viernes, 20 de noviembre de 2015

VII.3 Más "ATRACCIÓN DEL VACÍO" (para Babybabe)

Vincent Van Gogh

Santiago había conocido a Eduardo en su adolescencia. Durante algunos veranos, por agosto, su familia alquiló un pequeño apartamento junto a la playa de Santoña, en Cantabria, y Eduardo resultó ser el hijo único del matrimonio que ocupaba la otra vivienda existente en la tercera planta del bloque. Al principio, las primeras veces que se vieron... en el portal, esperando al ascensor, o en el supermercado al final de la cuesta... a Santiago su vecino le pareció un tipo raro: en lugar de las camisetas estampadas con nombres y dibujos de cosas fardonas que acostumbraban a lucir los tíos mayores de su colegio, Eduardo iba vestido siempre con unas camisas de manga corta, blandurrias y sedosas, llenas de dibujitos de flagelos, estribos y cosas parecidas; unas camisas típicas de padre. En lugar de tener el pelo muy largo, o casi al rape, como entonces resultaba común entre los adolescentes, él lo llevaba pulcramente recortado y peinado a raya con la precisión de un lechuguino. En lugar de lentillas o, al menos, unas gafas de alambre que en la medida de lo posible intentaran pasar desapercibidas, Eduardo lucía unas gafotas de concha completamente desfasadas. Además el tipo había comenzado a dejarse crecer la pelusa del bigote cuando a nadie, entre los jóvenes, parecía darle por ahí a aquellas alturas de la película.


Terminaron por fin coincidiendo, una tarde, dentro de uno de los dos ascensores con los que contaba el inmueble. Santiago llevaba consigo una bolsa del supermercado con pan y fruta y Eduardo un cubo de limpieza, de plástico azul, bastante sucio, valga la paradoja. Mientras ascendían, el más veterano, entendiéndolo tal vez como un imponderable propio de la diferencia de edad que mediaba entre ellos, estaba a punto de cumplir dieciocho años, se decidió a dirigir por primera vez la palabra a su tierno vecino. Eligió preguntarle, para romper el hielo, si le gustaba la playa y le volvió a preguntar, a continuación, por qué creía que le gustaba la playa. A Santiago le resultó imposible no embarullarse un poco y en sus respuestas hizo elogio de las olas, cuando eran bien grandes, y reconoció lo divertido que resultaba bañarse, bucear, nadar y coger olas. El otro esbozó una sonrisa orgullosa de autosuficiencia y le aseguró al chaval que la playa era un rollo, que todo era un rollo y que lo único verdaderamente importante en la vida era la astronomía, saberlo todo acerca de las estrellas. Santiago le contestó que había otras cosas que tampoco estaban mal y Eduardo le pidió que se las dijese. El ascensor se había detenido y ellos estaban a punto de salir al descansillo de su piso.




3 comentarios:

  1. De verás que no puedo terminar de creerme que toda esta ristra de comienzos supongan novelas completas y terminadas. Vamos, ni Galdós, ni Balzac

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  2. Lo juro. Y soy un hombre de palabra. Observa, que aunque yo fuese Galdos o Blazac ¡Ja, Ja Ja! los editores que, en principio, han tendido oportunidad de acceder a algunas de esas novelas (o, mejor, los becarios o, incluso, los cubos de la papelera de las correspondientes editoriales) no son Gallimard ni nada que se le parezca. Esta tarde, pondré el texto con el que se cierra el I capítulo de "La Atracción del Vacío".

    Por otra parte, reconocer que esos desahogados editores a lo mejor han hecho lo que debían. Ayer, sin ir más lejos, este blog, en el que he venido publicando esos inicios de novelas inéditas, tuvo un cero "0 patatero" de visitas a lo largo de las veinticuatro horas del día.

    Lo dicho, que he optado por terminar escribiendo para mí mismo (y para mi mujer) porque si no, la frustración podría llegar a ser tremenda. Menos mal que ella está aun más tremenda que la frustración, que yo guiso de puta madre y que existen Marcel Proust y Elvis Costello ;-) ;-) ;-)

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  3. Muchísimas gracias Julián...me halaga mucho tu dedicatoria, jooooo, mil gracias. Me está matando esto de los fascículos, yo soy un poco obsesiva cuando empiezo a leerme algo y me gusta leerlo del tirón pero... I respect you.
    Se escribe para uno mismo y si de paso a alguien le interesa pues bienvenido. Ya sabes qué opino del mundo editorial, y como ya te dije, siempre te queda la autoedición.
    Un abrazo grande y mil mil gracias.

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