jueves, 31 de diciembre de 2015

LA GRAN CLARIDAD

(Jenny Armitage)

Este es un post sin destino; cuando arranca, este post, carece de destino. 

En una novela que tengo a medio leer, uno de los personajes, refiriéndose a un artículo que acaba de escribir para una revista de escasa tirada, le dice a cierto amigo: “el título es buenísimo, ¿no te parece? Dejará a la gente atónita, eso seguro. ¡Si no les dejas atónitos, no leerán nada, los malditos!

El artículo se llamaba “La Gran Oscuridad”.

Hoy, tras el transcurso de, exactamente, ciento ocho años; hoy, gracias a Internet, con todas las glorias y miserias del mundo expuestas alrededor nuestro y transformadas en un inmenso retablo de maravillas y estropicios, en un ingente muestrario de banalidades, en un alambicado gabinete de curiosidades, de provocaciones pueriles, de gratas sorpresas, de despedidas suicidas y confesiones adúlteras, hoy, ya digo, dejar atónitos a aquellos que van a acercarse hasta tus páginas… en la web… continúa siendo tarea harto complicada. Y lo jodido del caso… o lo divertido del caso, según se mire… es como conseguir que esos lectores que de vez en cuando, o con cierta asiduidad, se pasan por blogs como este: levemente megalomaníacos y rotundamente humanistas, tengan ocasión de leer algo que les deje atónitos. Porque si no, se largan.

Y uno, en su inmodestia, a duras penas, lleno de dudas… y sumido, cada vez que se sienta delante del teclado, en esa dispersión estilística que le es propia… aun continúa conservando la ilusión, después de algunos años, de poder depararles a todos esos entrañables capullos, los lectores de “Arquetipo’s”, ese texto maravilloso y único que, en efecto, les deje tocados, emocionalmente afectados, meditativos y satisfechos.

(Mark Bischel)

Miren… últimamente, como si fuese una de las chicas de esos telediarios ucranianos, me parece que son, que, para ganar audiencia, dicen las noticias en pelotas, les he hablado, aquí, hasta de política. ¡Que manda narices! Como si este asunto tuviese la menor cabida en el mundo que a mí me preocupa. El privado. El mundo privado de los seres humanos. Y, más concretamente, el mío. En el que voy a ser igual de feliz o infeliz al margen de quien sea o deje de ser el presidente del gobierno. Pero en el que voy a poder sentirme un verdadero maharaja, o un puto desgraciado, tal cual, según cual sean la música que escuche o los libros que me de por leer.

Y en esto va a consistir esta vez mi salida para tratar de dejarles perplejos a todos ustedes. En recomendarles que en este dos mil dieciséis que se avecina, se atrincheren en sus hogares, y pertrechados de la literatura y la música que ustedes elijan, al margen de cualquier sugerencia proveniente del sanedrín intelectual, disfruten como chanchos. Con la advertencia de que las puertas de ese pequeño walhalla solo habrán de merecer ser abiertas para: los amigos divertidos, las amigas generosas y el chico de reparto del super con las botellas de Pesquera. Y… tal vez, tal vez… incluso la suegra, los cuñados y los amigos de los hijos, no vaya a ser verdad, aunque mira que lo dudo, que, como vienen aseverando casi todos los monoteísmos de los que tengo noticia, al verdadero paraíso únicamente sea factible acceder a través de la mortificación en vida.

En cualquier caso, por si al final no nos decidimos a sacrificarnos lo suficiente, conformémonos de momento, aquí abajo, con este otro refugio, más modesto, cuyas puertas acabo de señalarles, y desentendámonos, como unos auténticos pepes, de toda la caca a presión con la que los creadores de opinión profesionales -y recalco lo de “profesionales”- van a pretender hacer que nos sintamos felices. Y, por su parte, pagar las letras del adosado.

Lo dicho, mis cuates, procuren disfrutar de la vida privada. Porque, como en su día dijo Monsieur Proust, mi maestro: “Los años pueden ser perfectamente iguales para un almanaque, pero no lo son para un hombre”.

