martes, 22 de marzo de 2016

AMBICIONES LITERARIAS (el negro de una rubia)

Comentaba, la otra mañana, mi único, pero autorizadísimo, mentor literario, Lansky, que a mí me veía, nada más y nada menos, como un artista, un artista intuitivo. Y como uno, eso del “artisteo”, lo asimila a la infatuación pública del ego, y piensa que no, que Dios no ha tenido a bien hacerle merecedor de esa potencia, o por lo menos no es consciente del detalle, va a querer remarcar aquí con un texto que viene ya de antiguo -los blogs son como autobuses de los que constantemente se están apeando unos y a los que, también de continúo, se están subiendo otros, a lo largo del trayecto, y, en cuanto tal, considero asumible la reiteración- el auténtico meollo de su proyecto existencial como escritor. Lo de “intuitivo” no lo pienso cuestionar. Tampoco matizar. ¡Ni de coña! Carezco de la necesaria presencia de ánimo para recapacitar sobre la verdadera posesión de ese don que, tan sagazmente, me ha sido adjudicado. Pues eso… que soy un tío intuitivo ¡y punto en boca! Ahora, al lío, todo esto que ahora sigue lo proclamaba ayer, como aquel que dice:


“¡Cómo me gusta escribir! Y que me lean. Pero me gusta todavía más: escuchar música, tomarme una pinta de cerveza lager, pasear por Le Quai D’Orsay con la caída de la tarde y perderme por las laberínticas calles de Venecia, la semana del Carnaval, vestido como Robert Palmer y en modo alguno como Polichinela. Me gusta más la feria de Málaga que una charla sobre Kafka en el Ateneo. E ir de cañas por Triana más que un simposio multicultural sobre Cervantes. Prefiero las ruedas de modelos de los desfiles de Women’s Secret… a las ruedas de prensa. Que me presenten gente interesante, a las presentaciones de libros. Y los chistes de Jaume Perich a los ensayos de Harold Bloom. No me imagino en una entrevista, respondiendo con agilidad y sentido a preguntas insustanciales. Ni siquiera me imagino contestar con respuestas insustanciales a preguntas inteligentes. La gloria me importa una mierda. La posteridad, dos (una detrás de otra). Pero -lo confieso- sí que podría apetecerme disponer en el banco de los suficientes fondos pecuniarios para decirles a mis compañeros de curro: “¡ahí os quedáis, tocinetas!”. Y largarme mismamente, al carnaval de Río, con mi amigo Josecho, tres veces divorciado, o a recorrerme en coche, Virginia y Massachusets, junto a una rubia de infarto dispuesta a decir sí a todos mis comentarios. O incluso instalarme, de manera definitiva, por siempre jamás, en la Baja Normandía y poder oír, desde allí, las crueles noticias de L’Espagne -su odio, su frustración y su violencia- como el que oye llover a buen recaudo.

En cambio no soporto a los farsantes, los hipócritas, los cínicos y los metepatas. No me imagino yo haciéndole declaraciones -ningún tipo de declaraciones- al calvo con perilla del suplemento literario de un periódico. Ni presentando un nuevo libro en Cuenca. Ni, mucho menos, firmando ejemplares, bolígrafo en ristre, como un soplapollas, en medio de El Retiro o junto a la fuente de Canaletas. Si me dicen: “Sevilla”, a lo mejor me lo pienso. Y mi foto, de frente o de perfil, en las contraportadas de las novelas, incluso aunque se esmerasen por sacarme con cara de guapo, que duda cabe que las haría desmerecer frente a sus textos.

Sé que a todos los escritores les jode hacer de “negro”. En cambio, a mí, me encantaría ser el negro de una rubia. La eligiría yo. “Ciento Diez - Setenta - Cien”. Bien, bien, bien. Maciza. Ya se lo imaginan, los años. Una rubia a la que le convendría tener un notorio parecido con La Flaca, un mito de mi adolescencia, la venezolana aquella que fue, en su día, asistente personal de Julio Iglesias, o con Catherine Fullop otra venezolana -¡joder con las venezolanas!- que hacia de protagonista en las telenovelas. Aunque Kate Winslet o Amy Adams, también podrían valerme en caso de apuro.

