martes, 14 de julio de 2015

UNA JODIDA CASUALIDAD

Philip Barlow

Aun no son las doce. Es el día de mi onomástica y me encuentro sentado en la cabina de un peep show cociéndome de calor. La camisa se adhiere a mi cuerpo y los pelos del flequillo lo hacen a la piel de la frente. Se habla de una ola de calor subsahariana, o algo semejante, y casi todo el mundo está más nervioso de lo que viene siendo habitual. Yo procuro permanecer tranquilo. Ir a contracorriente, como acostumbro. Le miro los muslos a la rubia de turno.

Aunque se trate, tan solo, de intentar sudar lo menos posible: moviéndote poco, quedándote en casa, procurando andar por la sombra, tomando picante y bebidas calientes... la gente no para de hablar del calor que hace, predispuesta, en cuanto tiene algo de confianza contigo, a perder los estribos por cualquier nimiedad y echarle luego la culpa, a la temperatura. Ella, la chica, procura no mirar hacia donde me hallo.

Philip Barlow

La verdad... la gente, si se empeña, es capaz de poder volverte un poco loco. Toda esa puta manía de intentar buscar responsables cuando no existe culpa alguna, y, sin embargo, tratar de encontrar, como sea, una justificación a conductas manifiestamente maliciosas, a mí me resulta un poco desesperante. No me parece bien. Al darse la vuelta me ha parecido como si la rubia me guiñase el ojo.

Vaya, en resumidas cuentas, que entre el agobio de un calor agobiante, justo es admitirlo, y la avalancha de comentarios: cansinos, repetitivos, elementales... de quienes les toca padecerlo, elijo indiscutiblemente al primero. En efecto, prefiero vivir yo solo, a mi aire, en Almería, que en Santander o en San Sebastián, rodeado de pelmazos. Cae la cortinilla sobre el cristal e introduzco otro euro.

¡Ziiis...! la cortinilla vuelve a alzarse. Trato de que me entiendan. Llegó a casa, me quito la ropa y me doy una buena ducha con agua fría que voy calentando, poco a poco, hasta casi llegar a quemarme, para, de inmediato, proceder a la inversa. Me tumbo en la cama tan ricamente, en penumbra, con los “Prefab Sprout” sonando suavecito. Relax. En cambio... ¿qué me cabe hacer por ahí con todos esos tipos que me ponen la cabeza como un bombo? Descartados el uso del esparadrapo -para ellos, para sus labios- y de los tapones de cera -para mí, para mis oídos- por considerar ambas opciones un poco demasiado rotundas, no me queda sino contemporizar y ponerme a protestar yo también como un bobo, como si mis protestas, como si las airadas protestas de todo el mundo, fuesen a ser capaces de enmendar los desbarajustes de la atmósfera -ya puestos, mejor sacamos en comitiva a la Virgen de las Borrascas, no te jode- quejándome del calor que hace: “¡hace un calor insoportable!”. La chica resopla y jadea pese a encontrase medio en bolas.


Philip Barlow

Pues eso, que sí, que hace mucho calor, pero uno puede continuar siendo, pese a todo, razonablemente feliz. Además, estoy por asegurarles que allá por octubre -justo a la vuelta de la esquina, como aquel que dice- el termómetro habrá bajado ya sus buenos diez o quince grados, y que en noviembre, tan solo un mes después, lo más probable es que por esta parte del mundo nos veamos obligados a rescatar del armario... como cualquier año, por otra parte... la bufanda y los abrigos ¡Cuanto más fiable la inconsciencia del clima, que la que es propia de los seres humanos! Entonces, casi con total certeza, estos últimos pasarán a protestar, todo el tiempo, del frío.

De nuevo acaba de caer ante mis ojos la cortinilla tras el cristal y yo me he quedado sin monedas. Salgo afuera. En la calle el sol cae a plomo, dispuesto a fundirles el cerebro a los insensatos. Acudo a la carrera hasta la boca de metro más próxima y me meto en el primer convoy que se detiene. Entro al último de sus vagones. Ignoro su destino. El aire acondicionado rula sólo al tran tran. Apenas funciona.

Frío, calor, lluvia, viento... son insoslayables, se trata de fenómenos naturales que, hoy por hoy, no pueden ser objeto de modulación. Pero, en cambio, la falta de sensatez de las personas, su infantilismo, su falta de perspectiva histórica, su carencia de criterio propio... pese a ser todas ellas susceptibles de enmienda no paran de acentuarse un día tras otro en este privilegiado mundo occidental en el que vivimos.

Me apeo en la primera parada. Salgo afuera de la estación. Le echo un vistazo a un termómetro que hay colocado justo en una esquina. Cuarenta y tres grados. Cuarenta y tres años. Una jodida casualidad.


3 comentarios:

  1. Los inconformistas y el calor nos inspiran...otra jodida casualidad.
    Como comenté en mi última entrada, adoro el verano y sus olas de calor, casi tanto como me hastían las quejas de los que las critican.
    Me encanta la palabra onomástica. Felicidades a ese del relato.
    Un abrazo,:)

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  2. Babe

    ¡Menuda forma gilipollas tiene el tipo de celebrar su cumpleaños, metiéndose en un sex shop!.

    Y... una confidencia. No soporto a los que andan quejándose todo el rato del calor, pero tampoco soporto ¡el calor!. La verdad, últimamente no soporto casi nada. Y una de dos, eso es porque uno de los dos hemos tenido que volvernos insoportables. O el mundo o yo. Tengo la esperanza de que se trate del primero. Je, je, je

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  3. Muuucho calor, sí, y también, inevitable y universalmente, las quejas cansinas –siempre las mismas– sobre el calor que, aparte de aburrir, exasperan. Dices que podriamos enmendarnos. Sí, ciertamente, pero hay que excusar a la especie humana porque el calor nos reblandece el cerebro, se apropia de él y le obliga a que dedicarle casi todos sus pensamientos. Nos domina, en suma.

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