domingo, 17 de abril de 2016

BILBAO

(Lee Price)

Un hombre me dice: “me he perdido”. “Su voz me recuerda a la de alguien que conozco bien”.

Conduce un coche rojo, camino de su casa, con la reverberación del sol a su espalda. Abril ya es historia. Mueve el retrovisor para evitar que los rayos lo deslumbren e intenta escuchar en la radio un poco de música que no sea lamentable.

“Salida 24”. Le quedan sólo dos.

Repasa con irritación la jornada; ha acabado hasta los huevos de los clientes.

Un cartel mugriento, que cuelga de una percha de hierro, anuncia la distancia que hay a Bilbao.

Sin darse cuenta está silbando una canción de la radio. No está del todo mal esa canción; habla, con crueldad, de una chica ingenua.

Ha aumentado la velocidad para adelantar a un Toyota que adelanta a un autobús vacío. Aunque no le gusta correr, corre. La salida 39 te lleva hasta otros pueblos parecidos al suyo, con urbanizaciones como la suya. Se sosiega. Ya casi no le queda mono de tabaco. En quince minutos estará con Ana, cenando y viendo la televisión.

“Bilbao 350 kilómetros” dice otro cartel más, éste con abollones.

El siempre se ha imaginado a Bilbao gris. Con grúas, cadenas y barcos grises. Con hombres y mujeres apresurados. Y lleno de coches. Pero la puesta de sol, recién iniciada, le incita a verlo: plácido, apaciguador, con el astro descendiendo poco a poco sobre la ría y los montes verdes, a lo lejos, velados por los vapores del mar.

“Salida 52, quinientos metros”. Abandona el carril derecho, rebasa la desviación y acelera... camino de Bilbao. ¿Por qué no?, son apenas tres horas.

Pasada media hora se siente cansado, duda. Acude a buscarlo, y llevárselo, una de esas comarcales castellanas, de rectas interminables. Reduce la marcha. Suspira. Al llegar al primer cruce se desvía a la izquierda. Aparece un nuevo cruce y opta por tomar una carretera negra, con el firme gastado, que apunta hacia la sierra. Atraviesa, junto al sol, un pinar lleno de insectos. No se ven coches por ningún lado. Acelera. Hay una casa de piedra junto a una curva. Tras rebasarla, unos cien metros más allá, aparece un villorrio. Frena junto a un anciano que lo recorre por el arcén varias veces cada tarde... abre la ventanilla... y me confiesa: “me he perdido”.


5 comentarios:

  1. Me perdí; me distraje escuchando la música.

    Gracias.

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  2. ¡Qué gran canción! ¡Y que gran disco! Te contesto aquí lo de mi recomendación de los diarios que parece que he acertado ¡Qué diferencia lo que escribe Uriarte: sencillo, claro... con los libros impostados, y más cursis que un repollo con lazos que escribe la chavalería. ¿Quién les habrá engañado a todas esas criaturas que se pasan por Chez Tongoy?. El tomo tercero yo tampoco lo he comprado de momento. Es bastante más corto. Tengo hecha la reseña del segundo y, en unos días, la cuelgo.

    Por cierto, no te debo nada ya que estaba en huelga contigo por tu recomendación de Sedaris: "Cuando te envuelvan las llamas". Los otros no consigo encontrarlos ni en las librerias de lance.

    Un abrazote! ;-)

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  3. Espero conseguir que en la Biblio de aquí compren el tomo III; ya tienen el I y II, pues que se gasten los duros en completar la trilogía.
    Lo de Tongoyland es de traca.
    Espero ver qué arma con lo del 23.

    Gracias.

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  4. ¿Lo del 23? ¿Qué es lo que pasa el 23? Me has cogido en pelotas. Ya me lo aclararás.

    Un abrazo.

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