Y este ha sido, al final, el destino de este post. Un destino -creo- más que razonable para un texto escrito un día treinta y uno de diciembre. Deshinbido y entusiasta. Ahora que… ¿ha dado tanto de sí cómo para dejarles atónitos? Pues me imagino que no. No obstante, no se me vayan. Que alguna que otra vez con otras entradas anteriores, y esto otro también tendrán que reconocérmelo, casi, casi, he estado a punto conseguirlo. En un tris.




lunes, 28 de diciembre de 2015

E LA NAVE VA (Votos en blanco)

Jesse Smith

Han pasado tres meses, exactamente noventa y dos días desde que se celebraron elecciones autonómicas en Cataluña sin que… hasta el momento… se haya formado gobierno y sin que la Cámara Legislativa de ese territorio, al margen de las componendas emprendidas de cara a posibilitar in extremis la “inmemorial gesta”, haya entrado propiamente en funcionamiento, y, en cualquier caso, el país o la región (me resulta completamente indiferente como vaya a llamársele, se trata en ambos casos de lo mismo) no ha dejado de funcionar por ello. Los mercados siguen abiertos, y los bancos, y los aeropuertos, y las farmacias, y los colegios, y los hospitales, los juzgados… Y, en igual medida, la ciudadanía ha seguido cumpliendo con sus cometidos de manera satisfactoria: los maestros de escuela, los tenderos, los albañiles, los médicos, las enfermeras, los funcionarios del INEM, los policías… Nada se ha colapsado, nada, absolutamente nada ha comenzado a marchar peor, ni siquiera una pizca, porque no haya, de momento, un presidente de la Generalitat electo y el Parlament tampoco haya dado inicio a sus sesiones ordinarias en materia legislativa.

Todo esto, mucho me temo… -concurren todos los visos, para poder pensar así sin necesidad de contar con unas orejas puntiagudas y la piel cubierta de ocelos (por cierto ¡pobre lince ibérico! que poco recorrido vital le queda a la especie)- …que va a reproducirse, a nivel estatal, tras las elecciones legislativas del pasado veinte de diciembre. ¿Y bien?

El asunto, que tiene su miga, ya lo creo, debería llevar a los políticos a reflexionar y ser conscientes de sus más que absolutas vacuidad e intrascendencia. Mirarse al espejo de frente. Verse la cara. Desplegar toda esa serie de muecas y aspavientos a los que tan proclives son, en su gran mayoría, cuando funcionan por mesnadas. Y terminar descojonándose. O llorando. O las dos cosas. Sí, justo, si fueran medianamente razonables, deberían pensar algo muy parecido a esto: “¿Visto lo visto, qué cualidades me cabe atribuirme para considerar que puedo dirimir los destinos de mis semejantes mejor de lo que ya lo hacen por sí mismos?”. Las pruebas que provocarían esas sensatas dudas, las ya expuestas, son contundentes y de imposible efugio, como diría algún elocuente letrado de allende los siglos.


Y por mucho que periodistas, opinadores, contertulios (demasiado bien llamarlos así) mejor “tertulianos” como ellos mismos se identifican, pretendan que el circo continúe adelante por razones obvias, los dos gremios se retroalimentan a la perfección, bien que no termine yo de concretar quien son en este caso los tiburones y cuales sus rémoras, para el logro de unos intereses corporativos coincidentes que saltan a la vista: vivir de cojones a base cháchara, procede, al menos por mi parte voy a hacerlo, decir basta. ¡Basta!.

¿Pero cómo pretenden que yo, que gente como yo: formada, quemada, bien pensante, diletante y escéptica le vaya a votar a uno de esos tipos, a cualquiera, me da igual, autoproclamándose, a sí mismos, los muy tunantes, adalides de la patria? ¿Cómo va a aventurarse, una señora, un caballero, medianamente ilustrados y con el coeficiente intelectual en decoroso orden, en confiarle sus cuitas a un sujeto cuya vanidad es tan desmesurada, tan fatua, que no le da vergüenza alguna postularse a sí mismo como candidato idóneo a dirigir nada más y nada menos que los destinos de todo un país? Eso es una tocada de cojones con todas las letras. Y con mayúsculas: “UNA TOCADA DE COJONES”.

