jueves, 7 de enero de 2016

"EL REINO" de Emmanuel Carrère

Todo lo anterior viene a cuento, ya lo creo que sí, para hablar de “El Reino”, el último libro de Emmanuel Carrère, el avezado escritor parisino, quien esta vez no se ha propuesto investigar los orígenes de ningún antepasado ignoto, como había hecho en “Una novela rusa”, sino, ni más ni menos, que dar con el paradero de Cristo. Así es, Carrère, en “El Reino”, persigue la ardua misión… no sólo… de localizar a Jesucristo y bosquejar a grandes rasgos la cronología de los tres últimos años de su vida, sino también exhibir toda una serie de hechos, atribuidos a aquel, de los que podría deducirse su origen divino, metahumano.

Carrère, confiesa en su obra, que, luego de haberla recobrado durante los primeros años de su madurez, volvió a perder la fe de nuevo al cabo del tiempo. Entendiendo por fe, en este caso, la creencia en la posibilidad de un Dios supremo y su transustanciación en forma humana, hace dos mil años, bajo la figura de Jesucristo. La primera parte del libro la dedica a explicar a grandes rasgos, y a través de lo que a él le fue ocurriendo, los motivos a considerar para verse afectado por tales veleidades místicas

Pero pese a admitir en repetidas ocasiones que no otro que el de la fe habrá de ser el pilar fundamental -en realidad, único- sobre el que va a poder fraguarse la creencia en Dios, el escritor francés parece querer aferrarse sin embargo, deudo de su idiosincrasia racionalista de finales del siglo veinte, a la posibilidad de demostrar esos dos acontecimientos trascendentales (la existencia de la divinidad y su ocasional corporeización en Judea, hace unos veinte siglos) a través de una serie de hechos contantes y sonantes. A tales fines, recurre a Pablo de Tarso (sus “Cartas” y los “Hechos de los Apóstoles”) y a San Lucas (su evangelio), resaltando, ante el lector, aquellos pasajes de los textos citados en los que va a caber apreciarse en la palabra y la conducta de Jesucristo, el profeta, el proclamador, una magnitud mística, unos dones, que, por trascender con creces sobre los que serían propios de la naturaleza de los hombres, solo podrían hallar justo acomodo (“justo” en el sentido de racional) en unos designios de origen divino.


Y aunque en nuestro hombre, sometidos a su propio juicio la parábola y el milagro de los que en cada caso se trate, termina siempre por imponerse el escepticismo, llegando al punto de poner en entredicho la figura misma de Jesús, el nazareno, por más que un renuncio como ese les podría haber sentado como una verdadera crucifixión a los entusiastas glosadores que le sirven de guía, no es menos cierto que en todo momento trata el asunto de Cristo, sus prodigios y sus enseñanzas, con tales dosis de cariño y sensibilidad, que, decantándose de manera contundente (que no perenne, desea aclararnos Emmanuel en una de las últimas páginas de su obra) por la total fantasía de la historia que nos cuenta, nos induce, sin embargo, a creer en ella. Así es, el agnosticismo de “El Reino” va a contribuir paradójicamente, dada la exquisita sensibilidad de Carrère a la hora de exponer los hechos que narra -al punto de preguntarnos si no estaremos, acaso, ante un ultracatólico embozado, je, je…- a que sus lectores podamos “mejorar” nuestra fe en Dios.

Lo cierto es que si Carrère no cree en Dios, sí que lo hace, sí que cree, en todas aquellos personajes como Pablo y Lucas, los primitivos cristianos, que, al margen de glosar la pretendida figura de Jesucristo, cuya existencia, ya lo hemos dicho, él va a considerar incluso cuestionable, se encargaron de propagar entre sus semejantes -a imagen, decían, de su maestro- cierto código ético que de acuerdo a las pautas sociales, políticas e incluso psicológicas imperantes por aquella época, podría ser calificado de estrafalario. El del amor incondicional al prójimo. El amor a todos los hombres.

Tal y como me pasa justo a mí cada vez que acudo a la iglesia, al templo, donde es la presencia de esa comunidad rotundamente humana, radicalmente humana, divinamente humana, si se me permite la licencia, que da vida a la feligresía de mi parroquia, la que consigue aproximarme cada vez un poco más a Dios. Son la simplicidad de los asistentes, su humildad, su serena alegría, su sincera modestia, la vía que va terminar convenciéndome, en ello estamos, de que la materialización de lo “divino”… en el día a día de los hombres… existe, y que, esta, no se trasluce ni más ni menos que en la bondad con la que estos sean capaces de desenvolverse entre ellos. 


