domingo, 31 de enero de 2016

NUEVOS VIAJES A MARTE (Parte I)


No sé si me querrás siempre. No sé si me quieres ahora. La tarde que revienta de rojo. Tu pelo. La ansiedad en tu mirada. ¿Suponen algo a lo que poder llamar amor?. No lo sé. "¿Podría usted quererme un poquito, sólo un poquito, señorita?" bromeo contigo. Te ves reflejada en mis ojos y calculas la clase de amor que revela el espejo al que te asomas, también te preguntas como sería tu amor por esos ojos en los que intentas reconocerte mientras me miras...




martes, 26 de enero de 2016

UN SECRETO (para Carol, con cariño)

(Richard Phillips)

Ella me dijo que había acudido a verme porque yo hablaba de su abuela en uno de mis libros. Se lo había dicho su madre cuando la vio leyéndolo. Le dijo que me conocía y que el personaje de Victoría Santacana, presente en “Bajo la lluvia”, cierta novela mía de los noventa que había gozado o aun estaba gozando -si nos atenemos al motivo de la inesperada visita- de cierta repercusión, estaba inspirado en su abuela.

-“Ya lo ve, he tenido que desplazarme a Palma por motivos de trabajo y no he podido resistir la tentación de venir a hacerle una visita. No me lo imaginaba así, la verdad”.

-“¡Ah, no! ¿Y cómo te imaginabas que era?”.

-“Más alto, también más viejo. No se por qué pero me lo imaginaba más alto. Mamá es  bastante alta...”.

-“Y... ¿más apuesto, tal vez?”.

Ella se sonrojó y prefirió no contestar. Aunque a esas alturas de mi vida, su respuesta iba a parecerme lo mismo, no cabe duda de que ella debió interpretar mi pregunta como una velada provocación. Escabulléndose por la tangente, persistió:

-“¿De verdad, mi abuela era alguien tan bicho como, usted, la pinta?”.

-“Bueeno...” -esbocé una sonrisa, una sonrisa de suficiencia que claramente podía permitirme por razones de edad- “... estamos hablando del personaje de un libro, y los personajes de los libros son de mentira, son arquetipos. La gente en la realidad comete errores, se desdice, duda. ¡Hay algunos, cada vez menos, que hasta se arrepienten! Cuando escribí la novela, pretendí que Victoria encarnara a una manipuladora, alguien un poco mezquino. Pero, en el fondo, se trata tan solo de una niña vieja que adoraba a su hija y temía perderla. No se fiaba de Germán. Quizás, después de todo, la mujer que encarnaba mi personaje no fuese tan absurda”.

-“... entonces... ¿no era un bruja?”.

-“Si a eso vamos, todas las chicas, en un determinado momento, podéis convertiros en brujas. Muchas veces, defenderse de la brutalidad de los ogros demanda hacer uso de toda suerte de conjuros”. Sonreí.

A mi visitante no le debió sentar demasiado bien esa respuesta -la misma no dejaba de ser una humorada, pero ella todavía era muy joven- y se despidió apresuradamente de mí. Un par de minutos antes, yo le había escrito en nuestro libro, en la primera página: “Para Carol, con cariño”.

Cuando me quedé solo de nuevo, dos lágrimas emergieron de mis ojos. Las lágrimas de la soledad. Como habrán adivinado no pude evitar imaginarme que esa curiosa jovencita, que acababa de decirme adiós, bien podría haber sido mi propia hija.




domingo, 24 de enero de 2016

LA FERIA DE LAS VANIDADES (Ada Colau rules)

 (Mia Araujo)

Me encuentro en un libro que ando leyendo con este texto que sigue:

"Sabía que no se trataba de auténtico divismo. Atrás quedaban los días en los que el mundo estaba poblado de hombres y dioses. Al contrario, lo que antaño había sido una luminosa excepción se había convertido ahora en la regla de una sociedad que había consolidado la celebridad como un estatus al alcance de todos. De esta manera, el divismo de masas menor, elevado a condición universal, se había convertido en un tiránico imperativo. La televisión había creado un limbo en el que pacían seres híbridos, mitad hombres y mitad iconos, en un régimen de popularidad sin auténtica gloria ni auténtica fama, un Olimpo al alcance de cualquiera que, por tanto, condenaba a todo el mundo a querer entrar en él a cualquier precio".

