martes, 3 de noviembre de 2015

I.2 "BORGES A GO-GO" continúa así

Justin Nunnink

Yo he soñado que volaba. Estaba de píe, sobre el rugoso muro de cemento encalado que bordeaba la terraza de un séptimo piso, y sentía como la brisa del mar satinaba la piel de mis labios. La fuerza de la gravedad se empeñaba en tirar de mí y yo, por mi parte, insistía en mantener la espalda arqueada y los ojos cerrados tratando de poder hacerle frente. Sentía miedo, tenía vértigo. Un hombre a punto de claudicar frente al vacío. Mas enseguida, como si de repente hubiese saltado en algún rincón del alma un resorte metálico encaminado a espolear mi coraje, yo abría los ojos -ofrendándolos al cielo y a los astros- y, tras elevar hacia lo alto los dos brazos hasta formar sendos ángulos rectos con el tronco, me abalanzaba de frente sobre el espacio. 

April Gornik

Esa fue la primera vez que eché a volar, tenía dieciséis años y me encontraba pasando las vacaciones de verano en una playa del Cantábrico. A partir de ese día no he cesado de hacerlo. Desde entonces he acudido a numerosos lugares de la tierra -algunos remotos y entrañables, otros cercanos y espantosos- en los que, entre las horas, en ciertas ocasiones como consecuencia de acontecer a mi lado grandes acontecimientos físicos y éticos de casi obligada influencia, y, en otras más numerosas, a partir de ciertas sensaciones fulgurantes... apenas perceptibles para los demás, he ido desprendiéndome de las sucesivas mudas emocionales con las que se cubre, se adorna y desgasta la existencia. Jirones de pergamino seco ensartados en las afiladas púas de los espinos que crecen junto a los caminos del tiempo. Tiras de dermis reseca impúdicamente expuestas, en su irremediable abandono, a la vista de los demás caminantes. Pero, eso sí, al regreso de cada uno de esos viajes, he sentido bullir dentro de mi corazón, imperecederas, inagotables, cordiales, a las amables células de la ternura. Esa ternura que tanto me ha reconfortado en muchos de los enojosos episodios en los que me he visto envuelto, casi siempre sin proponérmelo de verdad, a lo largo y ancho de mi vida.




7 comentarios:

  1. Contagiado por Lansky, no me puedo resistir a señalarte que es poco probable que estuvieras, al principio del párrafo, sobre un muro de cemento, como mucho sería de hormigón. También dudo de que estuviera encalado, más bien revocado o enfoscado.

    Naturalmente, lo anterior va de coña. No hagas ni caso.

    La historia pinta bien y me intriga (ya desde el título, purs todavía no acierto a adivinar la alusión a Borges).

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    1. "cemento armado", ya que vamos de coña.

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    3. No, sería hormigón armado, aunque no necesariamente. Depende sus dimensiones, perfectamente podría ser de simple hormigón sin armaduras.

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    4. Miros,

      Yo creo que era cemento. Estaba ¿pintado de blanco, encalado? (eso sí que no lo sé) con una especie de gotele a lo bestía, con aspecto de palomitas de maíz picudas. Porque... esa terraza, ese edificio, sí que existen. O, por lo menos, existían en la época de la que yo me valgo para apropiarme, en mi historia, de ese muro.

      Lo de Borges. Las alusiones a Borges empiezan a aparecer a partir de la página 796 del libro ¡y todavía andamos por la primera de todas! ;-)

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    5. No, Julián, no era cemento, sino hormigón. No se construye sólo con cemento, sino que a éste se le añaden arena y piedras (más agua, claro) para tener hormigón (concreto, en América), que es el material de construcción. Ahora bien, es habitual llamar a estos muros "de cemento", aunque estrictamente sean de hormigón.

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  2. Madre mía, con tanto comentario inicial no sé ni que decir. Me intriga la historia y de momento quiero seguir leyéndola, me gusta que nos lo des en pequeñas alícuotas, quizás así sufrirás una disección brutal del texto pero bueno, es una opinión personal.

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