miércoles, 13 de enero de 2016

PUTOS CICLISTAS


No es mi estilo, lo reconozco, pero acabo de leer “Cuando te alcancen las llamas”, ahora ando ya por las últimas páginas de “Una Novela Francesa”, y no he podido vencer la tentación de tratar yo también, por mi parte, de hacer un poco de sátira social en relación con determinado ¿hábito urbano? que, hoy por hoy, consigue sacarme de mis casillas. Y si bien el talento del que hacen gala Paul Sedaris... y Frederic Beigbeder... lo considero de todo punto inalcanzable para cualquiera que no sean ellos mismos, voy a procurar desenvolverme, a imagen suya, de manera distendida e irónica, bien consciente de que, al final, tal vez lo único que haya conseguido cuando le ponga el punto y final a este artículo, es parecer derrotado. Veamos...

Cuando hace casi nueve años llegué a Barcelona, hablamos de la primavera del dos mil siete y justo acababa de contraer matrimonio, no había un solo día en el que mi mujer y yo dejáramos de admirarnos del civismo del que nuestros nuevos vecinos hacían gala en comparación con lo que se cocía por Madrid. No había colillas por el suelo (apenas), mucho menos se veían bolsas de supermercado repletas de basura en los alcorques de los árboles, las mierdas de los perros eran sistemáticamente recogidas por sus dueños y las pintadas de los más cretinos, lejos de enguarrar las fachadas de los edificios, se limitaban a ensuciar sus cierres metálicos, por lo que, de esta forma, sólo eran visibles a los ojos de los paseantes en domingos, festivos y vacaciones. Pero existía algo que a ella y a un servidor, sobre todo a mí que para eso soy el snob del dúo, nos sorprendió todavía más, algo que nos pareció el colmo de la urbanidad y lo europeo: las bicicletas. La gente (y cuando hablo de la gente hablo de mucha gente, no únicamente de cuatro "piernas" embozados con caretas de Moebius) andaba en bici, se movía en bici, iba en bici de un lugar a otro, a lo largo y ancho de toda la ciudad. ¡Incluso existía un servicio del Ayuntamiento para la puesta a disposición de bicicletas en todos y cada uno de sus barrios!

Todavía me acuerdo, y ya ven que ha transcurrido desde entonces un montón de tiempo, del apuro que a los dos nos daba invadir el carril bici mientras paseábamos, medio obnubilados, por las hermosas calles de El Ensanche. Era pisar aquella flamante línea blanca y sentirnos unos catetos, algo así como Paco Martinez Soria apareciendo por la estación de Atocha... en pleno desarrollismo... maleta de cartón en ristre y la boina calada hasta las cejas. “Cuidado, estamos invadiendo el carril bici” nos reconveníamos el uno al otro, todo apurados, cuando, por un descuido, pisábamos aquellos largos senderos impresos sobre el encintado, diestramente dispuestos para el tránsito de los ciclistas. Justo en ese momento, de contar con un poco más de suspicacia y unos cuantos menos ideales, deberíamos haber empezado a recelar, ya que cuando te veían inmiscuirte en sus dominios, siquiera durante unas fugaces décimas de segundo, los impacientes ciclistas, lejos de aminorar sus pedaladas mientras te intentaban tranquilizar con una sonrisa cómplice, preferían, por lo general, pegar un acelerón, y dirigirte una mirada asesina mientras pasaban a tu lado a punto de rebanarte las napias, como si esa mínima intromisión en su trayectoria, en la que tú habías incurrido por la falta de costumbre, pudiese ser capaz de echarles a perder el día. Y lo podía hacer, vaya si lo podía hacer, ya que la velocidad con la que bastantes de ellos circulaban era más propia de la Dauphine Liberé que de un prudente recorrido urbano para acudir a la compra o a las clases del instituto. 


