viernes, 3 de julio de 2015

AL OLIMPO SE ASCIENDE EN UN PINCEL, A MERCADONA SE LLEGA CON UN TECLADO.

Juan F. Ferré, el magnífico escritor malagueño, me retaba hace un par de días en "La Vuelta al Mundo", su blog literario, para que me pronunciara sobre a qué escritores actuales cabría atribuirles similar "status" (vamos a calificarlo así para resumir y que nos entendamos todos) al que han alcanzado J. Koons y D. Hirst en el ámbito de las artes plásticas. Y aludía a no se qué de unas sirtes, o algo parecido, que no tengo la menor idea de lo que puede tratarse.

Bien, veamos; como no ando lo que se dice sobrado de ideas con las que componer mis historietas, en lugar de desentenderme de la propuesta, prefiero aprovechar la oportunidad que se me brinda y ponerme a desbarrar sobre el asunto. No es moco de pavo. Tres, dos, uno... ¡ya!. No existe un solo escritor vivo en el mundo anglosajón que haya conseguido adquirir entre el stablishment altoburgués el reconocimiento, el prestigio y -ante todo- la fortuna de esos dos artistas plásticos. Y estas, que siguen a continuación, son las razones de las que me valgo para poder afirmarlo:


Un libro es una "puta":

Sí, un libro es una puta, se va con todos. Llegado el caso, hasta con los que no reclaman sus servicios. Por culpa de los bytes... de las descargas piratas, incluso lo hace sin cobrar un solo céntimo. Dadivosamente. Una pintura, incluso una escultura, como ocurre con la obra de los dos artistas traídos a colación por Juan F Ferré, serían, en cambio, como una especie de amante: entregada, sumisa y atávica. La tenemos guardada a buen recaudo para poder presumir de ella ante las visitas. Son nuestras... las obras de arte plástico. Y, nosotros, los dueños de un pedazo de la mente y el corazón del artista que las ha creado. Mientras que con los libros no pasa eso, los poseemos tan solo. Los libros circulan, torpe pero libremente, entre la muchedumbre. Van a su puta bola.



Un coleccionista de arte es un esteta ¿lo es? podrido de pasta ¡lo está! al que no le apetece demasiado comerse el tarro:

De esta forma tener un cuadro obra de un autor de fama, entraña para su dueño: triunfo, exclusividad, poder. Sí... poder: con su adquisición nos hemos adueñado, asimismo, de “tiempo”, un tiempo ajeno, que, a mayor inri, le perteneció en su día a un ser humano memorable: un genio. Y nosotros, haciéndonos con la obra, con su prestigio, con su “halo cultural” y ¡cómo no! fundamentalmente con su valor crematístico de mercado, estamos elevándonos emocionalmente, al mismo nivel o incluso por encima de él, ya que nuestro dinero, nuestra valía “capitalista” para habérsela podido comprar, es justo el fruto que él demanda a trueque por su talento.


Los libros son una "puta" resabiada, los cuadros son una "amante" ingenua:

¿Cabría entonces -se estarán preguntando ustedes- que el escritor escriba a mano su obra y que exista un único ejemplar artesanal de la misma, para que aquel, si este otro es óptimo, pueda hacerse con un gran prestigio?. Les respondo desde ya: ¡no!, no en la sociedad que actualmente vivimos. Respecto de un cuadro, de una escultura, es el sentido de la vista el que determina el mensaje. Un cuadro, una escultura, entrañan impactos emocionales de orden estético, que se sustancian en cuestión de segundos. Un libro requiere un proceso de asimilación intelectivo que exige tiempo y conocimiento. Pocos visitantes habrá dispuestos a que su anfitrión se esmere en deleitarles la tarde con el recitado entusiasta del original de unas cantigas medievales, apócrifas, que le ha comprado a un chamarilero. Se aburrirían. Mirando un cuadro, incluso aunque el autor sea Rousseau o Bacon, eso no sucede. O bien, como en el caso de Tapies, el aburrimiento no va a pasar de ser fulgurante.