¿Que no se dan cuenta? Deberíamos hacérselo notar y promover una iniciativa para que la suma de las papeletas en blanco de cada proceso electoral computase para la detracción del número de escaños de la cámara. ¿Que los votos en blanco alcanzan el 10% del escrutinio? Bien, en ese caso el número de diputados de esa legislatura se reduciría de 350 a 315. O, lo que es igual, treinta y cinco tipos menos que alimentar opíparamente con cargo al erario. A lo mejor, así, les resultaba más fácil, a las criaturitas, llegar a acuerdos. Y, tal vez, cuando el Congreso se hubiese visto reducido a la mitad de sus miembros, a los “resistentes” ¡ja,ja,ja! se les bajarían un poco los humos y se avendrían a trabajar todos unidos (más o menos) en favor del bien común y no en pro de sus intereses personales por mucho que ellos pretendan disfrazarlos, como si algunos no nos diésemos cuenta del atrezzo, como si fuésemos gilipollas, en una palabra, con la falaz camiseta de la ideología. 


domingo, 20 de diciembre de 2015

"MICROSIERVOS" Douglas Coupland

(Nicky Barkla)

El futuro ya está aquí. O, mejor dicho, ya estaba aquí desde mediados de los noventa, tan insustanciales en muchas cosas y tan decisivos en lo que atañe a otras como la política y la ciencia. Por esa época, el futuro estaba cociéndose en las afueras de Seattle y, lo mismo, en plena California, en Silicon Valley, en manos de unos cuantos chicos y chicas, llenos de inteligencia y complejos, que reverenciaban a una serie de ancianos de treinta años -por encima de todos ellos a Bill Gates- por su afán de tratar de cambiar la forma imperante de entender el mundo y adaptar esta, como es natural, a otra que les permitiera una mejor satisfacción de sus intereses. Unos intereses, a mi juicio, libres de toda sospecha: los que demanda el intelecto de los investigadores científicos pretendiendo encaramarse, siempre un peldaño por encima, en la escalera del saber.

La ciencia, innova; la filosofía únicamente es capaz de llegar a jugar con el orden de las palabras y agitar los sentimientos en la psique de sus destinatarios, manipulándolos. La filosofía ha venido siendo un arma de las élites y la ciencia la defensa del pueblo. Me explico, las palabras -que no su orden- van a ser siempre las mismas, y los sentimientos -que no las personas que los tienen- van a ser siempre los mismos. Sí, se trata de la lamentable fábula del hombre astuto -que dispone de tiempo que perder- comiéndole el terreno por todo el morro, a base de palabrería, al hombre inteligente que considera que la vida no está para malgastarse en zarandajas y al que se la sopla completamente imponerles su voluntad, siquiera de manera doctrinal y solapada, al resto de sus semejantes.

Douglas Coupland nos relata, en su historia, los avatares por los que pasan los componentes de un heterogéneo grupo de geeks (en el que ¡oh! también hay chicas) a partir del momento en que estos deciden abandonar el ala protectora de mamá gallina clueca Gates y embarcarse en un proyecto para el desarrollo de un juego de ordenador cuyo objeto es la construcción de un mundo virtual a base de combinar poliedros. Y esto lo hace adelantándose a su tiempo (como una especie de Julio Verne del software) no solo en lo que alude al aspecto argumental de la obra, sino también en cuanto a su estilo y… lo que resulta aun más chocante, lo verdaderamente chocante en este ámbito de influencia desde el que aquí venimos abordándola… en el lenguaje. El tío, en 1994, va a conseguir enterarse, y no me pregunten el truco porque no lo sé, como van a hablar los jóvenes en el futuro, al cabo de veinte años. 