Luego... enseguida -nada de paulatinamente porque sucedió súbitamente- los putos ciclistas se hicieron los dueños de la totalidad de las calles, dejando solos y abandonados los “carriles bicis”, y dedicándose a pedalear por el mismo centro geométrico de las aceras, de todas y cada una de las aceras, con independencia de cual fuese, en cada caso, su anchura. Siempre a toda velocidad, como si no hubiere un mañana, al punto que podría sospecharse -continúo sospechándolo, de hecho- que algunos y algunas iban puestos hasta el culo de anabolizantes o de mefedrona, da igual, para poder ir todavía más deprisa. Entre tanto, las bicicletas, pasaron de ser bicicletas de paseo a ser bicicletas de montaña, y de ser bicicletas de montaña a ser bicicletas de carreras. Luego, también estas últimas mantuvieron su correspondiente evolución y comenzaron a verse, como en cualquier velódromo que se precie, las de ruedas “lenticulares” y “manillar de cuernos de cabra”, incrementándose paulatinamente, de esta forma, tanto la posibilidad de atropello como la gravedad de las lesiones inferidas a los infelices atropellados.

Por su parte, el ayuntamiento de Barcelona, como en el fondo resulta lógico en un país tan carente de lógica como lo es el nuestro, pasa a bendecir, ordenanza urbana por medio, esas trepidantes ginkanas de zig zag entre peatones que tan gratas y estimulantes les debían venir pareciendo, a juzgar por su conducta, a los putos ciclistas. Tal como lo oyen, en un determinado momento la muy ilustre corporación municipal se apresta a promulgar una ordenanza que autoriza legalmente a las bicicletas a discurrir por encima de cualquier acera siempre que esta tenga al menos cuatro metros de anchura. Que ¡fíjense que casualidad! es la amplitud de las aceras del ensanche. Sí, así es, la repugnante escabechina que habían puesto en marcha los putos ciclistas, por su cuenta y riesgo, pasa a contar con el oportuno beneplácito de la autoridad competente. Eso es lo que se dice ir al compás de la realidad social. ¡Qué máquinas nuestros políticos!

Desde entonces, personas y más personas -niños y ancianos sobre todo- han ido besando el encintado, caídos, arrollados, maltrechos, rotos como peleles, víctimas de la aberración mental de los ciclistas y de la vesania de los ediles que les han dado, a todos esos cretinos, carta blanca para volverse dueños de las aceras y poder ejercer en ellas a su capricho y como auténticas bestias -una actividad que a las personas, y más a los españoles, les encanta- la ley del más fuerte.

Así es, y con esto ya acabo mis lectores amantísimos, en Barcelona, el mismo día que un técnico en prevención de riesgos laborales va a pasarse por tu centro de trabajo para medir la distancia a la que acostumbras a situarte frente a la pantalla del ordenador, de cara a valorar hasta donde alcanza tu nivel de exposición a las radiaciones de windows, o, incluso, para comprobar el ángulo ergonómico que forma el respaldo de tu silla cuando te recuestas al máximo a fin de rascarte las pelotas, vas a poder ser impunemente arrollado por un ciclista que circula a toda hostia, más ancho que largo, por la acera del edificio en el que trabajas y que justo, en ese instante fatídico, tú te aprestas a dejar a tus espaldas. Justo cuando acabas de salir del curro, te matan. ¡Ya me dirán si algo así no constituye una verdadera tragedia!




14 comentarios:

