domingo, 25 de octubre de 2015

NOVELISTAS DE RAZA


Esta mañana hemos cambiado la hora pero no hemos podido cambiar la vida. Ni siquiera la propia de cada uno.

Me toca ahora -soy novelista, that is the question- escribir una nueva novela. La del otoño de dos mil quince. La que me ayude a recorrer, merodeando cansado entre sus jueves sin recreo, pero con la cabeza alta, todavía, este final del año dos mil quince. ¡Tan amargo!

Ahora mismo me encuentro escuchando a un cantante que canta mal. ¡Me encantan los cantantes que cantan mal pero que son capaces de componer canciones bonitas! Cuando... uno escribe... debe también, a veces, cuando lo considere oportuno, escribir un poco mal en medio de un texto bonito. Véase el ejemplo. A esto yo lo llamo naturalidad o también desenvoltura. Saber que tus errores no derivan de tu impericia. Y que, en el fondo, te da lo mismo la opinión de los que vayan a leerte. Para que las cosas funcionen como debe ser se trata entonces... solo un poco ¡tampoco hay que pasarse!... de escribir con el paso cambiado.


Otra cosa es la historia, la jodida historia. "¡Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo!" dicen que decía el viejo Arquímedes. ¿Quién lo sabe? ¿Acaso existió de verdad este personaje o sólo es una ficción de los hombres para poder clamar: "¡Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo!". Los hombres -las mujeres, algo menos- siempre con exigencias. Dadme una historia...

No es el caso. No quiero historias prestadas. Quiero ser yo el que me invente mis propias historias. Quiero ser Arquímedes, mi Arquímedes.

Decía la otra tarde, en un blog de crítica literaria, que ya que todos los que escribimos somos un poco gilipollas (y los que no escriben, también; añado ahora) deberíamos procurar, al menos, ser unos gilipollas con personalidad, gilipollas únicos, y convertirnos en Arquímedes o en el protagonista de esa irresistible idea, de esa inconmensurable pretensión, de llegar a mover el mundo ¡nada menos que el mundo! a partir de un único milímetro de contacto entre dos superficies. ¿Se acuerdan ustedes de Chaplín haciendo girar el globo terráqueo, a lo loco, en la yema de uno de sus dedos?  Algo así constituye una empresa que exige de cierto grado de concentración. Ahí radica el problema. En que, a mí, concentrarme me provoca una especie de agobio. Más que a Arquímides, creo, o que a los tipos que se lo inventaron, seguro. Y sin embargo... ahora, no debo posponerlo más, me toca hacerlo. Sí, así es... a partir de unas cuantas ideas difusas, a partir dos únicas páginas escritas que ni siquiera sé si serán las primeras del libro, contando por el momento con una única reflexión, sobre la cordialidad, que tengo a medio montar en un folio aparte... he de inventarme un argumento. Los pilares de una historia de ficción que habrá de dotarle de un sentido lógico a todo lo que, al final, termine apareciendo en esa tesitura por la pantalla de mi computadora.


Los temas claves de mis textos, mal que me pese, vienen siendo recurrentes, pero... ¿en que novelista no lo son, por lo menos entre los actuales? He hablado ya: del paso del tiempo (lo he hecho al principio, cuando era más joven y eso me parecía un putada injusta), de la estrechísima línea moral/intelectual que separa verdad y mentira, del eterno retorno nietzschiano (casi siempre), del irresistible asunto, al menos para mí lo es, del doble, del doppelganger, tan en boga desde los mismísimos tiempos de Caín y Abel, y, hoy en día, un poco olvidado. De realidades paralelas donde todas las cosas transcurren prácticamente igual a un lado y otro del espejo. He hablado de amor, fundamentalmente. Y de la gran falacia del amor, en ocasiones. Y ahora tendría que ponerme a hablar de otra cosa.

¿De qué?. Pienso en otros autores... en grandes autores, o por lo menos en gente en la que confío, y... me bloqueo. A bote pronto no me vienen a la cabeza cuales son los temas esenciales de sus novelas, y eso es porque no deben parecerme más interesantes que los que yo he sido capaz de tratar hasta ahora. Pero cuando hoy den las diez de la noche (que serían las once si fuese ayer todavía) sin duda tendré ya que saberlo. Es el plazo que me he fijado como tope para haber diseñado el argumento de mi nueva novela. Y lo pienso cumplir.



