martes, 3 de mayo de 2016

NIÑO DE CASTILLA. El alumbramiento de Francisco Umbral

(Sir John Everett Millais)

Alto, espigado, enquencle y medio muerto. Hijo de poeta, hijo de muerto. Grandes botas, piernas largas, pálido y curioso. Nieto de las letras, siervo de Castilla. Engalgado y arisco como acostumbran a serlo los chicos de buena estatura a los quince años.

Francisco en Valladolid -Francisquillo me parece recordar que lo llamaban sus íntimos- afronta su corta vida con la insolencia de sus lecturas incipientes y fuerza el gesto, lo afea, para otear, con la mirada, una mirada que empieza ya a evidenciarse de miope, unos páramos que le quedan demasiado cerca y un río que se lleva consigo, entre sus aguas, en tiempo de crecida, las vainas de cartucho, las mondas de patata y las enaguas. Enaguas rotas de niñas enfermas que juegan a los médicos con treinta y ocho de fiebre y una muñeca de cartón pintado. Enfermitas. Monjitas. El Pisuerga.

Allí, en Valladolid, acude Francisco, Francisquillo, a grandes zancadas y con un resquemor soterrado en el alma, que él... todavía... no sabe muy bien a que se debe, a sus clases. Quiere ser periodista, quiere ser escritor, uno muy bueno, y en el aula le hablan en abundancia de catetos, isósceles e hipotenusas al cuadrado, de batallas legendarias y milagros imposibles. De la fórmula del nitrato de plata. Pero no le hablan de amor ni de los mocos húmedos de los niños del hospicio con los que a veces se cruza, los domingos, pasado el mediodía, allá por San Gregorio.

(Gagnon & Schott)

¡Ay Francisco Umbral, escritor niño, que ya, silente y timorato, adolescente en sombras, soñabas con los caminos del Parnaso. Creías en los poetas y sus gestas, pese al cobardón de tu papá. Y te enamorabas, rendidamente, como un trasnochado paje renacentista, onanista y soñador, de las piernas blancas, pecaminosas y exquisitas de la niña pura de la trenza impura!

Umbral, que comprendiste la literatura en esos cuartos de leer, en esas rinconeras, en esos burdeles silenciosos, populares y místicos, ayunos de literatura. Escritor en ciernes, escritor para siempre ¡qué gran renacimiento de las letras nos deparó ese primer polvo tuyo, adolescente y callado! ¡qué murmullo de los adjetivos no manaría ya, de esa palangana, sería y desportillada, castellana, sobre la que te enjuagaron la pija unos dedos forrados de oro con las uñas pintadas de tristeza!

Pacoumbral que antes de acercarte por la corte, y aposentarte en ella, dejaste en Valladolid, tu casa, aquellas tediosas caminatas de estío, aquellos sabañones broncos de invierno, aquellos sofocos secos, de toses, que las mil y una páginas de tu memoria, tal vez por puro decandentismo, prefirieron dejar dispuestas, entre un aluvión de palabras, haciéndole guardia un Domingo de Ramos, en la Plaza Mayor, a una muchacha tímida e ingenua, vestida de rosa, portadora de una hermosa palma, que... ¡angelito!... te encontraba cierto parecido con Gary Cooper.


5 comentarios:

  1. A mí me gustaron mucho "Las ninfas" y "La noche que llegué al Café Gijón", me sorprendió esa sensibilidad nostálgica y algo dolida en semejante pájaro de cuenta.

    ResponderEliminar
  2. Antonio,

    Es precisamente a "Las Ninfas" de lo que mi memoria se ha valido para bosquejar este retrato del Umbral adolescente.

    Es curioso, la leí hace la tira de años, y ha sido, al forzar la máquina de los recuerdos para rendirle homenaje al maestro, que me han venido a la cabeza todas esas cosas. ¿Cuáles figuran en la novela y cuáles no? No lo recuerdo ¿Cuántas son verdaderamente ciertas? Eso es algo que solo sabe Francisco Umbral. De lo único que estoy seguro es de que aparecía un chaval llamado Cristo Teodorito. Claro que ¡con ese nombre!.

    Y claro que era un pájaro de cuenta, como tú bien dices, pero pájaros de cuenta como él son completamente imprescindibles y civilizadas.

    ¡Un fuerte abrazo!

    ResponderEliminar
  3. El final (inintendible)...

    ... imprescindibles en las sociedades culturalmente maduras y emocionalmente civilizadas como lo fueros las de los paises de Europa Occidental "au fin du siecle". ;-)

    ResponderEliminar
  4. Tuve mi época de lector de Umbral, hace ya años. Lo leí mucho; diez o doce de sus libros seguidos; algunos, en la pantalla del ordenador (por ejemplo, el que reseñas abajo), porque no los encontraba en papel. Recuerdo recorrerme las librerías de viejo de mi ciudad buscando ediciones antiguas de sus libros. (Te recomiendo, si lo encuentras, el que dedica a su mujer.)

    Lo que ocurre es que Umbral cansa. Esa prosa recargada y engolada, que parece que busca la genialidad a cada momento. Ese ego suyo desmesurado, insoportable, radicalmente machista.

    Y, como dice Lansky, esa incapacidad suya de discernir que le llevo a publicar demasiado y a ser redundante. (Yo no sé si diría "a autoplagiarse".)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Evidentemente, Umbral viene a decir más o menos lo que todos los escritores (los pocos que tienen algo que decir, entiéndaseme) pero mejor dicho. Le retuerce el pescuezo al lenguaje, lo deja medio asfixiado, al pobre, pero él siempre sale consigue salir airoso de esos gallardos estrangulamientos.

      Lo volverás a leer tarde temprano ¡seguro! y corroborarás, tú hecho ya un puto pureta, su enorme grandeza.

      Gracias por pasarte.

      Eliminar