lunes, 28 de diciembre de 2015

E LA NAVE VA (Votos en blanco)

Jesse Smith

Han pasado tres meses, exactamente noventa y dos días desde que se celebraron elecciones autonómicas en Cataluña sin que… hasta el momento… se haya formado gobierno y sin que la Cámara Legislativa de ese territorio, al margen de las componendas emprendidas de cara a posibilitar in extremis la “inmemorial gesta”, haya entrado propiamente en funcionamiento, y, en cualquier caso, el país o la región (me resulta completamente indiferente como vaya a llamársele, se trata en ambos casos de lo mismo) no ha dejado de funcionar por ello. Los mercados siguen abiertos, y los bancos, y los aeropuertos, y las farmacias, y los colegios, y los hospitales, los juzgados… Y, en igual medida, la ciudadanía ha seguido cumpliendo con sus cometidos de manera satisfactoria: los maestros de escuela, los tenderos, los albañiles, los médicos, las enfermeras, los funcionarios del INEM, los policías… Nada se ha colapsado, nada, absolutamente nada ha comenzado a marchar peor, ni siquiera una pizca, porque no haya, de momento, un presidente de la Generalitat electo y el Parlament tampoco haya dado inicio a sus sesiones ordinarias en materia legislativa.

Todo esto, mucho me temo… -concurren todos los visos, para poder pensar así sin necesidad de contar con unas orejas puntiagudas y la piel cubierta de ocelos (por cierto ¡pobre lince ibérico! que poco recorrido vital le queda a la especie)- …que va a reproducirse, a nivel estatal, tras las elecciones legislativas del pasado veinte de diciembre. ¿Y bien?

El asunto, que tiene su miga, ya lo creo, debería llevar a los políticos a reflexionar y ser conscientes de sus más que absolutas vacuidad e intrascendencia. Mirarse al espejo de frente. Verse la cara. Desplegar toda esa serie de muecas y aspavientos a los que tan proclives son, en su gran mayoría, cuando funcionan por mesnadas. Y terminar descojonándose. O llorando. O las dos cosas. Sí, justo, si fueran medianamente razonables, deberían pensar algo muy parecido a esto: “¿Visto lo visto, qué cualidades me cabe atribuirme para considerar que puedo dirimir los destinos de mis semejantes mejor de lo que ya lo hacen por sí mismos?”. Las pruebas que provocarían esas sensatas dudas, las ya expuestas, son contundentes y de imposible efugio, como diría algún elocuente letrado de allende los siglos.


Y por mucho que periodistas, opinadores, contertulios (demasiado bien llamarlos así) mejor “tertulianos” como ellos mismos se identifican, pretendan que el circo continúe adelante por razones obvias, los dos gremios se retroalimentan a la perfección, bien que no termine yo de concretar quien son en este caso los tiburones y cuales sus rémoras, para el logro de unos intereses corporativos coincidentes que saltan a la vista: vivir de cojones a base cháchara, procede, al menos por mi parte voy a hacerlo, decir basta. ¡Basta!.

¿Pero cómo pretenden que yo, que gente como yo: formada, quemada, bien pensante, diletante y escéptica le vaya a votar a uno de esos tipos, a cualquiera, me da igual, autoproclamándose, a sí mismos, los muy tunantes, adalides de la patria? ¿Cómo va a aventurarse, una señora, un caballero, medianamente ilustrados y con el coeficiente intelectual en decoroso orden, en confiarle sus cuitas a un sujeto cuya vanidad es tan desmesurada, tan fatua, que no le da vergüenza alguna postularse a sí mismo como candidato idóneo a dirigir nada más y nada menos que los destinos de todo un país? Eso es una tocada de cojones con todas las letras. Y con mayúsculas: “UNA TOCADA DE COJONES”.

¿Que no se dan cuenta? Deberíamos hacérselo notar y promover una iniciativa para que la suma de las papeletas en blanco de cada proceso electoral computase para la detracción del número de escaños de la cámara. ¿Que los votos en blanco alcanzan el 10% del escrutinio? Bien, en ese caso el número de diputados de esa legislatura se reduciría de 350 a 315. O, lo que es igual, treinta y cinco tipos menos que alimentar opíparamente con cargo al erario. A lo mejor, así, les resultaba más fácil, a las criaturitas, llegar a acuerdos. Y, tal vez, cuando el Congreso se hubiese visto reducido a la mitad de sus miembros, a los “resistentes” ¡ja,ja,ja! se les bajarían un poco los humos y se avendrían a trabajar todos unidos (más o menos) en favor del bien común y no en pro de sus intereses personales por mucho que ellos pretendan disfrazarlos, como si algunos no nos diésemos cuenta del atrezzo, como si fuésemos gilipollas, en una palabra, con la falaz camiseta de la ideología. 


3 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo. El pasado martes escribí sobre la necesidad de reformar la Ley electoral para hacerla lo más proporcional posible (a la vista, nuevamente, de los resultados de las elecciones). Y al final proponía que los escaños se repartieran en función del censo electoral, no de los votos útiles. De esta manera, no sólo los votantes en blanco estarían representados, sino también los abstencionistas. De hecho, siendo proporcionales y con este criterio, las últimas elecciones (con una participación "aceptable") se habrían traducido en 250 escaños: cien candidatos que tendrían que buscarse la vida en otros menesteres.

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  2. Estoy de acuerdo, y con Miroslav:

    http://www.lansky-al-habla.com/2015/12/la-democracia-en-espana-despues-de-las.html

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  3. Muchas gracias por vuestros enlaces. Y una puntualización: si Lansky y yo estamos de acuerdo es que uno de los dos está errado. ;-)

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