El personaje que nos habla, desde las páginas de la novela, es un chef gastronómico obsesionado con obtener su primera estrella Michelín. Es consciente de que ese logro profesional que persigue habrá de ser, fundamentalmente, una cuestión de modas. Dependerá de que él, el cocinero, sea capaz de ponerse de moda. No de ser más diestro... o mucho más diestro... que la mayoría de los otros chefs, o más verazmente, de atenernos a lo que de verdad debería comportar la gastronomía, de dar de comer mejor, o mucho mejor, que sus diferentes colegas, sino de conseguir una popularidad, salir en los medios, darse a conocer a través de su imagen misma. Hacer el pedorro, en suma.


(Emilia Dziubak)

Pero igual sabe, nuestro personaje, que ese reconocimiento público, amén de tramposo va a ser efímero, ya que el funcionamiento del proceso prevé que a la menor ocasión, tan pronto como su imagen empiece a desgastarse, y cada vez los iconos se deprecian con más facilidad y mayor frecuencia a causa de la falta de criterio imperante, aparezca pletórico en "prime time", en cualquier "reality show", un nuevo trampantojo de cocinero -más delgado o más gordo, más joven o más viejo, más simpático o más soso...- con el que las audiencias puedan volver a encariñarse.


Todo esto, puesto en relación con la gastronomía, al margen del perjuicio implícito que supone que cada vez te den de comer peor en todas partes, no habría de tener excesiva importancia: cuando uno... por fin... se satura, no vuelve a poner sus pies en un puto restaurante y santas pascuas, pero trasladado al mundo de la "res pública" no deja de tener su aquel. Lideres -este novedoso sistema no va aceptar otra cosa que individuos- cuyo crédito, ante sus conciudadanos, va a derivar, sobre todo y fundamentalmente, de su gancho como personaje televisivo, por encima, o incluso al margen, de cualquier mérito de verdadera enjundia.

Políticos "Lady Gaga" capaces de reinventarse cada día -y aquí hablo de una mutación estética que no ética- a fin de continuar disfrutando del fervor de las masas. Sometimiento a los grandes grupos de comunicación para que sus capitostes no los sustituyan, una vez amortizados, por otros personajes más novedosos e igual de mediáticos que vayan a correrles la silla. Esta es la nueva política, señores, y habrá que irse acostumbrando. Tal vez el aupamiento orgánico a través de la saliva y las heces del viscoso organismo de los partidos fuese algo aun más cínico y todavía más perverso. Tal vez. Yo apuesto a que de aquí a un par de años, el joven Iglesias, reinventándose, se habrá deshecho de su sedosa coleta.

Por lo pronto, doña Ada Colau, controvertida alcaldesa de Barcelona, es portada del "Vanity Fair". Y sale bastante cañón, por cierto.

¿Se reinventa? En este caso, yo diría que no. Que ella estaba deseándolo. Je, je, je...


sábado, 16 de enero de 2016

ICONOCLASTAS (Exteriorama)

Rebuscando papeles, entre los archivos de "word", he podido dar con este texto, inédito a día de la fecha, que data de mi época como clavadista. Ya, entonces, iba a mi puta bola ¡y bien satisfecho que parecía estar de desenvolverme así! El transcurso del tiempo -tanto el que me rodea como el que va ocupándose de deteriorar mis huesos y mis arterias- ha convertido rotundamente esa insolente pose, casi... casi... en una exigencia moral. Una necesidad.

(Emily Blincoe)
EXTERIORAMA

Los que nos perdemos en bosques de hielo, en bosques que están perdidos desde mucho tiempo atrás para que no los encuentren esos mismos que ponen en entredicho su existencia.

Los que terminaremos por saber volar a base de caídas y por aprender a querer a fuerza de rechazos y de enamorarnos y de volvernos a enamorar.

Los que engalanamos la memoria con risas francas, labios sabios y noches bastardas, y a veces no recordamos nuestros nombres, nuestra suerte.

Nosotros que ya hemos tenido que evadirnos muchas veces de la historia -de su memoria, incluso- atravesando años y siglos... y tardes pardas de noviembre, en pos de la soledad y el silencio, y para los que el derecho y el deber de hablar y hacer preguntas sólo ha sido un ejercicio de cabal ciudadanía.