(Pierre Adrien Sollier)

En efecto, esta novela, es, desde cualquier punto de vista que la consideremos, un libro adelantado a su tiempo. Tal y como ya hemos dicho: su temática, su desarrollo, su lenguaje… así lo evidencian. Pero ¡mucho ojo! no podemos olvidarnos de su planteamiento. Ya que su tesis no es otra que la de trasmitir que ese mundo idílico soñado por las ideologías políticas, por todas ellas, ya se halla aquí entre nosotros, la mayoría de los habitantes de la mayoría de los países de la tierra, para nuestra completa satisfacción. Sí, ese Edén mesiánico proclamado por todos los movimientos políticos, sociales y religiosos ha llegado ya con todas sus limitaciones y defectos, con todos sus numerosos pros y mínimas contras, y todos nosotros estamos disfrutándolo, ya, gracias al desarrollo de la ciencia informática.

Y si todo esto era posible postularse, como lo atestigua el caso de Coupland, a mediados de los noventa ¡imagínense ahora, dos décadas después, una vez que el fabuloso (hablamos de un prodigio propio de fábulas) sistema de conocimiento y de gestión del tiempo que prodigan Internet y las herramientas de software, se ha ido perfeccionando un día tras otro y ha podido llegar a un segmento mucho mayor de la población mundial!

De ahí la mucha popularidad, y el enorme prestigio, que la novela tiene dentro del mundo de los programadores y de los creadores virtuales, y la oportunidad de que yo me atreva a recomendársela a todos los lectores de este blog, fervientemente, encarecidamente. Se trata de un libro visionario, optimista, lúdico, muy inteligente, que, estimo, que… con el paso del tiempo… logrará alcanzar los ribetes de obra clásica. Porque indudablemente lo es. Reúne, tal y como hemos venido refiriendo, virtudes, más que suficientes, para hacerse acreedora a tal distinción.




miércoles, 16 de diciembre de 2015

VIII.4 El segundo capítulo de "EL DUEÑO DEL FUTURO" toca a su fin


Venga, les facilito a ustedes nuevos factores de los que algunos podrían estar sirviéndose para llegar a atribuirme esa presunta rareza. Pese a que acabo de cumplir los cuarenta y ocho años, permanezco aun soltero... y sin compromiso... Ya que si bien frecuento la compañía de cierta mujer, esta no es otra que mi santa madre. Una señora viuda, muy simpática, que hace lo que puede por comprenderme sin llegar a conseguirlo del todo. Parejas he tenido pocas. Estables, casi ninguna. No creo en la mujer ideal. Todas pueden llegar a serlo en un momento dado y dejar de serlo... justo al minuto siguiente. ¿Inconstante? ¿Veleidoso? ¿Egoísta? No, lo lamento; no me vayan a obligar a decirles lo que pienso porque no van a ganar nada a cambio. ¿Inmaduro? ¿Inconsistente?. ¿Sii...? ¡Venga, ustedes lo han querido! Sincero. Solamente sincero. Trágicamente sincero. 

Así soy, ya lo ven. Un cuarentón con algunas entradas, medio rubiajo, fornido, bastante aparente, que apenas cree ya en nada y se exaspera con cierta facilidad. Un bon vivant que detesta como un niño: los cuatro por cuatro, la música gospel y a los comentaristas deportivos. Alguien que no ha pisado jamás en su vida un gimnasio ni le ha dado un mísero sorbito a un calimocho. Un tipo, un pobre diablo, que empieza a sentirse harto de todo. 

Harto. Inconmensurablemente harto. De diez años a esta parte, el nivel de calidad de los restaurantes semeja a un vertiginoso descenso sin frenos por una carreterucha endemoniada y tampoco abundan ya hoy, de cinco años a esta parte, las invitaciones y los pequeños presentes, que puedan permitirle al abnegado catador hacer un poco más agradables las experiencias culinarias vividas y menos amargo el trámite de glosarlas al alza... en algunos casos de manera inmoderada y, en otros, incluso desaforada... en las posteriores crónicas que su oficio le impone tener que afrontar. El mundillo este, de los vinos y los quesos, tan particular, tan nuestro, propio de solterones desencantados, de gordos rufianescos, ha ido masificándose a pasos forzados. Todo el mundo habla hoy en día de gastronomía, pero pocos hay que sean capaces de imaginarse la procedencia de un vino con solo echarle una olisqueadita. Menos, de distinguir el sabor de un râble de liebre de otro de conejo.


