miércoles, 2 de diciembre de 2015

Esto es lo que resta del segundo capítulo de "LA ATRACCIÓN DEL VACÍO"

(Dave Pollot)

En tales observaciones propias de la vista, y casi en igual medida de la sensibilidad, andaba momentáneamente concentrada la razón de Santiago, cuando el individuo del pelo gris que acompañaba a la mujer de blanco giró su rostro casi noventa grados a fin de recabar la atención de uno de los camareros encargados de atender a los clientes de la terraza. Pese a existir la posibilidad de que... por culpa de su insistencia... el hombre aquel quedara apercibido de su indiscreción, Santiago, remontando una vez más con las pupilas la nítida imagen que en su entorno más próximo proyectaba la figura de Silvia, permaneció atento, sin reparar en convenciones, al proceder de aquellos dos comensales que la voluntad del destino ¿la tiene? se había encargado de transportar hasta sus ojos. El perfil del rostro del tipo: enjuto, pálido, angular, cinceladas sin demasiados miramientos sus mejillas por unas profundas arrugas que contribuían a acentuar se delgadez, no le pareció a Santiago que fuese el correspondiente a un extraño. Quizás le resultó peculiar pero no desconocido. Creía haberlo visto antes. Mucho antes. En algún lugar remoto entre los centenares que guardaban, consigo, los anales de su memoria.

Los ojos entrecerrados, se entregó a hacer una vertiginosa recapitulación de recuerdos mientras con su voz iba secundando, instintivamente, casi al albur, los sucesivos comentarios de su amiga -"ya...", "vale...", "claro...", “déjalo correr...”- y cuando, por fin, aventuró una posible identificación para aquel rostro y se dispuso a corroborar la verosimilitud de sus sospechas, comprobó como su dueño había desaparecido de escena y sentada a la mesa de enfrente se hallaba, ya, tan solo la otra persona, la mujer misteriosa. Santiago volvió a observarla con fijeza, como hechizado, obnubilado por cierto matiz que exhalaban sus facciones y no correspondía en realidad ni a su aspecto ni a su tamaño aunque no prescindiera de ambos. Sí, una especie de difuso encanto que trascendía sobre su físico. Y, de improviso, distraída -e inesperadamente, diríamos- ella le sonrió. 


"Eh, muchacho, vamos, regresa en ti... ¡vuelve!" le demandó Silvia al fantaseador y este trocó en su mente aquel bello rostro estático, y estilizado, por las facciones más toscas, más cálidas, no sabía si también más humanas, de la tinerfeña. Exclamó con un ligero sobresalto: "vuelvo a repetírtelo, creo que en el fondo es inútil que les plantes cara, ahora bien, si crees que eso ...".


"¿Qué les plante cara a quienes...?".

Santiago adquirió lastimosa consciencia de haber perdido el hilo de la conversación. "Santi, mi vida, estoy diciéndote que la corvina con papas me sale fenomenal, tratando de seducirte colateralmente, como quién dice, y tú te descuelgas respondiéndome que no es bueno que les plante cara. ¿A quienes, cariño? ¿A la corvina... ?". "Discúlpame..." -trató Santiago de justificarse- "... me he hecho un lío. Sí, lo siento...". Ella intentó restarle importancia a su descortesía. "Hablo demasiado ¿verdad?. A los hombres no os gusta que las mujeres hablemos tanto". Él pretendió tranquilizarla: "no, no; todo está bien. Solo que  me ha parecido ver a un viejo conocido". "¿No será, mejor, a una conocida?" insinuó ahora, ella, volteando descaradamente su rostro para mirar a sus espaldas.


El compañero de la mujer de blanco había regresado a la mesa y en esos instantes se disponía a desplazar su silla, a un lado, antes de volver a emplearla. 


"No, Silvia. Se trata de un amigo. Discúlpame un momento, enseguida vuelvo". Sin llegar a pararse a pensar si lo que se disponía a hacer constituía, o no, una falta de tacto para con su acompañante, el abogado tensó el nudo de su corbata, dejó la servilleta hecha un buruño junto al plato... sin retirar... con las espinas del pescado y se incorporó con brusquedad de su asiento. 



3 comentarios:

  1. "¿Qué les plante cara a quienes...?" Ese que no lleva tilde.

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  2. En cambio sí la lleva ese "quiénes".

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  3. Cierto. Eulogio. Mi linotipista. Mil gracias.

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