11 comentarios:

  1. Una comunidad de creyentes o un grupo de hipócritas, abunda máslo segundo en misas y reuniones

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    1. Obvio. El ser humano, por su propia esencia es hipócrita. Pero en base a mi experiencia personal -solo la mía- los hipócritas abundan menos en la iglesia que en otros ámbitos sociales en los que no me han quedado más cojones que intervenir. Amén de tratarse de un hipocresía menos peligrosa, en el sentido de que sus consecuencias nocivas no va a poseer una efectividad práctica determinante. O eso, al menos, es lo que yo creo ¡Un abrazo!

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    2. Disiento totalmente. Sería largo explicártelo

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  2. He acabado El reino y me ha gustado mucho. Me ha resultado muy ilustrativa, tanto para creyentes como para no creyentes, su novelística reconstrucción de por quién y, sobre todo, cómo, en qué circunstancias y con qué criterios fueron escritos los Evangelios y los Hechos. Y casi igual de ilustrativa la crónica de los fallidos esfuerzos del autor por convertirse él mismo en un creyente. Es un magnífico análisis, por vía empírica, de en qué consiste -y, claro, de en qué no consiste- la fe. Imprescindible -algún análisis, no necesariamente el de Carrère, aunque el suyo está muy bien, tan penetrante y lúcido como siempre es él- para hacer cualquiera de las dos cosas, tenerla o no tenerla, con fundamento.

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    1. Y qué bien escribe, el tío. Es un placer leerle, hable de lo que hable. Siento no haberme conseguido la versión francesa, pero estoy en ello. La traducción, por fortuna, es mucho mejor que lo que acostumbran a serlo las traducciones del francés. Apenas chirría, a pesar de la coloquialidad del idioma de Carrère, tan dificil de trasladar al español sin sobresaltos.

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  3. Amigo Vanbrugh, una curiosidad ¿tú crees que lo de la parte porno del libro es una especie de metáfora sobre la necesidad de creer en algo intangible o simplemente sucede que la tía esa a Emmanuel le pone muchísimo, su mujer se mosquea con él por salidorro, y él decide intentar restarle importancia al episodio magnificándolo gratuitamente mediante su divulgación pública?. Tengo mis dudas. Un abrazo!

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  4. Creer en algo intangible...Je, je. No, yo creo que es otra cosa. Creo que estas cosas nos las cuenta por puro exhibicionismo, está muy orgulloso de la estupenda relación que ha conseguido con su mujer, que le permite compartir con ella el porno internético -y de su casa en Patmos, y de algún otro detalle intempestivo de su vida privada que no recuerdo ahora- y nos los encaja un poco a la fuerza, sin venir a cuento, para que todos admiremos lo guays que son.

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    1. Bueno, la verdad es que Carrere es más un cronista, un excelente cronista, si se quiere -un periodista, al fin y a la postre- que propiamente un fabulador, un novelista. De ahí que defienda yo la supremacia de "El Reino de los Répropbos", de Burgess, por encima de este buen libro. ¡Un abrazo!

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    2. Es cierto que no es un novelista, pero a mí eso no me parece necesariamente una inferioridad. Tampoco me parece un simple cronista, más bien un analista. Sus "crónicas" son verdaderos y profundos ensayos, todo lo que cuenta lo pasa antes por el alambique de su propia experiencia y su propia reflexión, y el resultado es mucho más que una crónica.

      En cuanto a Burgess, él sí es un excelente novelista. Pero "El reino de los réprobos" no me parece una de sus mejores novelas, ni siquiera una buena novela. Y como estudio de los orígenes del cristianismo me parece muy inferior al de Carrère. Curiosamente, creo que sus actitudes respecto de la fe son opuestas y simétricas: Burgess es un creyente visceral, por educación y naturaleza, alejado de la fe por procesos intelectuales en contra de sus emociones espontáneas. Carrère es un no creyente nato, agnóstico por temperamento, que intenta llegar a la fe por procesos intelectuales y manipulando artificialmente sus emociones.

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    3. Un análisis muy acertado. Has dado en el clavo. Je, je!. Burgess sí que cree, Carrere no cree y ambos no se conforman, los dos creen que se hallan en el lado equivocado. Muy perspicaz, si señor.

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