domingo, 24 de enero de 2016

LA FERIA DE LAS VANIDADES (Ada Colau rules)

 (Mia Araujo)

Me encuentro en un libro que ando leyendo con este texto que sigue:

"Sabía que no se trataba de auténtico divismo. Atrás quedaban los días en los que el mundo estaba poblado de hombres y dioses. Al contrario, lo que antaño había sido una luminosa excepción se había convertido ahora en la regla de una sociedad que había consolidado la celebridad como un estatus al alcance de todos. De esta manera, el divismo de masas menor, elevado a condición universal, se había convertido en un tiránico imperativo. La televisión había creado un limbo en el que pacían seres híbridos, mitad hombres y mitad iconos, en un régimen de popularidad sin auténtica gloria ni auténtica fama, un Olimpo al alcance de cualquiera que, por tanto, condenaba a todo el mundo a querer entrar en él a cualquier precio".

El personaje que nos habla, desde las páginas de la novela, es un chef gastronómico obsesionado con obtener su primera estrella Michelín. Es consciente de que ese logro profesional que persigue habrá de ser, fundamentalmente, una cuestión de modas. Dependerá de que él, el cocinero, sea capaz de ponerse de moda. No de ser más diestro... o mucho más diestro... que la mayoría de los otros chefs, o más verazmente, de atenernos a lo que de verdad debería comportar la gastronomía, de dar de comer mejor, o mucho mejor, que sus diferentes colegas, sino de conseguir una popularidad, salir en los medios, darse a conocer a través de su imagen misma. Hacer el pedorro, en suma.


(Emilia Dziubak)

Pero igual sabe, nuestro personaje, que ese reconocimiento público, amén de tramposo va a ser efímero, ya que el funcionamiento del proceso prevé que a la menor ocasión, tan pronto como su imagen empiece a desgastarse, y cada vez los iconos se deprecian con más facilidad y mayor frecuencia a causa de la falta de criterio imperante, aparezca pletórico en "prime time", en cualquier "reality show", un nuevo trampantojo de cocinero -más delgado o más gordo, más joven o más viejo, más simpático o más soso...- con el que las audiencias puedan volver a encariñarse.


Todo esto, puesto en relación con la gastronomía, al margen del perjuicio implícito que supone que cada vez te den de comer peor en todas partes, no habría de tener excesiva importancia: cuando uno... por fin... se satura, no vuelve a poner sus pies en un puto restaurante y santas pascuas, pero trasladado al mundo de la "res pública" no deja de tener su aquel. Lideres -este novedoso sistema no va aceptar otra cosa que individuos- cuyo crédito, ante sus conciudadanos, va a derivar, sobre todo y fundamentalmente, de su gancho como personaje televisivo, por encima, o incluso al margen, de cualquier mérito de verdadera enjundia.

Políticos "Lady Gaga" capaces de reinventarse cada día -y aquí hablo de una mutación estética que no ética- a fin de continuar disfrutando del fervor de las masas. Sometimiento a los grandes grupos de comunicación para que sus capitostes no los sustituyan, una vez amortizados, por otros personajes más novedosos e igual de mediáticos que vayan a correrles la silla. Esta es la nueva política, señores, y habrá que irse acostumbrando. Tal vez el aupamiento orgánico a través de la saliva y las heces del viscoso organismo de los partidos fuese algo aun más cínico y todavía más perverso. Tal vez. Yo apuesto a que de aquí a un par de años, el joven Iglesias, reinventándose, se habrá deshecho de su sedosa coleta.

Por lo pronto, doña Ada Colau, controvertida alcaldesa de Barcelona, es portada del "Vanity Fair". Y sale bastante cañón, por cierto.

¿Se reinventa? En este caso, yo diría que no. Que ella estaba deseándolo. Je, je, je...


6 comentarios:

  1. Que el éxito electoral dependa del gancho mediático no me parece nada nuevo, en absoluto. Y en cuanto a Ada Colau, ¿que sale cañón?

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    1. Lo primero de todo, Miros, darte las gracias por comentar. Esto es lo que anima a los blogs.

      En cuanto a lo que dices. De lo que he pretendido hablar no es tanto del éxito para un grupo político que también podría obtenerse con un lider discretito (ni Rajoy o Pujol, por ejemplo, son tíos de "llenar pantalla") sino de los réditos de la explotación de su imagen por parte de sus valedores mediáticos.

      En cuanto a la Colau, en la foto de la portada del magazine me parece que la chavala tiene su aquél. ¡Qué vamos a hacerle! Uhmm... vale... ¿Lo dejamos en un calibre 22?. ;-)

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    2. El asunto, porque como dice Miroslav la imagen juega en todos, es que Ada Colau es algo más que su imagen

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    3. La verdad, Julián, la chica tendrá otras virtudes, pero cañón... su aquel... Yo creo que el clima de Barcelona no te sienta bien.

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    4. Quien sabe. Yo creo que me sienta de miedo. Me pone bravío. ¡Muuuú...!

      Esta chica, de joven era actriz, y, como buena actriz que se precie -continúa siéndolo, por eso ha triunfado en política- pretende estar güenisma. Y a mí me ha apetecido seguir su juego y darle un poco de cuartelillo. ¡Ea! Ni tan mal.

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    5. Ada Colau tiene un aspecto verosimil, cualidad que no poseen las bellas profesionales, es por tanto acogedora, ama de casa concienciada, papel de tornasol para detectar iracundos de derechas

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