lunes, 29 de junio de 2015

PACHINKO. Parte I

Jean Eugene Beuland

Glorieta de Quevedo. Madrid. Yo estoy haciendo la carrera. No soy una profesional del amor, soy estudiante universitario. Me muevo bastante por ese barrio; para coger el metro, sobre todo. Por allí vive mi amigo Alfredo al que tengo veneración. Lo normal es que nos apeemos del autobús en Moncloa, yo lo acompañe caminando hasta su casa, cerca de Quevedo, y acuda, luego, a la glorieta donde la boca de metro. También entra dentro de lo normal que si tenemos pasta nos tomemos unas cañas de camino. Sobre todo si es viernes. Alfredo, el cabrón, parece mayor, y yo, un niñato. Siempre andamos descojonándonos. De todo. Una vez Schommer, una celebridad por aquellos años, nos hizo una foto cruzando un paso de cebra y salimos, los dos, en el suplemento de El País. Alfredo fue a su estudio a preguntarle, al tío, porque nos había hecho la foto y Schommer le contestó justo eso, porque nos estábamos riendo. Luego le dio una copia ampliada, en papel de foto, satinado y tal, pero no se nos distingue bien, no perfectamente, se nos ve a los dos un poco borrosos. Yo ni me di cuenta de que nos habían sacado una foto. Ya lo saben, íbamos muertos de la risa.

En la glorieta de Quevedo, al lado del metro, en unos billares de los de toda la vida, han puesto unas máquinas de Pachinko. En Madrid, por aquel entonces, no había casi chinos, pero, la verdad, todos los chinos de Madrid parecía como si se congregasen ¡seguro que lo hacían! delante de aquellas escandalosas máquinas llenas de colorines.

Las máquinas de pachinko. A lo mejor las han visto ya en alguna película. O... incluso... -las modas van, desaparecen y vuelven- ... las hay por su barrio, donde quiera que sea que vivan hoy en día. Lo mejor...  entran ustedes a "Google images", las echan un vistazo, y así se enteran perfectamente de como son. Pero si les da pereza, o confían en mí, o que sé yo, les digo que se parecen bastante a un pequeño tablero de pinball clavado a la pared con un montón de clavos y agujeros tras el cristal. La gracia del juego consiste en ir lanzando hacia arriba, mediante un percutor, una serie de bolas de acero del tamaño de una canica canija -salen disparadas en vertical a toda leche- y esperar que en su caída, y tras ir tropezándose con los clavos según descienden, se cuelen en alguno de esos numerosos huecos que horadan el tablero. Cuando esto ocurre, vuelven a aparecer más bolas metálicas en una cubeta, una cubeta parecida a la que tienen las máquinas tragaperras para que las monedas de los premios no terminen rodando por los suelos, y tú las coges, las introduces por un agujero que hay en un lateral de la máquina, y las vuelves a lanzar hacia arriba. Te facilitan al principio, cuando pagas, una especie de palangana de plástico donde vienen las bolas (continuará)

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