domingo, 10 de enero de 2016

A SOLAS CON LA SOLEDAD (Parte Iª)

(Charles Meere)

Por aquellos días yo era joven y la playa solo me gustaba cuando expiraba la tarde y la mayoría de mis congéneres se habían retirado ya a sus hoteles y sus apartamentos a cenar y ponerse guapos. Solo entonces era cuando a mí me apetecía bajar a la playa. ¿Un tipo raro? No sé. Todo paliducho, con los hombros salpicados de pecas, mal nadador, inquieto, tampoco es que yo pintara demasiado en la playa por las mañanas. Era probable, además, que pudiese tener resaca. Y hay que tener mucho cuidado con las olas cuando uno está de resaca. Y con el sol.

Sin embargo, cuando la tarde decaía, cuando la luz del sol y sus reflejos sobre el mar habían comenzado a confundirse y las cigarras en los pinos parecían ser capaces de acompasar diestramente sus cantos, yo me hacía con una toalla del lavadero, cogía tres cervezas del frigorífico, arramplaba con un radiocasette no demasiado aparatoso... que también utilizaba a veces para grabar mi propia voz... junto con un par de cintas que me apeteciese oír, y, pertrechado de tal guisa, cual entusiasta quijote contemporáneo, bajaba hasta la playa. Lo de "bajar" en modo alguno es una licencia de estilo, ya que desde el apartamento donde vivía hasta la orilla del mar casi todo el recorrido era en pendiente.

Solía escuchar un album de The Cars. Nada más dar comienzo la primera canción, Rick Ocasek te saludaba: "¡Hola. Hola de nuevo!" y a mí, aquello, no se muy bien por qué, supongo que era por el entusiasmo con el que él te lo decía, casi siempre conseguía elevarme la moral un poco. Yo no era ningún solitario, tenía montones de amigos, pero tampoco me importaba andar solo... ya lo he dicho. En la playa, me quedaba sentado en la arena escrutando el horizonte, calibrando la puesta de sol, escuchando a The Cars y bebiendo cerveza, bebiendo bastante cerveza. Y, de esa forma tan sencilla, me sentía a gusto conmigo mismo y con el resto del mundo. (continuará)




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