martes, 26 de enero de 2016

UN SECRETO (para Carol, con cariño)

(Richard Phillips)

Ella me dijo que había acudido a verme porque yo hablaba de su abuela en uno de mis libros. Se lo había dicho su madre cuando la vio leyéndolo. Le dijo que me conocía y que el personaje de Victoría Santacana, presente en “Bajo la lluvia”, cierta novela mía de los noventa que había gozado o aun estaba gozando -si nos atenemos al motivo de la inesperada visita- de cierta repercusión, estaba inspirado en su abuela.

-“Ya lo ve, he tenido que desplazarme a Palma por motivos de trabajo y no he podido resistir la tentación de venir a hacerle una visita. No me lo imaginaba así, la verdad”.

-“¡Ah, no! ¿Y cómo te imaginabas que era?”.

-“Más alto, también más viejo. No se por qué pero me lo imaginaba más alto. Mamá es  bastante alta...”.

-“Y... ¿más apuesto, tal vez?”.

Ella se sonrojó y prefirió no contestar. Aunque a esas alturas de mi vida, su respuesta iba a parecerme lo mismo, no cabe duda de que ella debió interpretar mi pregunta como una velada provocación. Escabulléndose por la tangente, persistió:

-“¿De verdad, mi abuela era alguien tan bicho como, usted, la pinta?”.

-“Bueeno...” -esbocé una sonrisa, una sonrisa de suficiencia que claramente podía permitirme por razones de edad- “... estamos hablando del personaje de un libro, y los personajes de los libros son de mentira, son arquetipos. La gente en la realidad comete errores, se desdice, duda. ¡Hay algunos, cada vez menos, que hasta se arrepienten! Cuando escribí la novela, pretendí que Victoria encarnara a una manipuladora, alguien un poco mezquino. Pero, en el fondo, se trata tan solo de una niña vieja que adoraba a su hija y temía perderla. No se fiaba de Germán. Quizás, después de todo, la mujer que encarnaba mi personaje no fuese tan absurda”.

-“... entonces... ¿no era un bruja?”.

-“Si a eso vamos, todas las chicas, en un determinado momento, podéis convertiros en brujas. Muchas veces, defenderse de la brutalidad de los ogros demanda hacer uso de toda suerte de conjuros”. Sonreí.

A mi visitante no le debió sentar demasiado bien esa respuesta -la misma no dejaba de ser una humorada, pero ella todavía era muy joven- y se despidió apresuradamente de mí. Un par de minutos antes, yo le había escrito en nuestro libro, en la primera página: “Para Carol, con cariño”.

Cuando me quedé solo de nuevo, dos lágrimas emergieron de mis ojos. Las lágrimas de la soledad. Como habrán adivinado no pude evitar imaginarme que esa curiosa jovencita, que acababa de decirme adiós, bien podría haber sido mi propia hija.




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