sábado, 27 de febrero de 2016

SI LO DICE GERTRUDE, UNA ROSA ES UNA ROSA


Esto era un hombre que le agarró a su padre por la pechera de la camisa y lo fue arrastrando por la tierra del jardín. Al llegar a cierto árbol, el viejo protestó: "¡yo nunca arrastré a mi padre más allá de este manzano!".

Así, de esta manera tan sencilla, y tan cierta, da comienzo "Ser Norteamericanos", de Gertrude Stein, con el hijo tratando, sin atreverse del todo, de matar al padre y el padre chillándole al hijo para que no lo mate. Y figura, lo mismo, en la "Autobiografía de Alice B. Toklas" que se remite, nada más comenzar, al comienzo de "Ser Norteamericanos".

Acabo de releer por segunda vez la "Autobiografía de Alice B. Toklas", de Gertrude Stein, y, por segunda vez he quedado anonadado con el estilo de su autora. Y ahora yo voy a escribir esta reseña como si fuese Gertrude Stein la que estuviese escribiendo esta reseña. Y no me va a importar repetir más de una vez lo que quiero decir si lo que quiero decir merece ser dicho más de una vez.

A Gertrude Stein, vamos a especular con que siga viva, le gustan las frases simples y claras porque sabe que el lenguaje es, por sí mismo, fuente de equívocos y no hay por qué resignarse a que las palabras le sigan confundiendo a la gente que las escucha. Mas si esas palabras son escritas, más si son escritas, uno tiene tiempo suficiente para pensar en ellas, llevarse su tiempo armonizándolas y hacer que sean acordes con su idea, y cuando aparezcan plasmadas sobre el papel ya no quepa que se presten a equívocos. Y cuando la idea sea un poco confusa sí que se van a poder utilizar también palabras un poco confusas para que el texto sea acorde con la idea.


El Antiguo Testamento, la Biblia, se compone de una serie concatenada de revelaciones proclamadas por Yahvé a los profetas. El Nuevo Testamento, los Evangelios, es la crónica de una muerte anunciada narrada a ocho manos por cuatro reporteros que no se andan por las ramas, ni se lucen con florituras ni rodeos, a la hora de relatar las hazañas y las enseñanzas del predestinado. Gertrude Stein lo cazó a la primera, antes que nadie, y ese es el truco de su literatura, el de la revelación de la palabra, trazar precisos senderos de regocijo por medio de la palabra revelada. Esto es, sus maestros, como escritora, no son otros que los profetas y los evangelistas.

En este libro, la autora habla de Alice B. Toklas ¡cómo no! y habla de Picasso, de Juan Gris, de Hemingway, de Mattisse, de Apollinaire, de Mildred Aldrich y de muchos y muchas más, todos ellos hombres y mujeres muy interesantes, y lo hace en una forma tan amena, tan simple, que parece como si tú, lector, te hallases en aquellos momentos presente entre ellos y también fueses un poco interesante. Habla de la guerra del 14, del Marne, de la comarca del Ródano próxima al lago Bourget ¡tan querido para mí! de París y de Londres. Y habla ante todo, y sobre todo, de Gertrude Stein. A imagen de los evangelios, que, escritos bajo la inspiración y la advocación de Cristo, hablan ante todo de Cristo.

Por aquellos años, los locos años veinte, Gertrude mantenía firmamente, e incluso su gran amiga Alice decidió que su opinión figurará escrita a modo de lema en la vajilla del té para las visitas, que una rosa es una rosa es una rosa es una rosa.

Casi cien años después no hay motivo alguno para creer que haya dejado de serlo.



9 comentarios:

  1. Pues lo mismo me pongo un día de estos a leer a la Stein. Hasta ahora nunca me había dado por ahí, pero lo que cuentas parece apetecible.

