jueves, 9 de junio de 2016

¡QUE SOLOS SE QUEDAN LOS VIVOS! (más Umbral)


Siguiendo con el homenaje al maestro Umbral, vamos a ponerle el colofón, un colofón momentáneo que no definitivo -los colofones de los homenajes a los grandes hombres, y muchos escritores lo son, tienen que ser siempre momentáneos porque luego, con el paso del tiempo, vuelves a saber algo de ellos, o de sus obras, y, a la par, vuelves a sentirte en deuda con su talento- tirando de bloggoteca, y pegando por aquí, que esto lleva ya demasiados días varado y luego no va a haber ya quien lo ponga a flote, unas breves líneas que les dediqué a él, y a su obra, cuando se produjo el triste acontecer de su muerte. ¡Qué grande Paco Umbral!

"Si bien lo miramos, la muerte en sí no es algo que verdaderamente nos aterre. Lo que nos asustan son los muertos. Algunos muertos. Aquellos con los que, mientras estuvieron vivos, mantuvimos el contacto o, por lo menos, llegaron, por las razones que sean, a resultarnos: cercanos, familiares.

Cuando durante mis vacaciones estivales me he enterado de la muerte de Paco Umbral, he sentido de repente un miedo inesperado, e irreflexivo, a morirme yo mismo ¡Qué miserables somos a veces los hombres!.

A propósito de Paco Umbral obra ya en este blog un post, titulado "El Giocondo", que pretendía ser un sentido homenaje a la literatura (y "las cosas", tal y como a él le gustaba referirse a las consabidas circunstancias orteguianas) del ahora difunto, a partir de lo evocado de mis propias vivencias juveniles: nocturnas, depredadoras, dispsómanas, umbráticas ¡cómo no! acaecidas durante cierta época de mi vida. Una época incierta.


Con tristeza y reconocimiento me toca proclamar esta vez que la literatura castellana -y aquí quiero decir "de castilla" y aquí incluyo en esa castilla ¡tan ancha! ese poblachón enorme que es Madrid- ha perdido a su último valedor. ¿Quién va a cantarles ahora a los barbechos de amianto y las eras de asfalto sin resultar tostón o hacer uso del tópico? ¿Quién retratar a banqueros, pintamonas, marquesas, alguaciles, caricatos y politicastros sin caer en el desprecio, la alabanza o la pedantería...?

Ribera y Valdés Leal le andan pintando la mascarilla al muerto y los espectros palaciegos de majas, monjas, meninas y chulapas se afanan en tocarle la minga entre la saya para encimar su resurrección con el pajeo. Aguardan impacientes, fumándose unas tobas, Solana y Espronceda ansiosos por partir de farra hacia Cascorro y los Humilladeros, junto al fantasma del  difunto, y enredarse en bravatas.

Y él.. mientras tanto.. -inmortal, incólume- se acaricia esas narices suyas: feas, rotundas, españolas.. llenas de bubas y espinillas, bien consciente de que le estaba genéticamente vetado ser un dandy de veras a pesar de ese foulard de seda que lucía con respeto -y desamparo- y sus canosas guedejas de poeta. Consciente de que su genio y su porfía estaban condenados de antemano a finar, tal y como le pasó a Cervantes, tal y como les ha ocurrido a tantos otros, en un paraje yermo de La Mancha. Uno cualquiera. Que del nombre -como se nos tiene dicho- no merece la pena acordarse.

Una pérdida irreparable. A falta de herederos de verdadero fuste y fusta de la buena, permitámosles a los escaparates de Hortaleza y los luminosos de la Puerta del Sol que sean ellos los que se ocupen a fondo de ajustar día a día la glosa capitalina. Nadie queda ya, más ducho".