lunes, 23 de noviembre de 2015

VII.4 Así concluye el primer capítulo de "LA ATRACCIÓN DEL VACÍO"


“... no sé... el fútbol, los amigos, los coches, a lo mejor las chicas...” le respondió el muchacho. “Las tías son verdaderamente idiotas; unas creídas...” opinó ahora Eduardo de las mujeres jóvenes. Santiago guardó silencio.

“... oye, tu hermana ¿cómo se llama?” deseó enterarse a continuación el aventajado misógino. “Paloma” le respondió Santiago. “¿Dónde está Paloma?” dijo Eduardo y sonrió, acordándose de Wally. “Ha bajado a la playa hace un rato”. “Lo ves...” -deseó el mayor que al más joven el asunto le quedara meridianamente claro- “...las playas son cosa de ellas, de las tías, a ellas sí que les gusta la playa, a las muy capullas les chifla ¡Son tan presumidas!”. Y como Santiago, a su hermana, la había venido considerando desde siempre, casi desde el momento mismo que adquiriera uso de razón, una presumida insoportable a la que le encantaba hacerle de rabiar, no le pareció mal seguirle la corriente a su vecino. “Sí, es verdad, son unas presumidas inaguantables”. Este se rió entre dientes, de buena gana; le dijo a Santiago: “... además, tu hermana no está ni mucho menos tan buena como ella se cree”. Frente a este dictamen, el chaval volvió a patentizar su aquiescencia, últimamente estaba hasta las narices de que Paloma se dedicara a llamarlo todo el rato "mi pequeño mon cheri" delante de su camarilla de amigas. “¡Mi hermana es tonta!” no pudo evitar, explotar, ante la provocación del peculiar personaje. 

Akiko White

"Mira... ¿ves lo que hay ahí dentro?". Eduardo le indicó a Santiago con el rostro, torciendo el cuello, que mirara hacia el fondo del cubo azul. "¿No ves lo que hay?". Al chico le pareció que aquello era una lata de pintura, sin tapa, con algo oscuro en su interior. "Mete la mano en el bote ¿a qué no hay cojones?" oyó como el otro lo retaba. Santiago obedeció y sintió adherírsele a las yemas de los dedos una especie de pasta viscosa y fría. Prefirió no decir nada.

"Son lombrices. Para pescar. ¿Tú has ido de pesca alguna vez, madriles? ¿A qué no?". Santiago permaneció unos instantes pensativo y, aunque le daba corte decir la verdad, terminó reconociendo: “no, no he ido nunca”. “Un día de estos te vas a venir a pescar conmigo. Si te dejan tus padres, claro. A mí me gusta pescar de noche, enmedio de la oscuridad, sin que nadie me moleste y con el hombre lobo por ahí, rondando alrededor mío. A los peces les da igual que sea de noche, apenas ven, pero cuando intuyen a su lado la presencia del cebo, no pueden resistirse y se abalanzan a devorarlo ¡son terribles!. Tú no has oído nunca decir eso de que el pez grande se come al chico...”. Aquellas sentenciosas palabras del joven le asustaron un poco a Santiago -al que ni por asomo se le habría ocurrido pensar que los hombres lobos pudieran rondar por los sitios de costa o que los peces estuviesen medio ciegos- pero tampoco le vino a los labios nada en esta otra ocasión. El otro insistió en su propuesta: “... bueno, si tus viejos se ponen cabezotas ya nos las ingeniaremos nosotros para que te puedas escapar ¿no te has fijado en las celosías de los lavaderos? agarrándote a ellas no tendría por qué resultarte demasiado difícil colarte en la terraza de mi apartamento”. Las alarmas volvieron a dispararse en el corazón del chaval y su cara se puso ligeramente roja. “No creo que pueda hacerlo”. “Bueno, no te preocupes, todavía eres un crío, ya me ocuparé más adelante de que aprendas...”.

