martes, 10 de noviembre de 2015

IV.2 "LA MÁQUINA DE DIOS" continúa así

(Quint Buchholz)

Me encuentro recostado contra el tronco, rugoso, áspero, de un olivo para intentar protegerme ‑bajo la destartalada sombra que nace, exprimida, de las tortuosas ramas que sostienen estos árboles lechuza‑ de los rayos ardientes, llenos de rabia, que me lanza un sol rabioso; muy capaz de abrasar, a estas primeras horas de una tarde de agosto, los cantos rodados del Peloponeso. Inhalo el aire encrespado por el güirrúgüirrú de las cigarras, y la sequedad del tomillo, y dejo que una libélula me engatuse, junto al litoral del mar Jónico, con una bella historia de silicio y sal.

"Hace ya muchos, muchísimos años, recorría estos campos una linda muchacha a la que enamoraban las puestas de sol y las caracolas marinas. La joven vivía con su padre y con un perrillo blanco, al que llamaba Smalos, en una casa de piedra levantada en la ladera de uno de esos montes que tienes ahí enfrente. Pese a que ella se había criado aquí, nadie había visto nunca a su madre. Nacida del mar, decían las gentes que entonces habitaban estas tierras cuando se referían a la joven; y, aunque pensaban que era la más bonita entre las púberes ‑hablaban y no paraban de su belleza‑ y sabían que era dulce y buena ‑como un melón de Mantineia, a decir del viejo Euthímos‑ con todos los que trataba, intentaban eludir su compañía...

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