  1. En París no sé si está permitido que los ciclistas pasen por donde les salga de los cojones, pero es habitual (sobre todo en primavera) que cuando vas a cruzar un paso de peatones con el semáforo en verde llegue una bici a toda hostia en dirección prohibida, pilotada por un fulano o fulana que además va oyendo música con cascos y al que no se le pasa por la cabeza reducir la velocidad. Considero que tamaña seguridad en uno mismo en dicha situación da una muestra algo inquietante de lo que se podría llamar (tal vez algo hiperbólicamente) fascismo cotidiano, que yo trataba de combatir pasando igual y pegándole un empujón al ciclista desconsiderado, hasta que tuve un par de grandes broncas que me dejaron mal sabor de boca (“il est fou!”, gritaba una pava; “je vais te crever!”, bramaba un árabe), por lo que ahora antes de cruzar miro bien a ambos lados, y luego sigo a mis cosas. También hay que decir que algunos ciclistas respetan semáforos y pasos de peatones en una admirable y cada vez más añorada muestra de urbanidad; supongo que es la misma gente que en el andén del metro apaga las colillas y las tira a un cenicero en vez de arrojarlas directamente a la vía, que recoge las mierdas de los perros, o que les dice a sus hijos que paren de joder la marrana cuando en el avión no dejan de darle patadas al que va en el asiento de delante. Son los justos en Sodoma, los que impiden que en un momento dado uno salga a la calle dispuesto a poner orden a base de escopeta recortada, como Michael Douglas en aquella película.

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    1. Imagínate en Barcelona que ¡siempre es primavera! Ciclista a tutiplen yendo por donde les sale de los cojones a la velocidad que les sale de los cojones. Son incapaces de ir en fila, se pican entre ellos. Aquí, si alguna vez los indicas, con toda educación, el "carril bici", lo típico es que giren la cabeza y te hagan el gesto de rebanarte el cuello ¡Y lo malo es que cuando se apeen de la bici tienen que ser igual de hijos de puta!

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  2. En Londres pasa lo mismo, no deja de ser un caso de depredación de un medio mecánico más potente, el ciclista, frente a otro más lento y débil, el peatón, como a su vez pasa con el atomóvil frente a la bici. Sólo en Holanda he visto una entente cordial entre peatones y ciclistas.

    La peli a la que alude Antonio de Michael Douglas es puro fascismo

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    1. No, si por parte de los peatones, el entente también es cordial en Barcelona, París o Londres. todavía no he visto que se formen grupos organizados para desalojarlos de las aceras. Son ellos, los ciclistas, los que no son cordiales.

      En cuanto a lo de la película, existe todo un género cinematográfico destinado a saciar la "vena fascista", que el noventa por ciento de los varones (¡ojo! los varones), mantenemos reprimida dentro de nuestros egos. A lo mejor, el asunto hasta tiene su fundamento, ya que, en estos casos, lo virtual resulta ser infinitamente más tolerable que lo real".

      (En apoyo de lo que acabo de decir: el aludido género cinematográfico a la mayoría de las mujeres se la refanfinfla)

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  3. Un día de furia se llama la película.
    Yo creo que es lo que dice Lansky, además ahora está de moda, si vas en bici eres más progre y más guay, y lo más absurdo es que las bicis que lleva la gente no son como en Holanda, bicicletas asequibles y con dos sillitas y un carrito, vamos, adaptadas a la vida diaria , son bicis muy caras. En fin que es una forma de hacer el macarra, se cambia el coche por la bici y ya uno parece que se siente mejor.
    Yo he dejado de ir a Madrid Río en longboard porque van a toda leche y ya he visto varias veces choques frontales de ciclistas e intervención de ambulancias.

