jueves, 5 de mayo de 2016

GATO DE MADRID. Evocación de Francisco Umbral

(Archibald Motley)

La boca de la noche. La oscura boca de la noche. Una trampa presta a engullir embustes y promesas. A devorar esperanzas.

Palabras que se entrecruzaron entre el bombeo de los bafles y entre el guiñar de los párpados. El ánimo emperrado en que se desate la lujuria, ávido de caras y de cuerpos, en una burda, esforzada, reivindicación de la parranda. Miradas sin rumbo que atraviesan el humo y los flashes. Tragos imperiosos de alcohol para arropar de arrojo los balbuceos del habla. La encrucijada de la noche a punto de licuarse como los trozos de hielo de los destornilladores y de incendiar el aire como los ojos entornados de la chica morena que atiende la barra. Una barra estrecha, repleta de vasos, cuyo sentido último ha quedado enterrado en el tiempo junto a un ramillete de bonitas mujeres que no se acercaron jamás hasta ella y las risas procaces con las que nosotros, los machos, anestesiábamos nuestro desencanto.

Sólo lo verdadero conserva ahora su importancia. Sólo lo bello. Y en un feed back apresurado, no podría nombrar hoy lugares y citas, tampoco fechas, ni sucesos, ni romances. Me cabría, sí, evocar de aquellos remotos días: algún libro de Ripley, el recuerdo de otras que no estaban allí y la voz grave -y un poco nasal- de Elvis Costello, cantándole, enrabietado, a una mujer con una camisa verde.

Pese a todo, en la noche fea, de luces amarillas y prisa: papeles, cigarrillos, bronca, bocinazos y cubos de basura por en medio de las calles, volvía yo de vuelta, un sábado tras otro, al desparrame de la melopea, porque el alcohol siempre me trató bien, justo es decirlo -era para mí algo así como un padre bondadoso y un poco desastre de esos que nunca saben el curso en el que estás y de vez en cuando se pasan dos o tres días sin aparecer por casa (como un mítico piloto de jumbo)- y, también, porque no había podido ni sabido dar con ninguna otra cosa que lo mejorase, justo es decirlo.

(Thierry Sellem)

Durante la semana tocaba ir a la universidad, conseguir convertirme en un tipo de provecho. Para intentar librarme del aburrimiento me reía mucho y no paraba de soltar tontunas. Estudiar, estudiaba lo justo.

Deambulando junto a la boca de la noche -los viernes, los sábados- han ido transcurriendo las horas y los años de este iluso giocondo; imaginando unas amantes que eran sólo eso -imaginación- y sofisticadas bacanales que casi siempre terminaban relativizándose, en la mesa de un VIPS, con media lagarterana en el cuerpo y una cheesburger fría en el plato.

Al final, lo más emocionante, lo único emocionante, era llevarse a casa el periódico del domingo antes de que el domingo extendiera su capa -una capa negra de murciélago, como la de un vampiro- sobre el cuerpo resacoso y la boca sedienta del domingo. Porque al fin y a la postre, después de varias horas de farra, al cabo de un montón de copas bebidas casi a la fuerza en unos tabernáculos tributarios de la castidad y el tedio, lo único que permanecía sobrio de toda mi sustancia y ánima era el instinto básico de ponerme a leer, a Paco Umbral, cuando, convulso y apesadumbrado, me levantase de golpe, de la cama, con los calores homicidas de la tarde.


2 comentarios:

  1. La evasión, siempre la evasión, un libro de Francisco Umbral mejor que un copazo, más sano por lo menos.

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    1. Soy agradecido. No voy a hablar mal de alcohol. Me ha proporcionado alguno de los mejores momentos de mi vida y, en muchas ocasiones, me alentó a continuar adelante. Siempre acompañado por la música. Sí, definitivamente me ha ayudado más Elvis Costello que la ginebra Gordon´s. Aunque, fíjate bien, que, por un momento, me he tenido que parar a pensarlo. ;-)

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