Un día tras otro han ido claudicando los gordos hidropésicos de acerada conversación, y mejor saque, e incorporándose a las mesas de los comedores señoritas empingorotadas de bastante buen pasar que si bien disponen de las aptitudes estéticas necesarias para pronunciarse sobre el interiorismo del local e identificar el tono de azul predominante en los lavabos, son manifiestamente incapaces de ponderar, como se debe, los sabores de los alimentos. Sí, como lo oyen, también se me acusa, a veces, de ser un poquito misógeno.

Las anteriores son circunstancias que han ido minándome la moral poco a poco. Y si a esto añadimos que, en paralelo, la pasta del periódico ha ido, en igual medida, disminuyendo de manera un algo menos mesurada, podrán ustedes hacerse cargo de mi estado. En las postrimerías del dos mil catorce, no hay ya ni estadías de una semana en París para darle el visto bueno a las nuevas creaciones culinarias de un viejo discípulo de Bocusse que ha abierto restaurante junto a Compiègne, ni corresponsalías estivales en Bayreuth para escuchar el Parsifal bajo la batuta del gran James Levine, y poder contarles, luego, a un nutrido grupo de buenos aficionados a la música, lo que me ha parecido el concierto. Como mucho abundan ahora los pases gratuitos para asistir a la presentación, en un pabellón de deportes perdido, allende la meseta, del nuevo disco de romanzas que acaba de sacar una o uno de los chicos de “Operación Triunfo”. O, en el mejor de los casos, la invitación para la cata de un cava de unas bodegas nuevas, por la parte de Burgos, que acaba de adquirir a golpe de talonario un representante de futbolistas.

Estoy, como vulgarmente se dice, fuera de juego. En off-side.



martes, 15 de diciembre de 2015

VIII.3 El segundo capítulo de "EL DUEÑO DEL FUTURO" continúa así de atorrante

(Herb Caen)

Pero, como les digo, no es el caso, ni muero por unos ni por otros. Lo que de verdad cuenta con todas mis simpatías, y reconocimientos, son las ideas, las obras... e incluso quienes son sus responsables... de otros personajes bastante más desconocidos que, con el paso del tiempo, he ido descubriendo, examinando, valorando, disfrutando a mi aire. Mis prescriptores no han sido casi nunca otros periodistas, reputados colegas de la profesión, sino, más bien, personas anónimas de espíritu inquieto. Mujeres y hombres poco menos que imposibles de adocenar. Heterodoxos. Bichos raros. Golosos sibaritas con los que... ahora, gracias a internet, resulta bastante sencillo poder entrar en contacto. En resumen, que entre Estopa y Love of Lesbian me quedo con Los Valendas.

Entonces cabría que ustedes se preguntaran que narices pinto yo trabajando para la prensa. Les respondo. A día de hoy, perdónenme que se lo diga, algo parecido a tocar las pelotas. Lo cierto es que mis jefes, los de arriba del todo, no saben donde colocarme para tenerme conforme y sin estorbar en demasía. Son conscientes, tienen pruebas de peso, de que puedo liarla en cualquier momento. Porque sí, justo, es algo que parece triste, y triste es, pero formo parte integrante de la redacción de un periódico. Soy una especie de nota disonante, hasta de excrecencia me atrevería a calificar, en un periódico de gran tirada ¿existen hoy en día? de sobra conocido por casi todo el mundo. En realidad no debería estar tan quejoso, porque donde se centran mis esfuerzos -desde hace un montón de años, por cierto- es en cosas importantísimas, básicas, las más esenciales entre todas... a mi juicio. Asuntos trascendentales a los que casi nadie, entre mis compañeros, parece conceder, sin embargo, demasiado mérito. Se prefieren en el ambiente de los medios, es cosa sabida, la política y los cotilleos. Las dos caras de una misma moneda. Gentes. Res communes omnium. Y el fútbol que ya es que es la polla. ¡El sacrosanto fútbol!


