miércoles, 16 de septiembre de 2015

LA BUSQUEDA DE LA MELANCOLÍA. En Thailandia con Marion Cotillard.


Hay algo que me preocupa últimamente. Estar perdiendo el sentimiento de melancolía. Sí, en los últimos tiempos a la melancolía le cuesta un mundo aflorar en mí, y yo he sido el que soy, quiero suponer, gracias a ella. Y ya puedo hallarme disfrutando de unas merecidas vacaciones en Koh Samui, junto a Marion Cotillard, justo en la suite presidencial de un hotel de quince estrellas, que... sin melancolía... no va ser lo mismo.

Me ha dado, en los últimos tiempos, por regodearme -y no vayan a creerse que no lo disfruto a lo bestia- con una línea de sensaciones que podríamos calificar, yendo por en medio de lo derecho, como básica. “Back to the basics”. Disfruto la tira de beber agua cuando tengo mucha sed y de comer pan cuando tengo hambre, y, sí... también disfruto de eso otro. Pero es que, igual, me lo paso teta, casi todavía mejor, por el hecho de ducharme, de abrigarme si tengo frío, de destaparme si tengo calor, y cada vez que me tumbo, en el sofá o en la cama, cuando me siento cansado. Justo, esto último, es ya ¡la repanocha!: aprecio cada postura de las piernas, la colocación exacta del tronco y hasta como dispongo las manos: si lo hago con sus dedos extendidos o recogidos o cuarto y mitad. Y me siento muy feliz, pletórico, de percibir que estoy descansando. ¡Me maravillo de que cosas tan simples, se vuelvan -con la edad, quiero pensar que es- tan gratificantes! ¿Mejor, entonces, tumbarte a la bartola en el catre, panza arriba, que marcarte un “misio”?. Pues... casi casi.


Pero... ¡cojones! no les voy mentir, para que la cosa resultara ya perfecta, me falta el disfrute de la melancolía. Sentirla a tope. Y sin embargo, y esto sí que podría catalogarse de preocupante, parece como si cada vez me fuera costando más echarla de menos. Como si me estuviera desenganchando. Y no es plan, porque la melancolía, de entre todos los placeres que son propios del alma, y vamos a considerar aquí que el alcohol lo que enardece es el cuerpo, es quizás el más agradecido que existe.

De como la he vuelto a encontrar -sucedió ayer mismo por la noche- les hablaré en la próxima entrada. Eso... ¡si, para entonces, mi bien amada, no ha vuelto a pirarse a otra parte! Que todo podría suceder... .



lunes, 14 de septiembre de 2015

YA SOLO HABLA DE AMOR (Ray Loriga bajo un sauce urbano)

Peder Severin Kroyer

No acostumbro -ya lo saben- a leer libros de autores contemporáneos españoles, y no porque opine que están mal escritos (que, generalmente, lo opino) si no porque creo que están mal pensados, o, por lo menos, pensados en una forma extraña -por no decir... adversa, en numerosas ocasiones- a lo que supongo que es mi propio pensamiento. Retratando casi seguro, estos libros, una realidad palmaria, la del día a día de la sociedad española, a mi me resultan más próximos a la ciencia ficción, no termino de creerme que haya gente que piense... y se comporte... así, esto es, tal y como piensan y se comportan los personajes que aparecen en todas esas novelas de autores españoles contemporáneos.

Hay excepciones, muy pocas, y Lóriga es una de ellas. Al final casi siempre termino leyéndome los libros de Ray Lóriga, y “Ya solo habla de amor” no iba a ser una excepción a esas excepciones. Van a ver, nuestro "chico malo" ha completado su proceso de maduración y ya solo habla de amor, como no podría ser de otra manera una vez superada la barrera de la juventud tardía (Lóriga escribió la novela al cumplir los cuarenta) y atendidas las preocupaciones -cada vez: justo las propias de la edad- que se había ido sacando sucesivamente, de los sesos, a lo largo de toda su producción anterior. 


También, yo, hablo sólo de amor y voy, entonces, a tratar de justificar porque hay que quererlo a Lóriga y porque no hay que hacerlo, que es justo la cara oculta del amor, porque, por si no lo saben, aunque seguro que sí que lo saben ya, el amor tiene dos caras, dos, como los discos de Chenoa o de Joni Mitchell (el asunto, este, de las dos caras del amor le concierne absolutamente a todo el mundo). Y esta novela, cuyo objeto es el amor, habla justo de esto, de sus dos caras: la de la entrega y la de la ruptura. O, más propiamente: analiza, desmenuza, un territorio intermedio, aun más trascendental, el de la neutralidad. Esa claudicación en que caen los varones, con el curso de los años, de amar al amor más que amarles a las mujeres “de carne y hueso” que, en buena lid, habrían de constituir las destinatarias de sus sentimientos. Amar al amor, aunque sean las mujeres las que te alerten, te reprendan, te arropen y te acaben dejando abandonado en una esquina de su pasado porque te han dejado por imposible. Amar al amor porque este, solo pretende ser amado.

