viernes, 22 de abril de 2016

MESMERISMO (un pasaje gótico)


Ella va y me dice: “En esta habitación hay, ahora mismo, otra persona. Aunque nosotros no la podamos ver”.

Hasta la fecha, Eloisa me había parecido una chica bastante razonable, quizás un poco retraida, tímida... Yo lo achacaba a su inmadurez. Nada de lo evidenciado por ella, en nuestro trato, podría hacer sospechar la menor afición por los espíritus, el esoterismo y demás chorradas. Ahora que...

Mi réplica resulta obvia: “Si no podemos verla ¿cómo sabes que está aquí?”.

-“La siento presente. Eso es todo”.

¿Y quién es Eloisa?. Eloisa es una compañera de trabajo, jovencita, que se ha incorporado a la empresa hace tan solo seis meses y ahora mismo se halla aquí, conmigo, en un hotel de Logroño, al objeto de preparar una auditoria de “rendimientos” para unas conocidas bodegas. Pese a que el contacto que habíamos venido manteniendo ella y yo, en el trabajo, no había pasado de ser el estrictamente profesional, era indudable que congeniábamos bastante bien: en cuanto llevábamos hablando de algo un par de minutos, o así, ya habíamos dado, alguno de los dos, con un buen pretexto para sonreír. Lo sucedido al llegar aquí ha cambiado un poco las cosas. Así es, en lugar buscar un restaurante donde cenar, hemos preferido tomarnos unos vinos, y, de regreso al hotel, incapaces de resistir la tentación, hemos terminado besándonos junto a los ascensores. En la recepción no había nadie; es posible que ella y yo seamos, esta noche, los dos únicos clientes.

-“Sí, como lo oyes. La siento. Siento esa presencia”.

En estos instantes estoy en su cuarto, sentado al borde de la cama. Acabo de llamar a la puerta, envalentonado por lo de los besos, y ella me ha contestado “adelante”. Me produce cierta aprensión que Eloisa siga insistiendo en lo de la presencia. El hotel es un edificio viejo sin rehabilitar a fondo, con unos interiores bastante oscuros, en el que, si a ti no te importa añadirles un poco de fantasía a tus pensamientos, no resulta del todo descabellado admitir que, por sus pasillos, pueda andar vagando la estela de algún fantasma perdido. La habitación tiene balcones y los visillos de los balcones vibran de manera perceptible. Lo mismo, parecen oscilar levemente unas lágrimas de cristal que penden de la araña del techo. Lo reconozco, quizás sea todo un poco confuso.

(Bill Stoneham)

-“¿No piensas desnudarte?”. Me alecciona, Eloisa, mientras anda trajinando con sus botas.

Comienzo a hacerlo. La veo reflejada en el espejo del armario, de costado, despojándose de todas y cada una de sus prendas, al otro lado de la cama. Tiene la piel más blanca de lo que a primera vista puede parecer. Reparo también en que, quizás, esté excesivamente delgada. Ya hallándonos los dos completamente desnudos, y antes, siquiera, de que lleguemos a rozarnos, su móvil empieza a sonar.

-“Sí. Sí. Enseguida voy a su habitación y lo aviso”.

Pongo un evidente gesto de extrañeza. No podía tratarse de mi novia. No podía tener tan mala suerte.

-“Enrique. Dice que te lleva llamando desde hace un buen rato pero que no consigue localizarte”.

De camino al hotel, visto lo avanzado de la hora, yo había preferido poner el móvil en modo silencio. Le echo un vistazo al reloj. “Las once y media”. Estaba claro que mi jefe sufría una psicopatía en estado latente. Al cabo de... más o menos un minuto... mi Nokia empieza a vibrar sobre la superficie de la mesa. Para evitar líos y que la conversación no se demore a lo tonto, yo respondo a todo que sí. Cuando por fin cuelgo, le hago un guiño a Eloisa y proclamo:

“La presencia”.

Ella suelta una carcajada, se revuelve en la cama y me toma de la cintura a mis espaldas. Como carecemos de preservativos estamos todo el tiempo acariciándonos y besándonos. De repente me doy cuenta de que ella ha empezado a grabar nuestras caricias con su móvil. No me lo ha consultado y me parece fatal.

“¿Puede saberse qué, demonios, haces?” le grito.

Al incorporar el tronco, a consecuencia de la sorpresa, creo percibir un reguero húmedo descendiendo por uno de mis brazos. Me miro la mano. Las sábanas están manchadas con gotas de sangre.


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