Veamos... tampoco viene demasiado a cuento tanto misterio, la verdad... desde tiempo inmemorial, no me digan que no soy exagerado, este que les habla, ha venido ocupándose, dentro de la redacción de "El Futuro", de dos asuntos tan dispares... y a la vez tan sutilmente complementarios... como la crítica gastronómica y la música clásica. Y el caso estriba en que a no mucho tardar, me temo, voy a dejar de hacerlo. Y no sin mi consentimiento, por cierto. En cuanto a lo primero -podrán imaginárselo a partir de lo dicho por mí mismo unas líneas atrás, al empezar este capítulo- lo cierto es que no me apetece continuar adelante con el fregado de las comidas, al hallarme en franco desacuerdo... por no decir, frontal enfrentamiento... con lo que hoy en día, en la actualidad, viene a considerarse comer "bien". Y en cuanto a lo segundo, porque en los tiempos que corren la música clásica a la gente le da igual. Vamos, que pasan de ella. Y si bien la ópera sí que parece disfrutar todavía de cierto predicamento entre determinado núcleo de personas, básicamente como distintivo social, a mí, cada vez, lo del “bel canto” me interesa un poco menos. Será que me estoy haciendo mayor (continuará).


lunes, 14 de diciembre de 2015

VIII.2 El segundo capítulo de "EL DUEÑO DEL FUTURO" tiene este comienzo


CAPITULO II . "Un tipo extraño"

Bueno, les comentaba -o quizás no lo haya hecho todavía, no les sabría decir- les iba a comentar, repito, que, en líneas generales, a mí los demás han venido considerándome un tipo raro. A lo mejor desde siempre no, pero sí, seguro, a partir de la época de la universidad.

Pienso que se equivocan. Yo creo que, de crío, sí que podría ser algo rarito, enfermizo y tal, pero como era un niño no se atrevían a decirlo, o... si lo decían... yo no me daba cuenta. Luego, de muchacho, muy al contrario de lo que algunos pudiesen opinar sobre mí, dejé de serlo. ¿Y... hoy... hoy en día...? La pregunta se hace inevitable. ¿Ahora mismo merecería el calificativo este, tan comprometedor, de ser un tipo raro? Pienso que no. Aunque soy alguien, sí, bastante poco parecido al común de sus semejantes. Esto también lo tengo que reconocer.

¿Soy verde? ¿Tengo cuernos? No, no soy verde, nunca me he puesto verde... que yo sepa; ni aun cuando, por razones estrictamente forenses, he tenido que meter la cuchara o pinchar el tenedor en un plato muy malo, tal y como ocurre con cada vez mayor frecuencia, la coloración de mi tez ha desbarrado hasta llegar a unos extremos como esos. Y... los cuernos... bueno... pues siento desengañarlos... no los tengo; menos todavía a día de hoy, en el que carezco de pareja. Sólo que... poseo mi propia personalidad y esa personalidad ni es coincidente con la de la mayoría silenciosa ni ¡ay! -y bien podría ser este el aspecto de mi idiosincrasia en el que probablemente vayan a fundamentar su parecer los que me califican de ser un poco extraño- con la de la minoría jactanciosa.


Es notorio que los gustos y los pareceres de las minorías selectas, las llamadas elites -y la "intelectual" acaso sería, entre todas ellas, la más significativa- vienen también imbuidos, sugeridos e, incluso, prescritos por el sistema y que aquellos que no se sienten parte de la masa y ambicionan formar parte del establishment que controla a esta, se adhieren -en parte por motivos de conveniencia pero quizás con mayor probabilidad por verdadera convicción- a las tendencias sugeridas por quienes son sus portavoces. Se sienten satisfechos de su decisión porque saben que eso... que ellos aprecian... es mejor que lo de los otros. Hasta ahí bien; luego, mal. Una vez han encontrado acomodo justo donde conviene, pierden todo interés en encontrar nuevas alternativas capaces de reportarles una satisfacción aun mayor. Esto ha sido así siempre y va seguir siéndolo, la revolución por su misma esencia, por el poso que el transcurso del tiempo va sedimentando en el espíritu de los revolucionarios, termina invariablemente convertida en involución. ¡Imagínense, ahora mismo, en que las revoluciones son verdaderamente matizadas!