Positivo: Lóriga sigue siendo muy bueno con las frases. Y, en este libro, es aun mejor: menos previsible, más maduro, más certero. Además, su discurso ha mejorado al punto de mostrarse casi siempre convincente pese a sus inevitables paradojas. Su protagonista Sebastián, un escritor desencantado (como el propio Lóriga) piensa en catarata, dice en catarata, y, a veces, incurre en contradicciones. Como ocurre asimismo en la vida. ¿Quien va ser capaz de soltar un discurso coherente sobre sus intimidades a lo largo de tres horas sin contradecirse ni una única vez? Pero en este caso, el discurso de Sebastian es bello, y sensato, bien armonizado, y conviene no dejarlo caer en saco roto, porque, pese a la prosopopeya, contiene su punto evangélico: “ama y te amarán”.

En el debe: la influencia de Walser, protagonista tangencial de la novela (Sebastian ha sido invitado por la embajada suiza, a pronunciar una conferencia sobre Walser, en Berna. Un discurso sobre la “incapacidad”) se hace evidente; mas... cuando Lóriga pretende extremarla, en los “diálogos”, deja de ser tan eficaz o, por lo menos, tan gratificante. Ahí está, a mi juicio, el punto débil de la novela, mi matizado desencuentro con su texto, en los diálogos. Las distintas charlas que Sebastián mantiene a lo largo de la trama con Christian, bajo uno de los sauces del jardín de la embajada suiza en Madrid, o, más propiamente, que, este último, intenta mantener con el primero, no están a mi juicio plenamente logradas. La gente, en las grandes novelas, no se expresa exactamente así y voy a decir por qué: entiendo que los pretextos son demasiado literarios sin que su construcción sintáctica sea perfectamente literaria. Mejor, más creíbles, las pedestres interpelaciones que el embajador le hace a nuestro hombre cada vez que se lo encuentra en la fiesta.

Por contra, en el monólogo que ocupa el noventa por ciento del texto, Lóriga esta sembrado, pletórico. No le importa desnudar su alma. Reconocerse. Y admitir que su realidad, la de un escritor maldito, llamado Sebastián, capaz de pensar por sí mismo y terminar sabiéndose inocente, bien que le dé “apuro” proclamarlo en público, va a constituir, al otro lado del espejo, el del común de los mortales, una inofensiva extravagancia.

¡Qué mejor, entonces, ante la incomprensión del mundo, ante la inadaptación al mundo, que hablarles a quienes lo pueblan, a todos esos extraños que trabajan, que salen de viaje, que se acuestan juntos -como decía Pavese y lo repite nuestro novelista- de amor y únicamente de amor! 

sábado, 12 de septiembre de 2015

EL BUFON

Jan Matejko

Las polémicas entre personas formadas en los valores de la sociedad española acostumbran a ser estériles.
Como nadie parece estar dispuesto a dar su brazo a torcer, las discusiones, su desenlace, en lugar de contribuir a atemperar el kharma colectivo 
-de por sí, bastante soliviantado-
generan fundamentalmente frustración

miércoles, 9 de septiembre de 2015

CATEDRALES


No todo tienen que ser malas noticias, entre la basura crecen también las flores. Esta de la que vengo a hablarles no data de ahora mismo. Ocurre que... ahora mismo... a alguien le ha dado por acordarse de ella. El original nace en los orígenes del milenio: cuando todo nos parecía lleno de brillo y cargado de esperanza. Hubo grandes canciones con el inicio del milenio. Obra de perdedores, casi siempre. De dulces perdedores. Porque es así la historia. Y la ternura, como expresión de fe, como jubileo artístico, casi nunca llega a rendir fruto entre los iniciados. Los que consumen la música, la literatura, la belleza... nuevas, son por lo general los jóvenes y a los jóvenes la muerte les queda tan lejos que no les importa, hasta les gusta, coquetear con la violencia y la desesperación en cuanto que, además, ellos van a sentirse a menudo desesperados, hagan lo que hagan.

Se trata de una composición de Jay Clifford y yo la saco aquí, a la palestra, a resultas de una versión que una artista de Ghana, llamada Ruby Amanfu, acaba de hacer de la misma. 