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  4. La película de Joel Schumacher no es fascista (y mucho menos “el fascismo puro”, ni que la hubiera dirigido Leni Riefenstahl), ya que en ningún momento hace una apología del justiciero al que interpreta Douglas. Es más bien una puesta al día de tantos westerns sobre el tema de la venganza y el sentimiento de fracaso una vez que ésta se ha llevado a cabo (como los que dirigió Budd Boetticher y protagonizó Randolph Scott a finales de los cincuenta), trasladada al contexto enloquecido de una ciudad de finales del siglo XX, y precisamente esa mirada externa hacia el itinerario asesino del protagonista es lo que tiene en común con “Sin perdón”, de la misma época. La mayor diferencia es que la de Schumacher es efectista y eso la vuelve simple, es una película de trazo grueso a la que se le podía haber sacado mucho más partido, y la de Eastwood es mucho más compleja y sutil; es, en definitiva, una gran película. Otro aspecto en común es que, si bien ninguna ensalza la violencia (las secuencias violentas de “Sin perdón” son tan crudas y directas que producen el mismo rechazo que, por ejemplo, ver una pelea callejera: en ese sentido es una película crítica que no necesita hacer discursos), ambas hacen que en algún momento aflore esa vena fascista de la que habla Julian, llevando al espectador a cuestionarse sus propias reacciones ante lo que está presenciando. Tengo un recuerdo lejano de “Un día de furia”, pero que la masacre del final de “Sin perdón” deje asqueado al espectador por su realismo tanto físico como moral, no impide que al mismo tiempo sintamos una especie de oscura, o latente, satisfacción ante la forma expeditiva en que se ha hecho justicia, a la vez que la rechazamos por completo. Parte de la grandeza de la película de Eastwood está en su capacidad para hacer que el espectador se haga preguntas sobre sus convicciones más firmes, y el relativo fracaso de la de Schumacher en que no pasa de ser una fábula algo sensiblera sobre un perdedor, eso sí, muy interpretado por Douglas. (Discúlpeseme el rollo.)

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    1. De rollo, nada. Un respuesta altamente ilustrativa de algo que esta ahí. La venganza satisfecha por el justo frente a la agresión previa del perverso satisface un instinto humano que lejos de ser primario -como sí lo serían las películas "sado"- deriva de un proceso ético; muy elemental, si se quiere, pero ético. Gracias, Antonio.

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    2. Mi calificativo de 'fascista' para Un día de furia es excesiva, lo admito, sin embargo, apela a algo muy estadoudinense y que entre otras tiene raices fascistas: la venganza personal y el enfrentaiento (legítimo pero ilegal) del individuo no contra el Estado sino contra la sociedad. En un país en el que los tiroteos de francotiradores se dan con demasiada frecuencia el tema no es en absoluto banal. la comparación con al excelente "sin perdón" es forzada a mi juicio, en Sin perdón se enfrentan a la injusticia contra unas putas por parte de un poder, el sheriff, y no s etrata sólo de venganza. En fin

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    3. Mi perro tiene una marcada querencia a hacer pis en los carriles bici, le provocan especialmente la micción. Yo antes le apartaba de ellos muy cívicamente, un tironcito de correa hacia el cercano césped, libre de afectaciones ciudadanas específicas. Pero últimamente le dejo que mee donde más le pete. Si los ciclistas pasan de sus carriles reservados y se creen con derecho a arrollarme por las aceras cuando soy peatón, y a entorpecerme por las calzadas cuando voy en coche, no vamos a ser mi perro y yo los únicos tontos que sigan considerando con respeto el carril bici. Ambos nos solidarizamos contigo.

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  5. Van, dale de comer al perro cosas que lleven vaselina, o mantequilla, mucha mantequilla, para que así los cabrones de los ciclotones cada vez que pasen por encima de una ñórdiga se lleven un susto de aupa. ;-)

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    1. Lo siento, el hígado de los perros es muy delicado y el bienestar del mío me importa mucho más que los justicieros porrazos que puedan merecerse los vándalos de la bici. Nada de mantequilla ni de vaselina, pues. Piensa otra cosa.

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    2. (Además, yo, las caquitas de mi perro las recojo religiosamente en su bolsita verde).

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  6. Van

    Con el próximo conato de arrollamiento, dejarás también de recoger las cacas. Démosle tiempo al tiempo. Blufftadamus.

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    1. No, no. Lo que tiende a hacer en el carril bici son los pises, no las cacas. Las cacas no tienen ninguna relación con los ciclistas, y aunque la tuvieran yo las seguiría recogiendo lo mismo. Detesto profundamente a los dueños de perros que no las recogen, me parecen el arquetipo de la guarrez, más vandálicos que ningún ciclista arrollador.

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