sábado, 7 de noviembre de 2015

III.1 Así empieza... "EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ"

(Lori Nix)

EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ

Me van a permitir ustedes que les cuente una historia.

Su comienzo es bastante simple: desde siempre, desde que era bien pequeño, casi un niño, me había sentido atraído por Sevilla; luego, cuando ya me hice mayor, y empecé a ganar algo de dinero por mi cuenta, dispuse de la oportunidad de trasladarme a vivir allí. No la desaproveché. Esa historia... que ahora me dispongo a contarles... justo tuvo lugar en esa ciudad de la que acostumbra a ensalzarse su “duende”. Y, aunque no se trate de una historia de duendes, o sí, no sé, es bien probable que sea ella, Sevilla, quien precisamente termine convirtiéndose en la principal protagonista de sus páginas.

Mi toma de contacto inicial con mi enamorada tuvo lugar en compañía de mis padres, calculo que tendría por entonces unos trece o catorce años de edad, una Semana Santa a mediados de los años ochenta. Estuvimos hospedados en un hotel cercano al río. A la hora de la siesta, ellos me permitían irme por ahí a dar un garbeo... a mi aire... con el compromiso, por mi parte, de estar de vuelta antes de las ocho. Tal vez fuese, esa, la primera oportunidad que se presentó en mi vida de vagar a mis anchas por el mundo sin que nadie controlara mis movimientos, en soledad -sin tener a mi lado a familiares ni amigos ni tampoco maestros... y sus respectivas voluntades a la hora de decidir lo que había que hacer a cada minuto- y seguro que sí que fue la primera vez que eso me sucedía en un ambiente y un entorno que resultaban ser completamente desconocidos para mí.


7 comentarios:

  1. Existió, falta el acento, Julián, y el que vaya en mayúsculas no es eximente. Y luego, una cuestión de gustos: demasiados puntos suspensivos, fácilmente sustituibles por signos ortográficos menos enfáticos; cuatro cuento en dos párrafos más bien breves. Curiosamente, estoy a punto de irme a Sevilla por una semana.


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    1. Hello dude!

      Las mayúsculas no las acentuó por deformación profesional. Lo otro, puede ser. Lo tendré en cuenta y a ver que hago. Ocurre que últimamente... en muchas novelas de autores consagrados... echo en falta puntos suspensivos. Pienso que el alcance de la frase, su sentido, hubiese mejorado, de haberse empleado estos, en lugar de comas. En realidad... cuando hablamos... hablamos con puntos suspensivos... muchas veces. Dicho lo cual, lo tomaré en consideración y susituiré unos por otras cuando me resulte evidente que lo que pocede poner es una coma y no puntos suspensivos.

      En Sevilla, pásate por mi barrio (vivía de alquiler, yo solo, como un rajá, en la calle Progreso nº 14) y luego te tomas una manzanilla en el "Manolo León" de la calle Juan Pablo o en El Espigón de Felipe II. Aunque es posible que este otro bar, a estas alturas, ya este cerrado. Algo me suena haber oído. Y el aperitivo en El Salvador, también es cosa obligada ¡Planazo!

      Mi envidia siempre es de la sana. Eso... creo... (ja, je...) que tú ya te lo imaginas.

      Pega afotos ¡eh!.

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    2. Los tipos de imprenta, cuando se montaban en cajas (cajistas=tipógrafos) no dejaban sitio para la tilde, esa es la razón de no acentuar las mayúsculas; razón que ya no existe, como probablemente algunos de los tugurios que recomiendas.

      Un abrazo, cabezón, (si no pongo la coma es un abrazo cabezón, el abrazo es cabezón; si la pongo, es un abrazo que doy al cabezón, o sea, tú y si la sustituyo por puntos suspensivos es que... me estoy pensando dártelo o no).

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    3. La letra, con sangre, entra.

      Jamás se me habría ocurrido pensar lo de los cajistas. Pero, ahora que lo sé, sin dudar, y por eso pongo las comas, comenzaré a acentuar las mayúsculas.

      Una observación para todos. Lo que hace Lansky, enmendando la plana cuando lo cree procedente, no es sino respetar a sus interlocutores. Yo hay veces en las que no estoy de acuerdo, o estoy en franco desacuerdo, con la gente y, sin embargo, me callo. Con ello, en realidad, estoy minusvalorándola. Lo que me digo para guardar silencio es: "en fin, no da más de sí, no merece la pena". Lansky, sin embargo, debe pensar: "lo tengo que corregir porque eso está mal, igual que me corregiría a mí mismo si hubiese incurrido, yo mismo, en un desliz como ese". Y eso supone, siempre, incluso aunque él no lleve razón (alguna vez que otra sucede), un acto eminentemente filantrópico por su parte. Incluso de humildad. Así que enhorabuena, amigote, por ser tan poco creído. Estoy contigo.

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    4. Gracias. Sólo una observación: no contigo, pero mucho más a menudo me callo, no enmiendo la plana a nadie, no me merece la pena, y llevas razón, sólo lo suelo hacer con los que considero amigos.

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    5. Estoy de acuerdo, en principio, en que corregir es una muestra de respeto, incluso de cariño hacia el corregido (menos alcanzo a ver que también lo sea de humildad, como sugieres). Ahora bien, en principio. Porque también puede haber muchas otras motivaciones, mezcladas varias las más de las veces. Pero, en todo caso, lo cierto es que corregir a alguien –y más en público– es siempre un acto arriesgado, incluso con personas que estimamos. Las más de las veces dejamos de hacerlo no tanto porque minusvaloremos al corregible (a veces sí), sino por evitarnos una reacción desagradable por su parte. Por eso, ejercer ésta que podríamos calificar de virtud requiere, para no salir escaldado y perder toda eficacia, hacerlo con exquisito cuidado, evitando tocar susceptibilidades. Y, con algunos, ni modo, que dirían en México; mejor abstenerse, incluso aunque esos con frecuencia gusten de corregir a otros.

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  2. "Las más de las veces dejamos de hacerlo no tanto porque minusvaloremos al corregible (a veces sí), sino por evitarnos una reacción desagradable por su parte".

    A mi juicio, el hecho de arriesgarse a sufrir un rapapolvos en público, precisamente por tratar de ayudar a alguien, es ya, por si mismo, un signo de humildad. Máxime cuando al pretendidamente ofendido lo has considerado antes, y por eso lo corriges, como tu par desde el punto de vista de los conocimientos y la perspicacia. No obstante, estoy de acuerdo contigo con que a la hora de corregir pueden existir también otras motivaciones más egoistas ¡Ay la vanidad! por parte de quien lo hace. En cuanto a lo último a lo que aludes, lo de los corregidores habituales a quienes no les gusta ser corregidos, entiendo que es una cuestión de auctoritas y los puedo llegar a entender perfectamente. Pero... vamos... que todo lo que dices es sumamente razonable, Miros. Un abrazo!

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