Este no es mal momento para decir adiós otra vez ¡muchachos! y no mirar atrás, esta vez, al partir.

A nuestra espalda dejaremos: a los hombres, las mujeres y sus hijos, a los siete días de la semana y a los días de veinticuatro horas, al amor y el odio que todos ellos guardan dentro.

Nadie va a poder disuadirnos, nuestro destino, como siempre, importa poco: les da igual saber o no saber lo que encontremos. Ellos son vulnerables, crédulos, están moderadamente satisfechos de sus vidas; pero en los malos momentos también dudan, dudan, y, desde el miedo, aferrándose a sus prejuicios, les piden a sus dioses que les protejan para siempre. No desean ser como nosotros. No nos comprenden. Desconfían.




miércoles, 13 de enero de 2016

PUTOS CICLISTAS


No es mi estilo, lo reconozco, pero acabo de leer “Cuando te alcancen las llamas”, ahora ando ya por las últimas páginas de “Una Novela Francesa”, y no he podido vencer la tentación de tratar yo también, por mi parte, de hacer un poco de sátira social en relación con determinado ¿hábito urbano? que, hoy por hoy, consigue sacarme de mis casillas. Y si bien el talento del que hacen gala Paul Sedaris... y Frederic Beigbeder... lo considero de todo punto inalcanzable para cualquiera que no sean ellos mismos, voy a procurar desenvolverme, a imagen suya, de manera distendida e irónica, bien consciente de que, al final, tal vez lo único que haya conseguido cuando le ponga el punto y final a este artículo, es parecer derrotado. Veamos...

Cuando hace casi nueve años llegué a Barcelona, hablamos de la primavera del dos mil siete y justo acababa de contraer matrimonio, no había un solo día en el que mi mujer y yo dejáramos de admirarnos del civismo del que nuestros nuevos vecinos hacían gala en comparación con lo que se cocía por Madrid. No había colillas por el suelo (apenas), mucho menos se veían bolsas de supermercado repletas de basura en los alcorques de los árboles, las mierdas de los perros eran sistemáticamente recogidas por sus dueños y las pintadas de los más cretinos, lejos de enguarrar las fachadas de los edificios, se limitaban a ensuciar sus cierres metálicos, por lo que, de esta forma, sólo eran visibles a los ojos de los paseantes en domingos, festivos y vacaciones. Pero existía algo que a ella y a un servidor, sobre todo a mí que para eso soy el snob del dúo, nos sorprendió todavía más, algo que nos pareció el colmo de la urbanidad y lo europeo: las bicicletas. La gente (y cuando hablo de la gente hablo de mucha gente, no únicamente de cuatro "piernas" embozados con caretas de Moebius) andaba en bici, se movía en bici, iba en bici de un lugar a otro, a lo largo y ancho de toda la ciudad. ¡Incluso existía un servicio del Ayuntamiento para la puesta a disposición de bicicletas en todos y cada uno de sus barrios!

Todavía me acuerdo, y ya ven que ha transcurrido desde entonces un montón de tiempo, del apuro que a los dos nos daba invadir el carril bici mientras paseábamos, medio obnubilados, por las hermosas calles de El Ensanche. Era pisar aquella flamante línea blanca y sentirnos unos catetos, algo así como Paco Martinez Soria apareciendo por la estación de Atocha... en pleno desarrollismo... maleta de cartón en ristre y la boina calada hasta las cejas. “Cuidado, estamos invadiendo el carril bici” nos reconveníamos el uno al otro, todo apurados, cuando, por un descuido, pisábamos aquellos largos senderos impresos sobre el encintado, diestramente dispuestos para el tránsito de los ciclistas. Justo en ese momento, de contar con un poco más de suspicacia y unos cuantos menos ideales, deberíamos haber empezado a recelar, ya que cuando te veían inmiscuirte en sus dominios, siquiera durante unas fugaces décimas de segundo, los impacientes ciclistas, lejos de aminorar sus pedaladas mientras te intentaban tranquilizar con una sonrisa cómplice, preferían, por lo general, pegar un acelerón, y dirigirte una mirada asesina mientras pasaban a tu lado a punto de rebanarte las napias, como si esa mínima intromisión en su trayectoria, en la que tú habías incurrido por la falta de costumbre, pudiese ser capaz de echarles a perder el día. Y lo podía hacer, vaya si lo podía hacer, ya que la velocidad con la que bastantes de ellos circulaban era más propia de la Dauphine Liberé que de un prudente recorrido urbano para acudir a la compra o a las clases del instituto. 


