martes, 1 de noviembre de 2016

La segunda parte de "LA INSUMISION DEL TALENTO". J.L. Borges al cuadrado


Parte II (viene de Parte I, tal cual)

Al fin, mi táctica parece haber dado sus frutos y el otro día, hace una semana más concretamente, pude leer con satisfacción, con enorme satisfacción, nada menos que en una crítica de Iñigo Olavarrieta -a mi juicio el especialista más capaz de cuantos componen nuestro actual panorama crítico- que Nicasio Mayoral, el personaje protagonista de “La Insumisión del Talento”, una novela obra de una escritora desconocida, Paula Escribano Illán, que había venido acaparando todo tipo de elogios y parabienes en los ámbitos literarios más exigentes… e incluso llegado a gozar de una inusitada repercusión fuera de nuestro país… no era sino un trasunto de Jacinto Astorgaz, un profesor de literatura que a él le había dado clase hacía unos veinte años, durante su época universitaria. Un personaje excéntrico, lúcido y bien humorado, el de Nicasio, que, según palabras del propio Olavarrieta -y de la mayoría de los numerosos críticos que a esas alturas habían glosado, ya, el libro- no era sino el eje vertebrador sobre el que se asentaba toda la trama de la historia y se cimentaban las ideas que se pretendían transmitir a los lectores por medio de su desarrollo.

Concurría la circunstancia, trascendental a mis propósitos, de que habiendo sido Olavarrieta, en efecto, alumno mío -un buen tío, un tío con la cabeza en su sitio- este, en su artículo, mantenía recordar a la perfección, según sus propias palabras, a Paula Escribano Illán como una de sus compañeras de curso. Una chica guapísima, y extremadamente reservada, que apenas se dejaba caer por la facultad como no fuese para asistir a las clases del profesor Astorgaz. O, lo que es lo mismo, mis clases.

Ya que… -sería absurdo que lo fuésemos obviar aquí, precisamente aquí- … al margen de los méritos intrínsecos del propio contenido de la obra, otro de los motivos del enorme éxito de “La Insumisión del Talento” habría de ser, sin duda, el halo de misterio que rodeaba a la personalidad, misma, de su autora, quien, por el momento, había venido rechazando sistemáticamente personarse en cuanta comparecencia pública le era propuesta.


-“Jacinto, me he leído ya “La Insumisión del Talento” nada menos que nueve veces. ¿De verdad quiere que vuelva a hacerlo? ¿No comprende que esté ya un poco harta?”.

-“No desespere querida, no desespere, y métase en su papel hasta el fondo. Es usted una actriz maravillosa, además de guapísima, y estoy convencido que conseguirá salir airosa del lance”.

-“Pero, coño… ¡Qué es el Premio Nacional de Literartura…!”.

-“Se lo tragarán. Como se han ido tragando, hasta ahora, tantas otras cosas. Les conviene hacerlo”.

-“… y ¿si fracaso?”.

-“La consecución de toda hazaña conlleva asumir un riesgo. Pero no debe olvidar, Azucena, que a mí, desgraciadamente, no puede quedarme demasiado tiempo de vida y que figuran alineadas a buen recaudo, dentro de este pendrive, que ahora mismo sostengo entre mis dedos, nada menos que siete obras deseosas de contar con una maternidad tan diligente, y capaz, como la que usted, sin duda, va a hallarse en disposición de ofrecerles”.

-“¿… y Olavarrieta? El tío terminará oliéndose la tostada tarde o temprano”.

-“Mucho me temo, querida, que él tiene ya que saberlo todo. Se limita a seguirnos el juego. No creo que desestime dejar pasar la oportunidad de que ambos, usted y él, lleguen a mantener un provechoso flirt. Ya en la facultad sentía una especial predilección por las chicas bonitas”.



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