(January Jones)

Y sería mi rubia divina, sublime, la que acudiría a las entrevistas. Mi rubia divina, que, obnubilada por mi talento y mi saber estar, se sabría de memoria, de pé a pá, todas y cada una de mis novelas. Mi rubiaca de los mil demonios que, sorprendida por mis posibilidades sensuales, subyugada con mis habilidades sentimentales y enaltecida con mis capacidades intelectuales se volcaría, como un zombie, en la total asimilación de mi psique (y sus neuras) de manera que pudiese llegar a sentirlas como propias y así patentizar, ante terceros, toda mi gama de subnormalidades. Sí, ya sé, ya sé, aparentemente, en una primera instancia, quizás no fuese muy creíble que, con ese cuerpo y esa cara, le cupiese ser destinataria de todo ese assorted blend de calabazas que suelen atizarles, casi siempre, a los protagonistas de mis libros. Pero… ¿no se han parado ustedes a pensar que, precisamente, podría ser ella la dispensadora?

Y sé, adivino, vislumbro, que a la pobre, toda una serie de periodistas aguantadas, menudas y cetrinas, toda una serie de periodistas resentidos, pomposos y tripones, y toda una serie de escritores salidorros a los que no les habrá permitido tomarse la menor libertad con ella ni les habrá reído las gracias, ni siquiera en los cocktails, terminarán por definirla como producto pretencioso y prefabricado o, cuando no -dudando incluso de la autoría de sus textos, la mediocridad es aún más atrevida que la ignorancia- calificarla de “copiona”. Pero ella, con su dulce boca de fresa, estará por encima del bien y del mal y anunciará a los medios, cuando se harte, que se va a vivir a un pueblo perdido de la Baja Normandía, cuyo nombre prefiere omitir, a reencontrarse con la inspiración y la paz.

Cuestión distinta tendrá que ser con los señores editores, para los que mi china preciosa sabrá guardar su mejor sonrisa, yo así se lo recomendaré, y con los que tampoco tendrá por qué hacer alarde de celo excesivo, cuando, los pobres, se pongan morrongos y se los dispare la testosterona en las distancias cortas. ¡En… según que lides, en el fondo, son inofensivos!

Los beneficios se repartirían al cincuenta por ciento -lecho por medio- o un ochenta/veinte -a favor mío- en tanto mi musa fuese capaz de resistirse a mis encantos y porfiara por mantenerse casta. Al final, concluirá sucumbiendo como… todas, ejeeem, y ese “fifty fifty”, perfecto… inmaculado, tutelará nuestro contubernio literario.

Y cuando mis contados amigotes cibernéticos les digan, a sus respectivas, que esa tarde han quedado a tomar café con Julian Bluff…

… allí me hallaré, yo, sentado en medio de la cafetería… aguardándolos… con la mejor de mis sonrisas. Mientras mi afortunada ama sumisa, ultima con el señor Lara, en un comedor privado de Vía Veneto o de Hoffman, la concesión… a su nuevo artefacto narrativo… del próximo “Planeta”.



7 comentarios:

  1. Me gusta la idea del blog como un atobús.
    Me gusta cómo se te ha ido la olla.
    Me gusta la música. que pones.

    Yo sigo, de momento.
    Gracias.

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  2. Gracias a ti. Yo voy también "siguiendo", sin demasiada fluidez ¡eso sí! y no me queda muchas veces sino el recurso a la reedición para que esto no se quede varado entre el locuaz clamor de la web más tiempo del aconsejable. De Mike Viola quería haber colgado una canción "Strawberry Blonde" más a propósito, y más bonita, que la que puse. Luego vi que la había colgado ya con la entrada original. Si te das una vuelta por el pasado, la pillas. Je, je, je...

    Un abrazo. Alberto, espero que en el futuro te pases a verme en mi granja junto a Lisieux. ;-)

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  3. ¿La granja junto a Lisieux? Pero si es la de Alberto Manguel...!

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  4. Alberto. Por ahora lo de la granja es un sueño, en tanto que la rubia no consiga publicar mis novelas, no hay granja que valga. Además, según Lansky, "la granja" la tiene ya Alberto Manguel. Quien, por cierto, no sé quien es, pero al que le alabo el gusto.

    A Lansky lo voy a incordiar un poquete desde aquí, que dentro de su blog no me atrevo. Majete, que leyendo el título de tú último post, me creía que iba a ser autobiográfico. Je, je, je... .

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  5. Jajajaja, me parto contigo Julián, el negro que planteas se lo monta bien, ¿existirá?, me intriga.

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    1. El negro del que hablo es un gran romántico que prefiere el amor a la gloria ;-). Como yo.

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