viernes, 20 de mayo de 2016

CRONICAS MARCIANAS

(Rudolf Kurz)

¿Podemos fiarnos de los sueños?

Sí. Aclarar, que no voy a referirme a ningún tipo de adivinación, de predestinación, sino, más verazmente, a un... a modo... de inspiración, o, mejor todavía, de sugestión.

No son pocas las ocasiones, en las que hallándome yo completamente dormido, o eso creo, ha aparecido por mi mente una imagen fugaz, una idea, incluso una frase, que, con el despertar, me ha servido de pauta para empezar a escribir una historia. A veces, la frase figuraba transcrita a mano, en un papel. No les hablo de algo demasiado concreto, como podría serlo el cuadro intensamente iluminado de un museo, que, a poco que te lo propongas, habrá de permitirte explayarte a tus anchas, frente al teclado del procesador de textos, describiendo todas y cada una de las peculiaridades expuestas en el mismo con la mayor minucia. No. A lo que me estoy refiriendo es a una historia que ya existe, una historia que vive a su aire fuera de mi cabeza, pero que, en mis ensoñaciones, viene a ser algo más o menos parecido a esas imágenes borrosas y sincopadas que captan las cámaras de seguridad de los comercios. En mis sueños, hay veces, la mayoría, en las que solo aparece un lugar, un escenario, un espacio lleno de objetos, pero hay otras, más raras, en las que también figura una persona -sí, por lo general es sólo una- recorriéndolo. Estas secuencias son justo las que, a mí, más me interesan. Vean:

Hay un hombre, vestido con un abrigo de paño, sentado a una mesa de un café. Da lo mismo el color del abrigo. La mesa es pequeña y tiene posadas encima unas cuartillas. Encima de las cuartillas figura un bolígrafo. La mesa se halla colocada junto a unos ventanales que recorren el piso de arriba del café. En efecto, el local tiene dos pisos. O tres, si contamos el altillo donde se encuentran, el uno junto al otro, los cuartos de baño.

Desde esos ventanales se puede ver, a poco que gires el rostro, la plaza principal de la pequeña ciudad de provincias de la que, precisamente, ese café, un poco triste y desangelado pero garante aun de cierto intelectualismo entre liberal y sicalíptico ya en franco declive, constituye uno de los mayores alicientes para las señoras dicharacheras, los jóvenes confusos y los escritores frustrados. Abel es uno de estos. Abel se sienta todas las tardes, ya casi de noche, junto a la cristalera, en alguna mesa libre, para leer un rato el libro que, en esos momentos, tenga entre manos, y echarle, entre página y página, y sorbo y sorbo de café con leche, lánguidas y escépticas miradas a la plaza. También acostumbra a tomar notas.

(Ferdinand Hodler)

A Abel le gusta ver como anochece. Y, aunque a veces disfruta cuando algún parroquiano, viejo conocido, y hasta podría ser que remoto amigo, se anima a sentarse con él y compartir mesa y plática, prefiere por lo general estar solo. Sí, lo tiene que reconocer, eso es lo que más le complace, quedarse solo: haber permanecido primero, unos cuantos minutos, parloteando con alguien de alguna bobada y tomándose el pelo un poco el uno al otro, y recobrar luego, de inmediato, como en un milagro laico y sencillo, su soledad. Un placer a su alcance: no tiene a nadie esperándolo en casa, y, no sabe si ya por costumbre o por verdadera afición, es siempre uno de los últimos clientes, o incluso el último, en abandonar el local.

Esa noche no está del todo tranquilo y, de vez en cuando, consulta su reloj.

Levanta el bolígrafo y escribe: “...por fin veo surgir la figura de una mujer desde el lado opuesto de la plaza. Al principio no sé si es ella. Son nueve años. Nueve años sin vernos. Ha tenido dos hijos con otro hombre. Ella. María. La mujer sostiene un paso decidido, juvenil, mientras atraviesa el terrado. Cuando se detiene junto al kiosko de los músicos, un ligero sobresalto abomba mi pecho. ¡Sí, es ella! Apuro el café con un último sorbo. Alzo el cuello de mi abrigo y... sonrió. Sí, es ella”.

Abel vuelve a mirar hacia la plaza una vez más. Van a dar las once y no se ve a nadie por ninguna parte. No hay ninguna mujer, frágil y bonita, esperando de píe, junto al kiosko de música, la llegada de ningún amante.

Recoge todas sus cosas despacio -las cuartillas y eso...- y, con un gesto imperioso de la mano, le transmite al camarero -Anselmo Cifuentes: merengón, diabético y medio gitano. A punto de jubilarse- que ya ha satisfecho la cuenta.

Mientras desciende por las escaleras de dos en dos, sorteando los manchurrones de serrín pringoso, le echa una nueva mirada al Seiko. “Crónicas Marcianas” tiene que encontrarse ya, en esos momentos, a punto de dar comienzo.


7 comentarios:

  1. ¿Has leído el original de Bradbury? Son unos relatos poéticos, bellísimos, que tienen muy poco que ver con la SF al uso

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  2. No. El que Sardá adoptase el título para su programa puso al libro, inmediatamente, bajo sospecha.

    Me leí bajo tus auspicios "Postales de Invierno" (que, por cierto, me encantó) y, aunque tengo algún recelo, intentaré también leerme esta. Un abrazo!

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    1. Ni me acordaba del título del programa de Sarda

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    2. Se alude a él al final de mi historia. ¡Ay ay ay...! ;-)

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    3. He dicho que no me acordaba, hasta que me lo recordaste

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  3. Abel me parece una suerte de Eleanor Rigby en lúcido.
    Allá por los comienzos de la década de los ochenta José María Beá hizo una gran adaptación libre al cómic de Bradbury, con el título "Cuentos de la taberna galáctica". ¿Alguien recuerda a Beá? Su "Siete vidas" es un de los mejores tebeos que he tenido el placer de leer.

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    1. Digamos que es como el padre McKenzie y se larga del café tras haber tomado sus apuntes y sin despedirse de nadie.

      Muy oportuna tu comparación, Antonio. Y muy pop. Y ya sabes, que con esto último ya me tienes en el bote.

      Au revoir mon enfant.

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