Luego... enseguida -nada de paulatinamente porque sucedió súbitamente- los putos ciclistas se hicieron los dueños de la totalidad de las calles, dejando solos y abandonados los “carriles bicis”, y dedicándose a pedalear por el mismo centro geométrico de las aceras, de todas y cada una de las aceras, con independencia de cual fuese, en cada caso, su anchura. Siempre a toda velocidad, como si no hubiere un mañana, al punto que podría sospecharse -continúo sospechándolo, de hecho- que algunos y algunas iban puestos hasta el culo de anabolizantes o de mefedrona, da igual, para poder ir todavía más deprisa. Entre tanto, las bicicletas, pasaron de ser bicicletas de paseo a ser bicicletas de montaña, y de ser bicicletas de montaña a ser bicicletas de carreras. Luego, también estas últimas mantuvieron su correspondiente evolución y comenzaron a verse, como en cualquier velódromo que se precie, las de ruedas “lenticulares” y “manillar de cuernos de cabra”, incrementándose paulatinamente, de esta forma, tanto la posibilidad de atropello como la gravedad de las lesiones inferidas a los infelices atropellados.

Por su parte, el ayuntamiento de Barcelona, como en el fondo resulta lógico en un país tan carente de lógica como lo es el nuestro, pasa a bendecir, ordenanza urbana por medio, esas trepidantes ginkanas de zig zag entre peatones que tan gratas y estimulantes les debían venir pareciendo, a juzgar por su conducta, a los putos ciclistas. Tal como lo oyen, en un determinado momento la muy ilustre corporación municipal se apresta a promulgar una ordenanza que autoriza legalmente a las bicicletas a discurrir por encima de cualquier acera siempre que esta tenga al menos cuatro metros de anchura. Que ¡fíjense que casualidad! es la amplitud de las aceras del ensanche. Sí, así es, la repugnante escabechina que habían puesto en marcha los putos ciclistas, por su cuenta y riesgo, pasa a contar con el oportuno beneplácito de la autoridad competente. Eso es lo que se dice ir al compás de la realidad social. ¡Qué máquinas nuestros políticos!

Desde entonces, personas y más personas -niños y ancianos sobre todo- han ido besando el encintado, caídos, arrollados, maltrechos, rotos como peleles, víctimas de la aberración mental de los ciclistas y de la vesania de los ediles que les han dado, a todos esos cretinos, carta blanca para volverse dueños de las aceras y poder ejercer en ellas a su capricho y como auténticas bestias -una actividad que a las personas, y más a los españoles, les encanta- la ley del más fuerte.

Así es, y con esto ya acabo mis lectores amantísimos, en Barcelona, el mismo día que un técnico en prevención de riesgos laborales va a pasarse por tu centro de trabajo para medir la distancia a la que acostumbras a situarte frente a la pantalla del ordenador, de cara a valorar hasta donde alcanza tu nivel de exposición a las radiaciones de windows, o, incluso, para comprobar el ángulo ergonómico que forma el respaldo de tu silla cuando te recuestas al máximo a fin de rascarte las pelotas, vas a poder ser impunemente arrollado por un ciclista que circula a toda hostia, más ancho que largo, por la acera del edificio en el que trabajas y que justo, en ese instante fatídico, tú te aprestas a dejar a tus espaldas. Justo cuando acabas de salir del curro, te matan. ¡Ya me dirán si algo así no constituye una verdadera tragedia!




lunes, 11 de enero de 2016

A SOLAS CON LA SOLEDAD (Parte 2ª)


Cierto sábado estaba nervioso. Por la noche se iban a pasar a verme unos compañeros de la universidad, que andaban por allí, de camping, y pensábamos salir juntos de marcha hasta las tantas. Había planeado aquella tarde como una especie de fiesta de despedida de mi soledad. Beberse esas primeras cervezas a solas, todavía frías, mientras pisaba la arena húmeda de la orilla y escuchaba una canción que hablaba de la ciudad de los latidos. Fumarme un par de cigarrillos sin prisas. Evadirme en mis pensamientos de los apremios familiares. El plan concluiría con mi cuerpo colándose a oscuras, yo medio achispado, por en medio de las olas.

