lunes, 14 de septiembre de 2015

YA SOLO HABLA DE AMOR (Ray Loriga bajo un sauce urbano)

Peder Severin Kroyer

No acostumbro -ya lo saben- a leer libros de autores contemporáneos españoles, y no porque opine que están mal escritos (que, generalmente, lo opino) si no porque creo que están mal pensados, o, por lo menos, pensados en una forma extraña -por no decir... adversa, en numerosas ocasiones- a lo que supongo que es mi propio pensamiento. Retratando casi seguro, estos libros, una realidad palmaria, la del día a día de la sociedad española, a mi me resultan más próximos a la ciencia ficción, no termino de creerme que haya gente que piense... y se comporte... así, esto es, tal y como piensan y se comportan los personajes que aparecen en todas esas novelas de autores españoles contemporáneos.

Hay excepciones, muy pocas, y Lóriga es una de ellas. Al final casi siempre termino leyéndome los libros de Ray Lóriga, y “Ya solo habla de amor” no iba a ser una excepción a esas excepciones. Van a ver, nuestro "chico malo" ha completado su proceso de maduración y ya solo habla de amor, como no podría ser de otra manera una vez superada la barrera de la juventud tardía (Lóriga escribió la novela al cumplir los cuarenta) y atendidas las preocupaciones -cada vez: justo las propias de la edad- que se había ido sacando sucesivamente, de los sesos, a lo largo de toda su producción anterior. 


También, yo, hablo sólo de amor y voy, entonces, a tratar de justificar porque hay que quererlo a Lóriga y porque no hay que hacerlo, que es justo la cara oculta del amor, porque, por si no lo saben, aunque seguro que sí que lo saben ya, el amor tiene dos caras, dos, como los discos de Chenoa o de Joni Mitchell (el asunto, este, de las dos caras del amor le concierne absolutamente a todo el mundo). Y esta novela, cuyo objeto es el amor, habla justo de esto, de sus dos caras: la de la entrega y la de la ruptura. O, más propiamente: analiza, desmenuza, un territorio intermedio, aun más trascendental, el de la neutralidad. Esa claudicación en que caen los varones, con el curso de los años, de amar al amor más que amarles a las mujeres “de carne y hueso” que, en buena lid, habrían de constituir las destinatarias de sus sentimientos. Amar al amor, aunque sean las mujeres las que te alerten, te reprendan, te arropen y te acaben dejando abandonado en una esquina de su pasado porque te han dejado por imposible. Amar al amor porque este, solo pretende ser amado.

Positivo: Lóriga sigue siendo muy bueno con las frases. Y, en este libro, es aun mejor: menos previsible, más maduro, más certero. Además, su discurso ha mejorado al punto de mostrarse casi siempre convincente pese a sus inevitables paradojas. Su protagonista Sebastián, un escritor desencantado (como el propio Lóriga) piensa en catarata, dice en catarata, y, a veces, incurre en contradicciones. Como ocurre asimismo en la vida. ¿Quien va ser capaz de soltar un discurso coherente sobre sus intimidades a lo largo de tres horas sin contradecirse ni una única vez? Pero en este caso, el discurso de Sebastian es bello, y sensato, bien armonizado, y conviene no dejarlo caer en saco roto, porque, pese a la prosopopeya, contiene su punto evangélico: “ama y te amarán”.

En el debe: la influencia de Walser, protagonista tangencial de la novela (Sebastian ha sido invitado por la embajada suiza, a pronunciar una conferencia sobre Walser, en Berna. Un discurso sobre la “incapacidad”) se hace evidente; mas... cuando Lóriga pretende extremarla, en los “diálogos”, deja de ser tan eficaz o, por lo menos, tan gratificante. Ahí está, a mi juicio, el punto débil de la novela, mi matizado desencuentro con su texto, en los diálogos. Las distintas charlas que Sebastián mantiene a lo largo de la trama con Christian, bajo uno de los sauces del jardín de la embajada suiza en Madrid, o, más propiamente, que, este último, intenta mantener con el primero, no están a mi juicio plenamente logradas. La gente, en las grandes novelas, no se expresa exactamente así y voy a decir por qué: entiendo que los pretextos son demasiado literarios sin que su construcción sintáctica sea perfectamente literaria. Mejor, más creíbles, las pedestres interpelaciones que el embajador le hace a nuestro hombre cada vez que se lo encuentra en la fiesta.

Por contra, en el monólogo que ocupa el noventa por ciento del texto, Lóriga esta sembrado, pletórico. No le importa desnudar su alma. Reconocerse. Y admitir que su realidad, la de un escritor maldito, llamado Sebastián, capaz de pensar por sí mismo y terminar sabiéndose inocente, bien que le dé “apuro” proclamarlo en público, va a constituir, al otro lado del espejo, el del común de los mortales, una inofensiva extravagancia.

¡Qué mejor, entonces, ante la incomprensión del mundo, ante la inadaptación al mundo, que hablarles a quienes lo pueblan, a todos esos extraños que trabajan, que salen de viaje, que se acuestan juntos -como decía Pavese y lo repite nuestro novelista- de amor y únicamente de amor! 

4 comentarios:

  1. Si por contemporáneo entiendo lo habitual, alguien que vive en la misma época que yo, Loriga, más joven, es mi contemporáneo, que no coetáneo. Y no me interesa. A mí, en cambio, sí me interesan otros narradores españoles contemporáneos, como el recién desparecido Chirbes, Marías, Marsé, Vázquez Montalbán, que desgraciadamente también causó baja, y hasta uno al que le tenía mucho ‘gato’ y ya no, Muñoz Molina, También algunas cosas de Llamazares; el joven y para mí espléndido Ely Tizón de Velocidad de los jardines, y unos cuantos más. Podría extenderme e intentar explicar que me desagrada de Loriga, pero diré sólo una cosa: me da la impresión de que al no apearse nunca de una juventud que ya no tiene, está descubriendo siempre la pólvora, lo que es lamentable e inevitablemente típico de la juventud, pero en alguien ya maduro resulta un tanto patético.

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    1. Lansky,

      En esta novela, eso no sucede. Cuando la escribió, Lóriga era ya muy consciente de que todo estaba inventado.
      De todo los que citas, el único con el que me lo paso bien es con Vázquez Montalbán. Con independencia de que, en general, ninguno, entre todos ellos, llegue a parecerme un "cantamañanas".
      Lóriga acaba de publicar "Zaza, emperador de Ibiza" que habrá que leerse.
      Abrazos. julian bluff

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    2. Te lo pasas bien con V.M... yo también, pero a la gran literatura la pido algo más,que refleje mundos y sociedades, que me ayude a entenderlas, y eso, cuando sucede, no sé si hace que me lo pase bien, pero me reconforta.

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    3. A mi Lansky, el mundo que más me cuesta entender es el nuestro: España, y la sociedad, la nuestra: la de los españoles, pero los libros actuales que tratan de explicar a uno y otra, desgraciadamente, no me reconfortan. Como bien te consta, me quedo con don Pío. De aquí a Lima. Un abrazo!

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