Uno, modesta y orgullosamente, ha ido por libre, siempre por libre, y ni le han convencido las aclamaciones de la mayoría ni, tampoco, las adhesiones más ingenuas, más fundamentadas, y más egoístas, todo hay que decirlo, de las élites. Tal vez, y puede que esto lo diga ahora para que algunos se fastidien, siquiera una pizca, en un caso aciago de disyuntiva fatal -elige esto o lo otro o mataremos a un gatito- vaya a inclinarme por la primera opción. Más a favor, definitivamente, de Estopa que de los Love of Lesbian (continuará...)




domingo, 13 de diciembre de 2015

VIII.1 Este es el primer capítulo de "EL DUEÑO DEL FUTURO"

(Maritza Lugo)

CAPITULO I. “Levísimos desajustes cognitivos"

Tal vez lo mejor sea que empiece desde el principio y les hable de la enfermedad. De sus primeros síntomas. Estos resultaron ser en extremo desconcertantes.

“Levísimos desajustes cognitivos" fueron los términos exactos -figura escrito en un papel que tengo guardado por ahí- utilizados por el neurólogo a la hora de decidirse a concretar en un diagnóstico, tras una serie de complejas pruebas fisiológicas y otras tantas psíquicas, aun más absurdas, su primer vaticinio. Unos términos, lo sé, ambiguos, pretendidamente tranquilizadores. Era un hecho que en los últimos tiempos había pasado por una serie de vicisitudes mentales que, en una primera instancia, yo había pretendido achacar a trastornos del sueño. Pero a lo mejor no se debían a esto. Y ahí, justo ahí, radicaba el quid de la cuestión.

Desde siempre, desde muy joven, había tenido dificultades para poder dormir. Sí, lo confieso, tenía -o, mejor, sería admitir "continúo teniendo”- una enfermiza propensión a ponerme a repasar con la mente, cuando me tumbo en la cama por las noches, todos los asuntos desagradables que me han ido sucediendo a lo largo del día ¡y no hay un solo día en el que no le ocurra a uno algo que hubiese deseado dejar pasar por alto! bien para ajustar cuentas con la persona que me había hecho daño, y en estos casos... si, al final, lo lograba... terminaba generalmente por conciliar el sueño, bien para rememorar, martirizándome, mis meteduras de pata o mis pérdidas de papeles, situaciones, ambas, que dificultaban categóricamente mi objetivo. Y fíjense si este asunto no representa para mí un verdadero engorro, que incluso en los días, contados, en los que todo ha ido sucediéndose a pedir de boca, mi mente, cuando me tumbo en la cama, recurre a recuperar otros episodios anteriores, la mayor parte de hace un montón de tiempo, gracias a los que poder entregarse a la comezón. Un cuadro. No sé si clínico, pero un cuadro. Ya lo ven.

En una primera instancia, la doctora que me trató me aconsejó que me bebiera una infusión de ciertas hierbas, dotadas de presuntas propiedades relajantes, antes de irme a acostar. Luego, al cabo de unos meses y sin que los trastornos de sueño hubiesen llegado a remitir, otra doctora distinta, más joven, me prescribió el uso de somníferos. Fue a partir de este momento cuando se acentuaron los problemas: pude por fin conciliar el sueño pero comenzaron a sucederme una serie de cosas extrañas una vez me encontraba dormido. No obstante, decidí continuar tomando la maldita ¿bendita? pastilla: necesitaba descansar, mi actividad durante la vigilia me lo exigía. ¡Mi estabilidad emocional, también!



miércoles, 2 de diciembre de 2015

Esto es lo que resta del segundo capítulo de "LA ATRACCIÓN DEL VACÍO"

