domingo, 8 de noviembre de 2015

III.2 "EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ" continúa así

(Slinkachu)

El río. En una primera instancia… lo que más me llamó la atención de Sevilla, fue su río. La tarde de mi primera escapada, la del día siguiente al de nuestra aparición por la ciudad, no despegué casi ni un momento la vista de su cauce. Recuerdo haberlo atravesado por un puente de hierro, echar a caminar por la orilla opuesta y volverlo a atravesar luego... por otro puente distinto... para emprender el regreso al céntrico barrio donde se hallaba enclavado el hotel. Desde ese instante, el Guadalquivir pareció ejercer sobre mí, una especie de hechizo, de fuerte atracción. Sus aguas... un poco sombrías... turbias, por el contraste de los brillos del sol, espejaban su superficie con matices de plata, de manera que, a esas alturas de la tarde, no resultaba difícil imaginártelas provistas de solidez, al punto de poderte permitir, y recompensar de esta forma tu osadía, cruzarlas como un apóstol patinador, al bies, y sin llegar a salpicarte el cuerpo con una sola de sus gotas.

La sensualidad. Luego, a partir de las nueve más o menos, cuando, ya acompañado por ellos, salía con mis padres a ver las procesiones y picar algo, me dedicaba a observar a las chicas de mi edad con las que constantemente íbamos cruzándonos por todas partes. Las veía granadas, expertas, perfectamente conscientes de su atractivo, como si se tratase de unas mujeronas de dieciséis que ya lo conocen todo acerca de la seducción y la vida. Al cabo de varios de estos paseos, llegué a preguntarme si no me estaría enamorando. Cuando... la verdad... no me cabía a mí tener la certeza de saber si lo que me pasaba tenía verdaderamente algo que ver con el amor o era a causa tan sólo de la libido. Si lo primero, le faltaba al lance disponer de un nombre y de una voz, de unas referencias concretas, como si dijésemos, con las que poder llegarme a conmover de verdad, si lo segundo, sumaban tanto mis ignorancias sobre el sexo -todavía me entraban, de vez en cuando, ganas de ponerme a jugar con los G.I Joe’s- que aún era incapaz de apreciar... de manera consciente... el nexo fatal, e indisoluble, que vinculaba a las dimensiones de las minifaldas con la aceleración de mi pulso. Solo sé que me encantaba poder ver a mi alrededor a tantas chicas guapas y sonrientes.



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