jueves, 1 de octubre de 2015

CIENFUEGOS. Un retrato fugaz


Cienfuegos era un tío de mi clase, un poco hijo de puta. Cienfuegos, era rubio, tenía el pelo rizado como una escarola, y presumía de tener la polla bien gorda. Pero era un desastre jugando al fútbol y eso lo condenaba a juntarse con los frikies en los recreos. Además era interno, lo que, tampoco, sumaba puntos a su favor, que digamos.

El típico tío que exasperaba a los profesores. Les hacia preguntas gilipollas a ver si los pillaba y para que nosotros, en cambio, lo consideráramos la mar de agudo. Al de ciencias sociales, en concreto, que daba clase los martes y los jueves a primera hora por las tardes, lo sacaba de quicio. A Cienfuegos le gustaba pintar esvásticas y stukas, y alemanes de la legión cóndor en los cuadernos, no se le daba del todo mal dibujar, al cabrón, y "el cerilla", el profesor de ciencias sociales ese del que les hablo, cada vez que lo pillaba o veía los dibujos rulando por la clase -Cienfuegos también pintaba tías en pelotas- le decía que se dejara de gilipolleces y estuviera atento a lo que ponía en el encerado.

Luego tenía una regla de metal, con forma de toblerone, que tiraba al suelo, en clase de religión, cuando el cura, el padre Valentín, empezaba a apasionarse con sus parábolas y se ponía a llamarnos "mis corderos" y toda esa vaina. ¡Cloc! hacía la regla de Cienfuegos al golpear contra las baldosas. Y, antes de que el sacerdote le demandara explicaciones, él ya había puesto tal cara de idiota, que aquel otro, confundido, terminaba por desistir de su propósito.

Cienfuegos pintó una vez una cruz gamada y una polla, en la pizarra, antes de que entrara a clase el profesor ciencias sociales. Tenía catorce años y se conoce que pretendía medir su hombría con la del cerilla. Al ver los dibujos, este lo amenzó, delante de todos, con entrevistarse con sus padres si no dejaba de hacer el gilipollas.  Cienfuegos se encaró con él y el cerilla lo arreó un sopapo. Luego, antes de que a él le diese tiempo a reaccionar, lo echó de clase y le dijo que iba a hablar con el padre prefecto para que lo expulsaran del colegio de una vez por todas. Cienfuegos se echó a llorar.

Esa misma tarde, en el patio, nos contó que no tenía madre y que su padre estaba siempre viajando, y no le hacía demasiado caso, y que por eso había llorado, pero que el cabrón del cerilla iba a terminar pagándoselas, todas juntas, tarde o temprano. Y fue y lo juró delante de todos nosotros. Por aquel entonces no se estilaba todavía denunciar a los profesores y, para que vamos a engañarnos, Cienfuegos tampoco contaba con ningún familiar a su lado al que le apeteciese, o le interesase, defenderlo.

Ultimamente había perfeccionado sus habilidades artísticas y le podías encargar la chica como tú quisieras que él se ocupaba de dibujártela. Diez pesetas si enseñaba las tetas. Quince, si lo enseñaba todo. Cienfuegos veraneaba en una pedanía, cerca de Xátiva y aquel año, puso de moda entre los de la clase, la palabra parrús. Ricardo Cienfuegos, comedor compulsivo de donuts y un tramposo inofensivo jugando a las cartas, con los empollones, a juegos de mariquitas.

El otro día, ojeando en el periódico... a toda prisa, con aires de suficiencia, desgana, cara de asco... las páginas de política nacional, reparé en una foto. En ella aparecía un conocido líder, abrazando, tras un mitin que acababa de dar en cierta ciudad de provincias, a un tío calvo, la tira de feo, al que, el redactor del artículo, calificaba de hombre fuerte del partido en esa comunidad autónoma. Sin saber por que realmente, permanecí luego, cierto tiempo, dándole vueltas y más vueltas, en la cabeza, a la dichosa fotografía.

Hoy, al cabo de un par de semanas, estaría por asegurarles que el calvo aquel, de la nariz de patata, era Cienfuegos. El mismo Cienfuegos que viste y calza. Pero he consultado en la wikipidia, Ricardo Cienfuegos Puchades, y ahí no aparece nada de nada. Por no tener, el cabrón de Cienfuegos ¡no tiene ni facebook! Será capullo el tío.


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