martes, 12 de abril de 2016

ANTONIO VEGA EN LA HORA DEL CREPÚSCULO


La hora del crepúsculo. Cuando pienso en Antonio Vega, en su música, algo que hago en ocasiones en las que no me siento demasiado bien conmigo mismo, tiendo a ponerme alegre en lugar de triste. No sé por qué, pero es una música que asocio al campo, a las playas del Sur, la primera adolescencia, los colores de las amapolas. Melodías bañadas con reflejos del sol, con espuma de olas. Armonías rezumantes de arena y verano. Imágenes como estas son las que me vienen a la cabeza al pensar en las canciones de Antonio Vega.

En cambio, mientras las estoy escuchando sonar, sí que me pongo triste. Triste de manera relajada y neutra. Sensual. Verdadero hedonismo. Tibieza. Antonio Vega, perenne buscador de la esencia pura, el hombre tranquilo, el trovador resignado, alertándonos de que el amor requiere de la presencia de un duende que lo inflame, y revelándonos que el tiempo, a lo mejor, es circular y omnipresente, aunque no infinito ni aleatorio.

Vi, siendo un muchacho, a Nacha Pop en sus comienzos. Me acuerdo, a bote pronto, de un concierto en la sala “El Sol”, en el que, como casi siempre, iba pasado de copas. No era, yo, acérrimo partidario del grupo, aunque sí que me gustaban mucho sus guitarras. Se les notaba, a los tíos, empeñados en que sus guitarras eléctricas dieran lo mejor de sí mismas. Querían que sonasen rotundas y triunfales como acostumbraban a hacerlo, por aquellos benditos días, al otro lado del Canal. Nada como el sonido de la guitarra eléctrica, para poner de relieve los trucos empleados por la juventud, durante la segunda mitad del siglo veinte, a la hora de tratar de apoderarse del lado amable de la vida. Luego, el grupo se disolvió y sus dos cabecillas, los primos hermanos Nacho y Antonio, siguieron adelante por libre. Sus primeros trabajos vieron la luz.


No fue el mío por Antonio Vega, por sus discos en solitario, un amor a primera vista. No cuajó hasta finales de los noventa: aquel insulso salto de milenio, en el que, pese a las predicciones de los visionarios, lo único que realmente cambio fue el caché de los ordenadores. Pero, si bien con retraso, el impacto que recibí fue categórico. Parecía como si todo aquello que él músico proclamaba en sus composiciones, aceptándolo, fuese la banda sonora de mi vida. De la vida -solitaria, resignada y un poco perra- que, por aquel entonces, cargaba a mis espaldas. Su música prendió en firme en mi corazón. Interioricé sus canciones e hice mía buena parte de su filosofía de supervivencia ante la sinrazón del mundo. Una sencilla receta compuesta, a partes iguales, de resignación, duelo y esperanza.

Luego, bastantes años más tarde, cuando en una de mis novelas: “El Hombre Que Nunca Existió”, pretendí hacer evocación de aquellos lejanos días sevillanos, a la vez tan dulces y tan tristes para quien les habla, resultó inevitable que el insigne compositor se convirtiese en uno de los principales protagonistas de la trama. Y hoy es la fecha, cuando mi vida ha dado un giro de casi ciento ochenta grados y conseguir llegar a ponerme tan triste como antes no se halla ya al alcance de mis posibilidades, que, cuando apetezco darme un buen baño de melancolía y relajarme al máximo con el bálsamo de los recuerdos, recurro a repasar algunas de las hermosas tonadas del genio con un vaso de whisky entre mis dedos... a la hora del crepúsculo.

Procuro beberlo con las mismas parsimonia y emoción con las que él nos canta.    



6 comentarios:

  1. Grandiosa entrada, Julian.
    Confieso que conozco poco la obra en solitario de Antonio Vega, pero el indescriptible “Buena Disposición” de Nacha Pop es uno de los discos de rock and roll más grandes de todos los tiempos.

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  2. PS
    Aquí hay algunos de los mejores textos sobre Nacha Pop en particular y sobre música en general que he tenido el placer de leer:

    http://rockrodriland.blogspot.fr/2012/03/buena-disposicion-nacha-pop-hispavox.html

    http://www.exileshmagazine.com/2014/05/nacha-pop-buena-disposicion-1982.html

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  3. La música de Antonio Vega tiene el poder de suavemente agarrarte de las entrañas e inundar todas las células de tu cuerpo de melancolía. A mi me gusta especialmente "Lucha de Gigantes", me estremece. Bella entrada. Un abrazo, :)

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  4. Hay una novela de una magnífica escritora norteamericana poco conocida en España, Ann Beattie, que me recuerda tus evocaciones musicales, aunque en ella las referencias son la música usa de los 70. Te encantaría, el original, de 1976, se llama Chilly Scenes of Winter y aquí la tradujo Libros del asteroide como Postales de invierno.

    Muy evocadora y bonita tu entrada

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  5. Lo primero de todo, gracias a todos. A Antonio, decirle que soy más de Antonio Vega en solitario que de los Nacha y que los discos estos últimos están, a muy juicio, MUY MAL(y lo pongo con mayúsculas) producidos.

    A Babe decirle que ¡me quedaría con tantas! Pero que sí, que Lucha de Gigantes es una de las más representativas. A la altura de la que yo he puesto. Sin superarla ¡eh! Je je...

    A Lansky, que, sin duda, me leeré el libro que me recomienda. Y que los setenta fueron la verdadera y real década prodigiosa. Todo (el mundo y la vida) están en la música pop y rock de los 70's. ¿De verdad piensas que la gente que elevo a todas esas bandas de los 70's (antes de los 60's) a la popularidad y la fama eran igual de cenutrios que los de ahora? Joder... ¡si en esa época hasta la música mala era buena!. Y recomendarle por su gran devoción a la música, aunque nuestros gustos no sean coincidentes ni mucho menos, a Nick Hornby, y, más concretamente, "Juliette Desnuda" que es gloriosa.

    ¡Un abrazo a los tres!

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    1. Aclaro el último párrafo: al referirme al devoto de la música cuyos gustos son distintos de los míos, lo estoy haciendo a Nick Hornby. A Lansky lo tengo por un buen aficionado (jazz y clásica, sobre todo), pero un fanático.

      Aclarado quede. ;-)

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