domingo, 12 de julio de 2015

LAS AGUILAS DE VARO

William Bell Scott

Habita entre las llamas de una hoguera, a lomos de una borrachera, colgado de un hilo de chicle de menta.

Le gusta la gente que quiere estar sola, los niños pequeños y las frágiles estudiantes con rizos que refrescan el metro. También le gustan las carreteras intrincadas, con brotes de musgo en el asfalto, y los curas bajitos y gruñones que gritan y se encabronan, a la mínima, porque saben que Dios detesta ponerse de su parte.

Acostumbra a perder lo que apuesta en el amor, mano tras mano, chica tras chica, y en el juego igual procura hacerlo porque no admite que haya necesidad alguna de un azar prepotente; a la suerte la cree -en esencia y fehaciencia- negra, ominosa, incapaz de ayudar a nadie a descubrir vacuna alguna ni de llenar la tripa a los hambrientos; muy proclive, en cambio, a desmoronar imperios, colosos, bibliotecas, ciudadelas, murallas, faros, palacios y liceos. ¡Esa perra!

Es condescendiente con los placeres -a los que mima más de lo que se merecen- severo con la rutina -que tiene por una enemiga acérrima- y curioso con los misterios y las claves de Dios, la salvación y el infinito, pese a que hasta hoy no hayan logrado despertarle todo el entusiasmo que la concluyente gravedad de su causa exige para doblegar el escepticismo.

Anda perdido entre la gente, sin norte, pero feliz y confortado por el elenco de trucos que acostumbra a usar, cada vez con una mayor destreza, como antídoto contra la insipidez de la vida, contra la estupidez maldita.

Y hoy disfruta sabiendo que no son tantos los que gustan de los placeres que él degusta, ni tantos los que besan como él y, como él, reniegan de los besos sin amor.

Le place ver salir a las estrellas cortejado por la soledad del viento, su pasar, y piensa que el son de las trompetas ha de deleitar a los nerviosos, el de los acordeones a los tristes, y que bombos, platillos, timbales y tambores son pura, perfecta, paranoia.

Querría vivir dentro de una chica rubia que le quisiera mucho, con una chica morena, a la que quisiera un poco, dentro de él.

Sabe que aunque no cese de seguir obteniendo cada día cosas buenas, el tiempo se ha llevado para siempre a muchas otras cosas buenas.

Y sabe que los recuerdos van perdiendo certeza, van cediendo intensidad; van volviéndose anécdotas, artículos de fe... como esos retratos resecos en los que aparecen tus abuelos -ya muertos- transformados en niños.

Los bárbaros siempre nos arrebatarán nuestras águilas predilectas.

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