A partir de ahí me imagino que todo vendrá rodado y, como me ha sucedido siempre, el texto progresará un día tras otro, casi sin que yo mismo me dé cuenta del medraje, hasta llegar al final de la trama. La novela -esta novela- también morirá. Lo mismo que todas. Pero entre tanto, yo, que voy a ser su autor, habré podido disfrutar... de lo que la vida me ofrece... un poco más intensamente.

11 comentarios:

  1. Hay dos tipos —en una de las muchas formas de verlo— de narradores: los que construyen sus novelas como si fueran de barro, como alfareros, añadiendo capas y pegando más materia sobre la anterior, y los que trabajan como si fueran escultores en mármol, quitando lo que sobra. Por lo que te llevo leído (no hablo de tu blog, sino de tus novelas) tú eres de los primeros. No sé si has leído mi último relato corto (penúltimo post de mi blog); podía perfectamente haber sido una novela, pero quité y quité hasta dejarlo así: un cuento sin más cuentos. A veces una mala novela podría haber sido un buen relato breve, pero el novel no puede prescindir de ninguna ocurrencia, y eso le pierde.

    Ah, y otra cosa, el buen novelista nunca escribe mal (ya sé que es una forma de hablar); por ejemplo en El Quijote Cervantes escribe "entrar para dentro"; pedantes como Lope se rieron de eso, pero era un recurso cervantino para marcar el habla de personajes iletrados.

    Suerte con tu próximo empeño; no busques el éxito, sino la excelencia.

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  2. Admiro que puedas ponerte una fecha para empezar una novela, yo sólo escribo si siento el impulso y eso va y viene, tengo días en los que tengo muchas cosas que decir y otros en los que no me sale nada, no siento nada. Escribir me purga y a mi me basta. Mis textos no son buenos pero me dan alegrías y me divierto mucho escribiéndolos.
    Mucho ánimo y suerte con tu proyecto.
    Un abrazo,

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  3. Distingo en las fotos a Julian Barnes y a Pio Baroja, ¿quiénes son los otros dos?

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    1. Lansky: el primero es el japonés Natsume Soseki (he leído su novela Kokoro que, la verdad, no me enganchó); el segundo, que identificas, es J. Barnes (me gustaron sus primeras obras, peor hace tiempo que he dejado de seguirlo); el tercero es André Maurois (a mi madre le encntaba pero yo, en cambio, tan sólo he leído su biografía de Napoleón) y el último, en efecto, es Don Pío aunque en una foto poco afortunada (de los cuatro, el que más me gusta y conozco). Si pones el ratón sobre cada foto te sale el nombre de ésta, que en todos los casos es el del escritor.

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  4. ¿El primero del bigote es Joseph Conrad?

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  5. ¿CUALES SON VUESTROS CINCO NOVELISTAS FAVORITOS DE TODOS LOS TIEMPOS?

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    1. De todos los tiempos: Sterne, Cervantes, Tolstoi, Proust y Stendhal

      Actuales: Nabokov, Rushdie, Sciascia, Calvino (Italo), Marsé

      Pero sólo cinco!!!

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    2. Me doy cuenta que más que novelistas tengo novelas favoritas, así que corrijo:

      Segunda parte de El Quijote, Tristram Shandy, Guerra y paz, La Cartuja de Parma, Por el camino de Swann (En busca del tiempo…)

      ¡Mira los arlequines!, Hijos de la medianoche, Cándido o un sueño siciliano, Trilogía de nuestros antepasados (El barón rampante, El vizconde demediado, el caballero inexistente), Si te dicen que caí

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    3. Cien sería más satisfactorio, sería más justo cien (Los meteoros, de Michel Tournier, El adversario, de Emmanuel Carrere, Casa desolada, de Dickens, Tiempo de silencio, de Martí Santos, La Colmena, de Cela, El Camino de Delibes, Crónicas marcianas, de Bradbury, El sueño eterno, de Chandler, Stoner, de John Williams, En lugar seguro, de Wallace Stegner, Tallo de hierro, de William Kennedy, Martin Dressler, de Steven Milhauser, Una temporada para silbar, de Ivan Doig, ... y así hasta...)

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  6. Gracias Lansky. Intentaré leer todas esas novelas que recomiendas. Me llaman la atención sobre todo aquellas de las que nunca he oido hablar: En lugar seguro, de Wallace Stegner - Martin Dressler, de Steven Milhauser - Una temporada para silbar, de Ivan Doig, que las voy a googlear ya mismo.

    A ver si alguien más se anima a revelarnos sus debilidades lectoras. ;-)

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    1. Bueeeno la de "¡Mira los Arlequines!" no la conocía tampoco hasta hoy.

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