En esos términos tan peculiares -en su conversación, el mayor de los muchachos había ido saltando como si nada de un tema a otro, conforme a él le iba pareciendo, aunque aquellos no guardaran demasiada relación entre sí, adoptando, mientras lo hacía, unos aires de autosuficiencia y dominio capaces de hacer mella en la inocente sensibilidad de Santiago, y este, o al menos su subconsciente, no acababa de asimilar del todo, aunque también podría ser que en aquellos momentos el detalle se le escapase, que un tío con aquellas gafotas, y aquellas camisas, fuera capaz de desenvolverse con tamaña desenvoltura- se fraguó el inicio de una amistad intermitente que se prolongó, luego, a lo largo de varios veraneos.




3 comentarios:

  1. Vale, aquí va un comienzo mío, en tu blog mejor que en el mío, con permiso:

    No podía ver la calle ni gran parte de la urbanización. Estábamos rodeados de bloques de edificios teñidos por la suciedad en cuyas ventanas se asomaban las figura de hombres y mujeres, con pelo de recién levantados y tazas en la mano, que desayunaban y nos miraban con interés. El espacio Entre los edificios se abrió hace tiempo. Descendía como un campo de golf… una caricatura infantil de la geografía. Quizás habían pensado plantar algunos árboles y poner un estanque. Había un bosquecillo, pero los árboles jóvenes estaban muertos.

    —Inspector.

    Saludé con la cabeza a quienquiera que fuera esa persona. Alguien me ofreció un café, pero lo rechacé con un movimiento de cabeza y me fijé en la mujer que había venidoa ver

    […]


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  2. Amanecía. No se distinguían bien las calles de la urbanización. Los bloques de edificios nos rodeaban. Se hallaban sucios. En algunas terrazas había hombres y mujeres, con los cabellos revueltos, tomando el desayuno. Los había, entre ellos, que parecían observarnos con cierto interés. Entre dos hileras de estos bloques se abría una brecha en el terreno. Podía semejar una calle de un campo de golf. Algo tosco, como si fuese el mapa de un país incierto dibujado un niño. Unos árboles, recién plantados, no arrancaban a crecer. Había una excavadora junto a algunos montones de tierra removida.

    -Inspector

    Me di la vuelta. Aunque no conocía a mi proclamador, lo saludé de todas formas. Surgió una mano del cielo, formada con humo, que me ofreció una taza de café. Rechacé su propuesta. Acababa de identificar en una de las terrazas a la mujer que había venido a ver. ;-)

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  3. Ja, y un cuerno. No hay cosa más fácil que remedar a alguien, ya lo hizo Avellaneda con Cervantes y ahora Trapiello con el mismo. La cosa sigue así (Te relleno esto:[…]):

    El césped estaba lleno de maleza, atravesado por caminos que el paso de la gente había abierto entre la basura, surcado por las huellas de neumáticos. Había policías ocupados en distintas tareas. Yo no había sido el primer detective en llegar: vi a Bardo Naustin y a otros dos más, pero yo era el más veterano. Seguí al sargento hasta donde se concentraban la mayor parte de mis colegas, entre una torre en ruinas de poca altura y una pista de skate circundada por enormes cubos de basura con forma de tambor. Más allá se podían escuchar los ruidos provenientes de los muelles del puerto. Había un grupo de chavales sentados encima de un muro, frente a los policías que permanecían de pie. Las gaviotas volaban en círculos sobre el lugar de reunión.

    —Inspector.

    Saludé con la cabeza a quienquiera que fuera esa persona. Alguien me ofreció un café, pero lo rechacé con un movimiento de cabeza y me fijé en la mujer que había venidoa ver

    Estaba tendida sobre las rampas de la pista de skate. No hay quietud como la quietud de los muertos: el viento puede agitar sus cabellos, como agita ahora los de ella, pero no reaccionan de la misma manera. El cuerpo de la mujer estaba en una postura imposible, con las piernas torcidas como si estuviera a punto de levantarse y los brazos doblados en una extraña curva. Tenía la cara contra el suelo.

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