formasen coágulos y grumos de sangre. Recuerda.... una barca rota con la borda hecha astillas, junto a un ribazo del río, hasta la que los niños acudían para esconderse. El agua. Un cubo de latón lleno de cangrejos. Se conmueve, emocionado, y piensa en su padre...".




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