sábado, 29 de octubre de 2016

MAS BORGES. "LA INSUMISIÓN DEL TALENTO" (O las dos caras de Jacinto Astorgaz)


Parte I

Me llamo Jacinto Astorgaz, tengo casi setenta y dos años y me encuentro al borde mismo de la jubilación. Doy clases de literatura contemporánea en la Universidad, no viene al caso que les diga en cual, y escribo; escribo cada día. Sí, escribo todos y cada uno de los días del año. Navidades y vacaciones, incluidas. Me gustaría poder decir que la escritura es mi profesión y las clases son mi afición, pero sucede justo lo contrario. Prácticamente todas mis publicaciones se han materializado a través de pequeñas editoriales relacionadas con el medio universitario y han consistido en ensayos -no demasiado aburridos, confío- sobre la obra de mis tres escritores favoritos del siglo XIX: Emilia Pardo-Bazán, Juan Valera y José María Pereda. La única vez que conseguí publicar una novela “Los Delatores de Júpiter” -en el año 1984, en una editorial de indudable renombre- he de reconocer que el libro pasó con más pena que gloria dentro de eso que viene a denominarse el panorama editorial del momento.

Como casi todo escritor -ya les he dicho que es esto lo que me considero por encima de todo- he aspirado siempre a la fama y la gloria, mas, al llegar cierto punto de mi vida, justo después del monumental fracaso de “Los Delatores de Júpiter”, conseguí asumir que una y otra, la fama y la gloria, parecían estarme -mal que me pesase y por las razones que fuera, unas razones que, sinceramente, escapaban a mi comprensión- rotundamente vedadas. 


Mas como no me resignaba a no aparecer, en un futuro, formando parte de la historia de nuestra literatura, hará de esto unos veinticinco años ideé una estrategia para que mi nombre, si no entre los autores consagrados, apareciese, por lo menos, entre los de los personajes más celebrados de esas obras elegidas por los eruditos. Y, con este fin, me volqué, en cuerpo y alma, en hacer de mi vida, ante todo de la atinente a mi actividad académica, una vida novelesca, en la eventualidad de que mi figura, mi personalidad ¡mi nombre! apareciese en la obra de alguno de mis alumnos al que los hados del destino, llegasen a distinguir, en el futuro, con el signo de la maestría o de la popularidad.

Así comencé -y todo esto es sólo a título de ejemplo- a asistir a las clases con una capa negra forrada de seda roja y a usar monóculo para dirigirme a los alumnos de las últimas filas. Me preparaba junto con cada lección que debía impartir, una selección de frases escogidas -siempre de mi propia cosecha, ya que acostumbran a ser mejores que las de los literatos célebres- que luego proclamaba, con completa naturalidad, en el curso de mis explicaciones. Hice denostación pública ¡y rotunda! de escritores tan famosos como Joyce, Kundera, Nabokov y García Márquez a los que, por aquel entonces, se tenía, en nuestro país, por el sancta sanctorum de solvencia literaria. E, incluso, llevé algunos días a clase a una muñeca hinchable, a la que me apeteció denominar Juanita, para lamentarme ante mis alumnas de estar seguro de que ella iba a hacerle más caso a mis lecciones de lo que ellas, por lo común, acostumbraban... (continuará).



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