Me gustaba sentirme completamente solo en medio del mar, bañarme desnudo, con montones de peces y de medusas y de todo, nadando por allí abajo, sin molestarse en incordiarme. Sí, era de veras bien gratificante sentirte rodeado de agua, a merced de las olas, con la penumbra del cielo cerniéndose, encima tuyo, justo en un lugar donde hacía tan solo unas horas antes los cuerpos de los seres humanos, la extraña especie a la que yo pertenecía, se acumulaban a mansalva como si se tratase de hormigas hambrientas junto a una cucaracha muerta. Resultaba reconfortante poder ver una estrella fugaz, o incluso las luces de las alas de las aviones, cuando sacabas la cabeza del agua y te echabas el pelo húmedo hacia atrás, mirando hacia lo alto.

Permanecí hasta casi las doce esperándoles a mis amigos y como no llegaban y yo ya me había hecho a la idea de salir a dar una vuelta y divertirme un poco, más o menos a esa hora, que les he dicho, decidí bajar hasta el centro y comprobar lo que se andaba cociendo por los bares.

No les resultó posible dar conmigo hasta las tres. Habían llegado a la una y llevaban un par de horas tomando copas por ahí, sin parar, a la buena de dios, con la excusa de andar tras mis pasos. Cuando por fin me localizaron, yo me hallaba recostado en un una especie de balancín, de mimbre, en una discoteca al aire libre. Llevaba desabotonada la pechera de la camisa y de las comisuras de labios me colgaban un par de hilillos de saliva. Sonrisa de bobo. Prestancia cero, para que vamos a andarnos con paños calientes. Delante de mí había una pequeña piscina azul iluminada por dentro. En el agua, un grupo de chicas nórdicas completamente borrachas, se bañaban completamente desnudas. Aunque mi estado no valiese ni para ejercer de mirón, al parecer, yo no me resignaba a perder detalle. No sé lo que pasó después, la verdad. Me imagino que todos esos les soltarían a las chicas cualquier catetada y, estas, les corresponderían, como se debe, con un buen corte.

Al cabo de los meses, en Madrid, uno de aquellos amigos me aseguró, que la ocurrencia de parar en aquella discoteca de la curva de la carretera general, fue idea suya, exclusivamente suya; que, no sabía por qué, pero se imaginaba que yo iba a estar allí metido. 

"¡Me encontraba fatal!" fui y me lamenté ante mi amigo, a modo de disculpa.

"¡Qué va, no te lo creas!" deseó, él, aclararme. Y para que yo dejase de compadecerme a lo tonto de mí mismo, no tuvo el menor empacho en añadir: "Estabas solo pero muy contento".

¿Lo ven? Nunca, ni siquiera cuando era un tierno pipiolo con el corazón anegado de ternura y romanticismo... al que, a las primeras de cambio, se le iba la mano con el alcohol... la malhadada soledad ha conseguido hacer verdadera mella en mi estado de ánimo. "Estaba solo pero muy contento". ¡Jodeeer!.


domingo, 10 de enero de 2016

A SOLAS CON LA SOLEDAD (Parte Iª)

(Charles Meere)

Por aquellos días yo era joven y la playa solo me gustaba cuando expiraba la tarde y la mayoría de mis congéneres se habían retirado ya a sus hoteles y sus apartamentos a cenar y ponerse guapos. Solo entonces era cuando a mí me apetecía bajar a la playa. ¿Un tipo raro? No sé. Todo paliducho, con los hombros salpicados de pecas, mal nadador, inquieto, tampoco es que yo pintara demasiado en la playa por las mañanas. Era probable, además, que pudiese tener resaca. Y hay que tener mucho cuidado con las olas cuando uno está de resaca. Y con el sol.

Sin embargo, cuando la tarde decaía, cuando la luz del sol y sus reflejos sobre el mar habían comenzado a confundirse y las cigarras en los pinos parecían ser capaces de acompasar diestramente sus cantos, yo me hacía con una toalla del lavadero, cogía tres cervezas del frigorífico, arramplaba con un radiocasette no demasiado aparatoso... que también utilizaba a veces para grabar mi propia voz... junto con un par de cintas que me apeteciese oír, y, pertrechado de tal guisa, cual entusiasta quijote contemporáneo, bajaba hasta la playa. Lo de "bajar" en modo alguno es una licencia de estilo, ya que desde el apartamento donde vivía hasta la orilla del mar casi todo el recorrido era en pendiente.

