lunes, 11 de enero de 2016

A SOLAS CON LA SOLEDAD (Parte 2ª)


Cierto sábado estaba nervioso. Por la noche se iban a pasar a verme unos compañeros de la universidad, que andaban por allí, de camping, y pensábamos salir juntos de marcha hasta las tantas. Había planeado aquella tarde como una especie de fiesta de despedida de mi soledad. Beberse esas primeras cervezas a solas, todavía frías, mientras pisaba la arena húmeda de la orilla y escuchaba una canción que hablaba de la ciudad de los latidos. Fumarme un par de cigarrillos sin prisas. Evadirme en mis pensamientos de los apremios familiares. El plan concluiría con mi cuerpo colándose a oscuras, yo medio achispado, por en medio de las olas.

Me gustaba sentirme completamente solo en medio del mar, bañarme desnudo, con montones de peces y de medusas y de todo, nadando por allí abajo, sin molestarse en incordiarme. Sí, era de veras bien gratificante sentirte rodeado de agua, a merced de las olas, con la penumbra del cielo cerniéndose, encima tuyo, justo en un lugar donde hacía tan solo unas horas antes los cuerpos de los seres humanos, la extraña especie a la que yo pertenecía, se acumulaban a mansalva como si se tratase de hormigas hambrientas junto a una cucaracha muerta. Resultaba reconfortante poder ver una estrella fugaz, o incluso las luces de las alas de las aviones, cuando sacabas la cabeza del agua y te echabas el pelo húmedo hacia atrás, mirando hacia lo alto.

Permanecí hasta casi las doce esperándoles a mis amigos y como no llegaban y yo ya me había hecho a la idea de salir a dar una vuelta y divertirme un poco, más o menos a esa hora, que les he dicho, decidí bajar hasta el centro y comprobar lo que se andaba cociendo por los bares.

No les resultó posible dar conmigo hasta las tres. Habían llegado a la una y llevaban un par de horas tomando copas por ahí, sin parar, a la buena de dios, con la excusa de andar tras mis pasos. Cuando por fin me localizaron, yo me hallaba recostado en un una especie de balancín, de mimbre, en una discoteca al aire libre. Llevaba desabotonada la pechera de la camisa y de las comisuras de labios me colgaban un par de hilillos de saliva. Sonrisa de bobo. Prestancia cero, para que vamos a andarnos con paños calientes. Delante de mí había una pequeña piscina azul iluminada por dentro. En el agua, un grupo de chicas nórdicas completamente borrachas, se bañaban completamente desnudas. Aunque mi estado no valiese ni para ejercer de mirón, al parecer, yo no me resignaba a perder detalle. No sé lo que pasó después, la verdad. Me imagino que todos esos les soltarían a las chicas cualquier catetada y, estas, les corresponderían, como se debe, con un buen corte.

Al cabo de los meses, en Madrid, uno de aquellos amigos me aseguró, que la ocurrencia de parar en aquella discoteca de la curva de la carretera general, fue idea suya, exclusivamente suya; que, no sabía por qué, pero se imaginaba que yo iba a estar allí metido. 

"¡Me encontraba fatal!" fui y me lamenté ante mi amigo, a modo de disculpa.

"¡Qué va, no te lo creas!" deseó, él, aclararme. Y para que yo dejase de compadecerme a lo tonto de mí mismo, no tuvo el menor empacho en añadir: "Estabas solo pero muy contento".

¿Lo ven? Nunca, ni siquiera cuando era un tierno pipiolo con el corazón anegado de ternura y romanticismo... al que, a las primeras de cambio, se le iba la mano con el alcohol... la malhadada soledad ha conseguido hacer verdadera mella en mi estado de ánimo. "Estaba solo pero muy contento". ¡Jodeeer!.


2 comentarios:

  1. Lo que más me gusta de leer es poder estar en la playa en pleno invierno.

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    1. Ja ja ja! Cuando escribes hay veces que vuelves a vivir de nuevo lo que ya viviste. Encima, en plan repizcoleto. Lo que se pierde en materialismo se gana en lirismo. A título de ejemplo, las resacas pasan a ser meramente virtuales. Lo cual no deja de ser una ventaja. ;-)

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