lunes, 30 de noviembre de 2015

El segundo capítulo de "LA ATRACCIÓN DEL VACÍO" transita por estos derroteros


Una pareja se aproximó hasta una mesa cercana, el camarero que los acompañaba retiró la cartulina de “reserva” de encima del mantel y ambos tomaron asiento. La mujer -una mujer elegante, seria, delgada, con un traje blanco de hilo...- cruzó con pulcritud sus piernas desnudas y extrajo, también con una premeditada parsimonia, un paquete de Marlboro de dentro del bolso. Con el cigarrillo entre sus dedos, aun sin encender, su rostro adoptó un rictus de ligero ensimismamiento. El hombre, alguien a todas luces mayor que ella, con el pelo fosco, abundante en canas... se acomodó, a su vez, al otro lado de la mesa... de espaldas a los abogados.

Arañándolo con suavidad en el dorso de su mano, Silvia demandó la atención de su acompañante: "bueno, en resumidas cuentas ¿qué te ha parecido el curso?". "Un coñazo. En general, todos estos cursos me parecen un coñazo". Santiago pasaba por ser un hombre sincero. "Pero... te apuntas..." asestó Silvia, contra la opinión de él, la rotundidad de la evidencia. "Algo hay que hacer, los veranos pueden volverse eternos para un hombre solo a punto de entrar en la cuarentena". "¿Todavía no los has cumplido...? le resultó imposible, a ella, reprimir su curiosidad, y... al percatarse de que su pregunta, el tono con la que la había formulado, podría inducir al varón a especular sobre sus años y obtener unas conclusiones ciertamente desalentadoras... se ruborizó de inmediato. 


Mientras se explayaba facilitándole a su amiga algunos de los motivos concretos por los que consideraba que, en la práctica, aquellos onerosos seminarios para juristas no reportaban, apenas, provecho alguno a sus participantes -según su opinión valían tan solo para emperifollar el curriculum- a Santiago le resultaba imposible desentenderse de la atractiva mujer que justo acababa de aparecer por la terraza. Le resultaba extrañamente hermosa, singular. Morenos los cabellos, lucía sin embargo un tono de cutis muy blanco, nacarado, según tal vez algún septuagenario escritor pasado de moda se hubiere atrevido a glosarlo, como si la potencia del sol, cuyos rayos de luz ahora mismo rebotaban con rotundidad en las copas y los cubiertos distribuidos ordenadamente sobre el mantel, fuera incapaz de desplegar el mínimo efecto en la naturaleza de su epidermis. Rondaría, calculó Santiago, los treinta y cinco años, una edad perfecta para que los hombres cayesen fatalmente enamorados a sus pies.

Entre un bocado, y otro, del guiso marinero que el maître les había sugerido como una de las recomendaciones del día, la isleña insistía en profundizar... tratando de desbrozarlo, de comprenderlo, pretendiendo de Santiago una solidaridad o incluso algún consejo de valor... en el delicado asunto de la rebeldía adolescente que les achacaba a sus hijos. Este otro, bien poco podía añadir al respecto, ni tenía hijos ni tenía sobrinos a cuya conducta remitirse a la hora de poder traer a colación unas referencias reales sobre el problema. Santiago ni siquiera era capaz de recordar con precisión la naturaleza de sus propios sentimientos en el difícil tránsito de desligarse del vergonzoso mundo de la niñez e ingresar en el vergonzante mundo de los adultos. Pensó, incluso, que tal vez no se hubiera llegado a incorporar aun, del todo, a este último. "Déjalos a su aire; no les regañes tanto..." le iba a repitiendo a Silvia con medias palabras... sin llegar a interrumpirla de veras, convencido de que en esa clase discusiones, en las que el antagonista perseguía ante todo su reafirmación personal, tal y como suele ocurrir con los adolescentes, las aspiraciones de nuestra voluntad estaban condenadas de antemano al fracaso. 


Las quejas de Silvia se centraban, ahora, en cierta recriminación que unos días antes le había formulado su hija mayor, reprochándola que no era capaz de manejar su vida. "¿Tú te crees que se le puede decir eso a una madre...? ¡Una mocosa de quince años!" protestaba la mujer con razonable enojo, y él asentía, asentía con una sonrisa, sin haber llegado a asimilar por completo las palabras de ella, con la parte primordial de su atención diferida hacia otra mujer: la mujer morena de la mesa de enfrente. Esta otra permanecía callada, casi muda, sin intercambiar apenas palabra alguna con su acompañante. Tensa. El rostro alerta. Sin, en ningún momento, llegar a mirarle, siquiera subrepticiamente, pese a que a él le resultaba prácticamente imposible poder tener apartados, más de un par de minutos, los ojos de su cara. Adornándola el cuello llevaba prendido un llamativo collar de piedras transparentes de color azul. Si fuera una princesa, serían turquesas. Pero ella se parecía a Audrey Hepburn y las piedras de su collar no necesitaban ser preciosas para refulgir llamativamente como las aguas de los atolones. Sí, ella se parecía a Audrey Hepburn y, como le había sucedido a la actriz, y le iba a seguir sucediendo en el futuro a través de sus películas y sus fotografías, su rostro, su figura, sus ademanes incluso, se revelaban, ante los demás mortales, envueltos en un sutil velo de fragilidad y misterio.

En tales observaciones propias de... (continuará)







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