Solía escuchar un album de The Cars. Nada más dar comienzo la primera canción, Rick Ocasek te saludaba: "¡Hola. Hola de nuevo!" y a mí, aquello, no se muy bien por qué, supongo que era por el entusiasmo con el que él te lo decía, casi siempre conseguía elevarme la moral un poco. Yo no era ningún solitario, tenía montones de amigos, pero tampoco me importaba andar solo... ya lo he dicho. En la playa, me quedaba sentado en la arena escrutando el horizonte, calibrando la puesta de sol, escuchando a The Cars y bebiendo cerveza, bebiendo bastante cerveza. Y, de esa forma tan sencilla, me sentía a gusto conmigo mismo y con el resto del mundo. (continuará)




jueves, 7 de enero de 2016

"EL REINO" de Emmanuel Carrère

Todo lo anterior viene a cuento, ya lo creo que sí, para hablar de “El Reino”, el último libro de Emmanuel Carrère, el avezado escritor parisino, quien esta vez no se ha propuesto investigar los orígenes de ningún antepasado ignoto, como había hecho en “Una novela rusa”, sino, ni más ni menos, que dar con el paradero de Cristo. Así es, Carrère, en “El Reino”, persigue la ardua misión… no sólo… de localizar a Jesucristo y bosquejar a grandes rasgos la cronología de los tres últimos años de su vida, sino también exhibir toda una serie de hechos, atribuidos a aquel, de los que podría deducirse su origen divino, metahumano.

Carrère, confiesa en su obra, que, luego de haberla recobrado durante los primeros años de su madurez, volvió a perder la fe de nuevo al cabo del tiempo. Entendiendo por fe, en este caso, la creencia en la posibilidad de un Dios supremo y su transustanciación en forma humana, hace dos mil años, bajo la figura de Jesucristo. La primera parte del libro la dedica a explicar a grandes rasgos, y a través de lo que a él le fue ocurriendo, los motivos a considerar para verse afectado por tales veleidades místicas

Pero pese a admitir en repetidas ocasiones que no otro que el de la fe habrá de ser el pilar fundamental -en realidad, único- sobre el que va a poder fraguarse la creencia en Dios, el escritor francés parece querer aferrarse sin embargo, deudo de su idiosincrasia racionalista de finales del siglo veinte, a la posibilidad de demostrar esos dos acontecimientos trascendentales (la existencia de la divinidad y su ocasional corporeización en Judea, hace unos veinte siglos) a través de una serie de hechos contantes y sonantes. A tales fines, recurre a Pablo de Tarso (sus “Cartas” y los “Hechos de los Apóstoles”) y a San Lucas (su evangelio), resaltando, ante el lector, aquellos pasajes de los textos citados en los que va a caber apreciarse en la palabra y la conducta de Jesucristo, el profeta, el proclamador, una magnitud mística, unos dones, que, por trascender con creces sobre los que serían propios de la naturaleza de los hombres, solo podrían hallar justo acomodo (“justo” en el sentido de racional) en unos designios de origen divino.


Y aunque en nuestro hombre, sometidos a su propio juicio la parábola y el milagro de los que en cada caso se trate, termina siempre por imponerse el escepticismo, llegando al punto de poner en entredicho la figura misma de Jesús, el nazareno, por más que un renuncio como ese les podría haber sentado como una verdadera crucifixión a los entusiastas glosadores que le sirven de guía, no es menos cierto que en todo momento trata el asunto de Cristo, sus prodigios y sus enseñanzas, con tales dosis de cariño y sensibilidad, que, decantándose de manera contundente (que no perenne, desea aclararnos Emmanuel en una de las últimas páginas de su obra) por la total fantasía de la historia que nos cuenta, nos induce, sin embargo, a creer en ella. Así es, el agnosticismo de “El Reino” va a contribuir paradójicamente, dada la exquisita sensibilidad de Carrère a la hora de exponer los hechos que narra -al punto de preguntarnos si no estaremos, acaso, ante un ultracatólico embozado, je, je…- a que sus lectores podamos “mejorar” nuestra fe en Dios.