    No sabes hasta qué punto estoy de acuerdo con el meollo (creo) de lo que dice el post: eso de que "el lenguaje es, por sí mismo, fuente de equívocos y no hay por qué resignarse a que las palabras le sigan confundiendo a la gente que las escucha. Más si esas palabras son escritas; si son escritas, uno tiene tiempo suficiente para pensar en ellas, llevarse su tiempo armonizándolas y hacer que sean acordes con su idea, y cuando aparezcan plasmadas sobre el papel ya no quepa que se presten a equívocos."

    Un poco menos con lo de que "cuando la idea sea un poco confusa sí que se van a poder utilizar también palabras un poco confusas para que el texto sea acorde con la idea." Yo pienso que, cuanto más confusa la idea, más claras deben ser las palabras con que se exprese. Las palabras, pienso, tienen la misión de volver claro lo confuso. Las palabras o explican o mejor se callan, es confusión lo que nos sobra.

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    1. Ya. Pero es que su tu idea es confusa, no vas a poder aclararla porque tú mismo no la tienes clara y, a lo mejor, no preocupándote en ser preciso sobre eso (algo, en lo que, en el fondo, no vas a poder serlo) abres nuevas vías para que sean otros, los que te escuchan, quienes se encarguen de arrojar luz sobre el asunto.

      Me bajo a comprar las cosas del arroz ¡Buen fin de semana!.

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    2. No te digo que no. Mi propia experiencia es que solo tratando de aclarar la idea por escrito lo consigo a veces. Mi forma de pensar es escribir. Pero no me gusta dar a leer lo escrito si no he conseguido que quede mínimamente claro, y claramente acotado, al menos, lo que sigue confuso, y las posibles vías de comunicación entre lo ya aclarado y lo aún no. Soy un poco cuadriculado. Me resito a la idea de escribir nada que no sea perfectamente inteligible, y que no ponga en el asunto tratado un poco más de claridad que la que había antes.

      Me voy a escribir actas de plenos. Buen fin de semana.

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    3. A ver si hay güevos de publicar una acta de pleno especialmente chocarrera en "Júbilo Matinal". Ocultando fechas y nombres, claro. Me encantaría leer tus acotaciones a las "genialidades de los ediles" más redichos.

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    4. Mis funciones de fedatario solo me obligan a recoger literalmente la parte dispositiva de lo que se acuerde, que ha sido previamente redactada... normalmente por mí. De los debates e intervenciones en general solo tengo que recoger un "sucinto resumen". Yo no lo hago demasiado sucinto para que se entienda pero, muy piadosamente, tampoco recogo las estupideces ni las bestialidades más gordas, salvo que sean parte sustancial de lo que el mostrenco en cuestión quiera decir. Si puedo, y puedo casi siempre, las suavizo y las empasto con el resto en una artística capa homogénea de lenguaje administrativo. Como decía aquel cronista parlamentario de los años veinte: "El señor XXX aconsejó al señor YYY que se entregara a actos contra natura". Una cosa así, descafeinada y respetuosa. Un rollo, vaya.

      O sea que no, que no hay huevos.

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  2. Siempre ha habido elementos semi parasitarios que buscan contagio con el talento del que se rodean. Es la tradición -estimable- de los salones decimonónicos, pero eso no nos puede hacer olvidar la mediocridad de Gertrude, cuyo mayor mérito, aparte de reunir a esas gentes, los Picassos y demás, es contarnos anécdotas (cotilleos) de la época. Por otra parte es autora de una de las frases más tontas de la literatura en competición con esa de "amor es no decir nunca 'lo siento'", vamos la de "una rosa es una rosa" (o no). Son gentes que no pueden caminar por sí mismas, amiotróficas.

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  3. Lansky,

    Te contesto como en el chiste. El del examinando de química y el olor del amoniaco.

    "Pues, a mí, me gusta..." ;-)

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  4. Con afecto:

    http://www.lansky-al-habla.com/2016/03/leer-y-escribir.html

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  5. Nunca había caído en la referencia de la canción de Mecano a la Stein y mira que la he oído veces. Un saludo

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