No voy a resistirme tampoco -es lógico ¿no?- a colgar la original. Así las comparan.


La canción, como han comprobado, se llama "Catedrales" y su letra viene a decir, más o menos, lo que sigue:

"Entre las sombras de las torres
los ángeles caen desde los techos
con sus plumas oleosas hechas de bronce y hormigón.
Los colores desvaidos, algunos pequeños desperfectos.
Los contornos rebasan titubeantes el halo eléctrico
cruzando las fronteras que separan los continentes.

Las catedrales de Nueva York y Roma
insuflan un sentimiento que va a permanecer contigo
obligándote a emplear buena parte de tu vida
en tratar de descubrir su esencia.

Entre las sombras de las torres,
las estatuas de mármol y el emplomado de las vidrieras
van poco a poco deteriorándose.
Alguien lo está observando todo ahí afuera.
Los contornos se mueven lentamente a través de los pórticos
y oscurecen los mosaicos de los próceres.

Las catedrales de Nueva York y Roma
insuflan un sentimiento que va a permanecer contigo
obligándote a emplear buena parte de tu vida
en tratar de descubrir su esencia.

Entre las sombras de las torres
de arcos abiertos y genuflexiones eternas
las imágenes reverberan entre paisajes de un sonido
que alguien permanece escuchando, a lo lejos, en la distancia.
Los contornos van diluyéndose sin prisa contra la luz del horizonte
hasta apagarse por completo con el deceso de la noche.

Las catedrales de Nueva York y Roma
insuflan un sentimiento que va a permanecer contigo
obligándote a emplear buena parte de tu vida
en tratar de descubrir su esencia".

Es bonito ¡eh!. Creo que sabrán disculparme por la petulancia pero yo creo que es así, publicando este tipo de cosas, como se contribuye a hacer el mundo un poquito mejor, y a la gente un poquito menos cerril, y no perorando a lo loco sobre si las listas electorales tienen que ser abiertas o cerradas -en los dos casos los candidatos van a ser los mismos, igual de gilipollas- o si hay que aplicar o no la ley D'Hondt sobre los resultados del escrutinio -que los electores también van a ser, sea cual sea la decisión que se tome, exactamente idénticos-.

domingo, 6 de septiembre de 2015

NO PEOPLE (la misantropía como exigencia ética)


En los últimos tiempos me he encontrado en varios libros con esta frase, o, si no igual del todo, bastante parecida: "Las personas más inteligentes hablan de ideas, las que lo son un poco menos hablan de hechos... de sucesos, las restantes acostumbran a hablar de las otras personas, del prójimo". Pues fíjense ustedes como estará por aquí "el patio" cuando no figura en los medios de comunicación ni una única reseña sobre política que no aparezca vinculada a un nombre y unos apellidos. Los editoriales, también.

Mas me voy a permitir yo ahora -y no otra, que esta, es la intención última del post- añadirle un cajón más, por la parte de abajo, al susodicho podium, el destinado a la gente que cuando habla de personas, lo hace por lo general de sí misma -y entre ella la hay que ¡solo y exclusivamente! sabe hablar de sí misma- sin que antes haya existido una interpelación ajena en ese sentido. Integrando, entre los aludidos, el núcleo duro de la simpleza, aquellos que, encima, se recrean en el auto bombo y no paran resaltar su propia bondad, su éxito y sus grandes cualidades.

Si uno es un caballero, o una dama, ha de saber que sólo va a estarle permitido hablarles a los demás de sí mismo, a salvo de que estos previamente le hayan preguntado por algo de su sola incumbencia, para intentar ponerse en ridículo, hacerse de menos, siquiera de manera figurada y con la intención -en este caso legítima, a mi juicio- de no terminar pareciendo un mentecato.

¿Pero alguien en su sano juicio va a poder creerse que su discurrir por el mundo, su día a día, es tan deslumbrante y sugestivo como para acaparar la atención de los demás? ¿Pero no se da cuenta la gente -y especialmente, y por motivos obvios, los que acostumbran a proceder de ese tenor- que su vida, muy al contrario, resulta ser por lo general un rollo macabeo?

¿Cómo van estas personas conseguir caerles bien a los demás hablándoles única y exclusivamente de algo que ni les va ni les viene? ¿Cómo va a pretender seducir a una mujer, a un hombre, que no sean rematadamente bobos, alguien que se comporte así?

Y una nueva interrogante, la final, la que de verdad le incumbe a mi persona: ¿cabe la posibilidad en este mundo en el que habitamos, donde cada vez hay más personajes como los descritos, de poder vivir en paz sin tener necesidad de vivir aislado? ¡Benditos blogs!.