(Dave Pollot)

En tales observaciones propias de la vista, y casi en igual medida de la sensibilidad, andaba momentáneamente concentrada la razón de Santiago, cuando el individuo del pelo gris que acompañaba a la mujer de blanco giró su rostro casi noventa grados a fin de recabar la atención de uno de los camareros encargados de atender a los clientes de la terraza. Pese a existir la posibilidad de que... por culpa de su insistencia... el hombre aquel quedara apercibido de su indiscreción, Santiago, remontando una vez más con las pupilas la nítida imagen que en su entorno más próximo proyectaba la figura de Silvia, permaneció atento, sin reparar en convenciones, al proceder de aquellos dos comensales que la voluntad del destino ¿la tiene? se había encargado de transportar hasta sus ojos. El perfil del rostro del tipo: enjuto, pálido, angular, cinceladas sin demasiados miramientos sus mejillas por unas profundas arrugas que contribuían a acentuar se delgadez, no le pareció a Santiago que fuese el correspondiente a un extraño. Quizás le resultó peculiar pero no desconocido. Creía haberlo visto antes. Mucho antes. En algún lugar remoto entre los centenares que guardaban, consigo, los anales de su memoria.

Los ojos entrecerrados, se entregó a hacer una vertiginosa recapitulación de recuerdos mientras con su voz iba secundando, instintivamente, casi al albur, los sucesivos comentarios de su amiga -"ya...", "vale...", "claro...", “déjalo correr...”- y cuando, por fin, aventuró una posible identificación para aquel rostro y se dispuso a corroborar la verosimilitud de sus sospechas, comprobó como su dueño había desaparecido de escena y sentada a la mesa de enfrente se hallaba, ya, tan solo la otra persona, la mujer misteriosa. Santiago volvió a observarla con fijeza, como hechizado, obnubilado por cierto matiz que exhalaban sus facciones y no correspondía en realidad ni a su aspecto ni a su tamaño aunque no prescindiera de ambos. Sí, una especie de difuso encanto que trascendía sobre su físico. Y, de improviso, distraída -e inesperadamente, diríamos- ella le sonrió. 


"Eh, muchacho, vamos, regresa en ti... ¡vuelve!" le demandó Silvia al fantaseador y este trocó en su mente aquel bello rostro estático, y estilizado, por las facciones más toscas, más cálidas, no sabía si también más humanas, de la tinerfeña. Exclamó con un ligero sobresalto: "vuelvo a repetírtelo, creo que en el fondo es inútil que les plantes cara, ahora bien, si crees que eso ...".


"¿Qué les plante cara a quienes...?".

Santiago adquirió lastimosa consciencia de haber perdido el hilo de la conversación. "Santi, mi vida, estoy diciéndote que la corvina con papas me sale fenomenal, tratando de seducirte colateralmente, como quién dice, y tú te descuelgas respondiéndome que no es bueno que les plante cara. ¿A quienes, cariño? ¿A la corvina... ?". "Discúlpame..." -trató Santiago de justificarse- "... me he hecho un lío. Sí, lo siento...". Ella intentó restarle importancia a su descortesía. "Hablo demasiado ¿verdad?. A los hombres no os gusta que las mujeres hablemos tanto". Él pretendió tranquilizarla: "no, no; todo está bien. Solo que  me ha parecido ver a un viejo conocido". "¿No será, mejor, a una conocida?" insinuó ahora, ella, volteando descaradamente su rostro para mirar a sus espaldas.


El compañero de la mujer de blanco había regresado a la mesa y en esos instantes se disponía a desplazar su silla, a un lado, antes de volver a emplearla. 


"No, Silvia. Se trata de un amigo. Discúlpame un momento, enseguida vuelvo". Sin llegar a pararse a pensar si lo que se disponía a hacer constituía, o no, una falta de tacto para con su acompañante, el abogado tensó el nudo de su corbata, dejó la servilleta hecha un buruño junto al plato... sin retirar... con las espinas del pescado y se incorporó con brusquedad de su asiento.