domingo, 13 de diciembre de 2015

VIII.1 Este es el primer capítulo de "EL DUEÑO DEL FUTURO"

(Maritza Lugo)

CAPITULO I. “Levísimos desajustes cognitivos"

Tal vez lo mejor sea que empiece desde el principio y les hable de la enfermedad. De sus primeros síntomas. Estos resultaron ser en extremo desconcertantes.

“Levísimos desajustes cognitivos" fueron los términos exactos -figura escrito en un papel que tengo guardado por ahí- utilizados por el neurólogo a la hora de decidirse a concretar en un diagnóstico, tras una serie de complejas pruebas fisiológicas y otras tantas psíquicas, aun más absurdas, su primer vaticinio. Unos términos, lo sé, ambiguos, pretendidamente tranquilizadores. Era un hecho que en los últimos tiempos había pasado por una serie de vicisitudes mentales que, en una primera instancia, yo había pretendido achacar a trastornos del sueño. Pero a lo mejor no se debían a esto. Y ahí, justo ahí, radicaba el quid de la cuestión.

Desde siempre, desde muy joven, había tenido dificultades para poder dormir. Sí, lo confieso, tenía -o, mejor, sería admitir "continúo teniendo”- una enfermiza propensión a ponerme a repasar con la mente, cuando me tumbo en la cama por las noches, todos los asuntos desagradables que me han ido sucediendo a lo largo del día ¡y no hay un solo día en el que no le ocurra a uno algo que hubiese deseado dejar pasar por alto! bien para ajustar cuentas con la persona que me había hecho daño, y en estos casos... si, al final, lo lograba... terminaba generalmente por conciliar el sueño, bien para rememorar, martirizándome, mis meteduras de pata o mis pérdidas de papeles, situaciones, ambas, que dificultaban categóricamente mi objetivo. Y fíjense si este asunto no representa para mí un verdadero engorro, que incluso en los días, contados, en los que todo ha ido sucediéndose a pedir de boca, mi mente, cuando me tumbo en la cama, recurre a recuperar otros episodios anteriores, la mayor parte de hace un montón de tiempo, gracias a los que poder entregarse a la comezón. Un cuadro. No sé si clínico, pero un cuadro. Ya lo ven.

En una primera instancia, la doctora que me trató me aconsejó que me bebiera una infusión de ciertas hierbas, dotadas de presuntas propiedades relajantes, antes de irme a acostar. Luego, al cabo de unos meses y sin que los trastornos de sueño hubiesen llegado a remitir, otra doctora distinta, más joven, me prescribió el uso de somníferos. Fue a partir de este momento cuando se acentuaron los problemas: pude por fin conciliar el sueño pero comenzaron a sucederme una serie de cosas extrañas una vez me encontraba dormido. No obstante, decidí continuar tomando la maldita ¿bendita? pastilla: necesitaba descansar, mi actividad durante la vigilia me lo exigía. ¡Mi estabilidad emocional, también!



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