Lo cierto es que si Carrère no cree en Dios, sí que lo hace, sí que cree, en todas aquellos personajes como Pablo y Lucas, los primitivos cristianos, que, al margen de glosar la pretendida figura de Jesucristo, cuya existencia, ya lo hemos dicho, él va a considerar incluso cuestionable, se encargaron de propagar entre sus semejantes -a imagen, decían, de su maestro- cierto código ético que de acuerdo a las pautas sociales, políticas e incluso psicológicas imperantes por aquella época, podría ser calificado de estrafalario. El del amor incondicional al prójimo. El amor a todos los hombres.

Tal y como me pasa justo a mí cada vez que acudo a la iglesia, al templo, donde es la presencia de esa comunidad rotundamente humana, radicalmente humana, divinamente humana, si se me permite la licencia, que da vida a la feligresía de mi parroquia, la que consigue aproximarme cada vez un poco más a Dios. Son la simplicidad de los asistentes, su humildad, su serena alegría, su sincera modestia, la vía que va terminar convenciéndome, en ello estamos, de que la materialización de lo “divino”… en el día a día de los hombres… existe, y que, esta, no se trasluce ni más ni menos que en la bondad con la que estos sean capaces de desenvolverse entre ellos. 


domingo, 3 de enero de 2016

Una obligada introducción a la crítica de "EL REINO" de Emmanuel Carrere

(Pieter Saenredam)

Desde siempre me ha parecido un poco absurda -más, últimamente, que me ha dado por perder el tiempo en reflexiones que nada útil habrán de reportarme- toda esa gente que afirma creer en Dios, pero no, así, en la iglesia (católica, habrá de colegirse tratándose de este país). Por un lado, el asunto se me antoja un tanto esotérico o infantil: gente capaz de creer a pies juntillas en algo que no es materialmente constatable pero a la que, sin embargo, le resulta imposible creer en algo que tiene ahí a la vista, al alcance de la mano. Por otro, soy incapaz de sustraerme a la tentación de juzgar a todos esos “marisabidillas” como personas un tanto vanidosas, incluso soberbias si me apuran, por considerar que sus aspiraciones y modos son más fácilmente asimilables -y, por ende, equiparables- a los de la divinidad, que a los de los simples humanos -los miembros del clero- que organizan y disciplinan el culto que convendría serle rendido a aquella.

Lo que a mí me sucede es justo lo contrario, resultándome sumamente difícil, bien que me afano en doblegar las reticencias, creer en Dios, no tengo la menor dificultad en creer en la iglesia católica. ¿Cómo voy a tenerla si cada domingo voy a misa? Sí: escucho misa cada semana rodeado de una serie de personas sonrientes y afables ajenas a toda ostentación. Ni una sola marca de moda. Ni un único gesto mínimamente presuntuoso. Cero joyas. Discreción y mesura. Sólo aprecio tranquilidad y buenos modales entre toda esa serie de seres humanos que se han reunido allí a escuchar la palabra del sacerdote (que no sé si será también la palabra de Dios) y a rezar. Y, claro está, yo creo en ellos. Debo hacerlo.

(Morgan Weistling)

La palabra del sacerdote. El sacerdote -un tipo joven, con gafas, escaso de pelo- nos habla a los congregados, en cada ocasión, luego de la lectura del evangelio, de aquello que a él le parece que podría venir a cuento. Improvisa sin papeles delante, expone correctamente, entonando, sin aspavientos. A veces se equivoca, a veces… menos… se embarulla, pero acostumbra a decir cosas sensatas en un tono mesurado. Vocaliza bien. En cualquier caso, no parece un gilipollas. Y yo creo en él. Debo hacerlo. Al punto de sonarme las palabras del resto de los predicadores que pugnan por colarse en mi vida desde los medios de comunicación de masas: políticos, periodistas, caricatos… un lastimoso muestrario de imbecilidades y sofismas, al lado de las suyas.

Todo esto viene a cuento, ya que me dispongo a hablarles, en el próximo post, de “El Reino”, el último libro de Emmanuel Carrere, avezado escritor parisino, y su impecable tratamiento de la figura de Cristo y de la religión fundamentada en el canon de sus pretendidas enseñanzas. El cristianismo. Nuestra religión.