Janet Hill

El escritor es un proxeneta y el artística plástico es un casamentero:

Hay luego otro motivo, cual es que el escritor, por la propia esencia de su “logos”, no concibe el hermetismo (tampoco el elitismo) para su obra, ambiciona que esta obtenga la mayor difusión posible. Hoy por hoy, esto es una condición sine qua non del proceso creativo consistente en “escribir”. Con la democracia, no se escribe ya específicamente para condottieri o pontífices, se escribe para el pueblo, para todo el mundo. Y, claro está, por ese mismo hecho, el hecho de su universalidad, el fruto habrá de merecer cierto desdén por parte de las elites.


Mientras que casi todo el mundo está en condiciones de escribir un sms, no hay casi nadie capaz de pintar la luna:

Pero aún hay más. Decía Warhol que en el futuro -un futuro al que no sólo hemos llegado ya sino que, incluso, hemos sobrepasado o estamos a punto de hacerlo- todo el mundo dispondría de su minuto de gloria. Con internet habremos de añadir que toda la gente a la que le guste escribir, y lo haga, va a disponer de su momento de llegar a considerarse a sí misma Oscar Wilde, o alguien por el estilo, y sucederá, por esa sobreabundancia de pretendidos genios, que los que de verdad lo sean, o por lo menos se aproximen en virtudes a las del esteta, vayan a terminar confundidos con otros juntaletras cualquiera -y es que a lo mejor, seamos sinceros, va a caber que, en realidad, la diferencia no haya sido nunca tanta como ha querido proclamarse- entre ese ingente zafarrancho de pasquines.


Conclusión:

Por todo lo anterior, no existe absolutamente escritor actual merecedor de la gloria. Quizás... no sé... ¿Julian Bluff? (para la ocasión me he permitido la licencia, verdaderamente excepcional, de escribir mi nombre con mayúsculas).


2 comentarios:

  1. Lo que conozco de Koons y Hirst (los animalitos con globos y los de formol) me parece de una banalidad considerable. Puestos a equiparar en superficialidad, parece que está pegando fuerte el tal Tao Lin con una banalidad similar, incluso haciendo lo mismo que Bret Easton Ellis hizo en su tiempo con más calidad.

    El resto de la charla no se entiende bien. Los teóricos dicen que en la postmodernidad se disuelve la frontera entre la alta y la baja cultura, de ahí que grandes artistas pasen desapercibidos y artistas de pacotilla se lleven la gloria. Por otro lado, muchos teóricos opinan que la literatura ya no tiene el valor que tenía antes puesto que nuestra época es más visual. Quizás la literatura no se pueda comparar ya con las disciplinas artísitcas en las que predomina lo visual.

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  2. Hay varios factores a considerar en esa decadencia del ars literaria, pero el principal de todos estriba en que el producto falla. El impacto de la narrativa es ahora el que es por:

    El auge de los medios audivisuales (como bien señalas). Que van a captar a un buen número de mentes creativas, que, en el siglo XIX, sin ir más lejos, hubieran tenido que "conformarse" con ser novelistas (o dramaturgos).

    El agotamiento de argumentos y tesis, con la peculiaridad de que con la difusión masiva de la obra literaria a través de internet la información de la que el lector dispone para reparar en el detalle es abrumadora.

    Ante tal avalancha de "libros", de autores, que se acumulan a estas alturas en la biblioteca de historia contemporánea, la consecución de un estilo propio, y original, se hace cada vez más difícil.

    Internet. Su uso. Que está provocando, en la gente, asimilar la literatura a twitter y twitter a la literatura.

    El pirateo informático. La depreciación crematística del producto tiende a provocar, indefectiblemente, una merma de su calidad.

    Por ahí... creo... que van los tiros. Vamos... que no es que haya descubierto la pólvora, precisamente.

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