jueves, 11 de junio de 2015

MICHEL HOUELLEBECQ, UN REFERENTE MORAL (o la necesidad humana del purgatorio)


Pese a lo mucho que me gusta “lo francés”, todo “lo francés”, y sirvan como ejemplo las salchichas de tripas... las andouillettes... que devoro con verdadera fruición en todas las preparaciones imaginables, nunca había leído a Michel Houellebecq. Tenía mis reticencias. Lo ponían, en la prensa, en los blogs, de vuelta y media, y lo hacían no tanto a causa de su estilo, al que unánimemente se valoraba, como de sus ideas, que solían conceptuarse como egoistas y retrógradas. Mas era justo por lo otro, por su estilo, por lo que a mí me daba miedo leerlo, no me fiaba que toda una serie de gente tan solapada como para descalificar a un escritor motejándolo de egoista ¡como si no lo fuesen todos, no te jode! se hubiese puesto de acuerdo, sin embargo, para mantener que, no obstante, escribía bien. No acostumbro a prestarles fiabilidad alguna a los hipócritas. Menos todavía cuando se manifiestan en manada.

Entonces... o bien me daba miedo que Houellebecq me decepcionase, o -lo que casi era peor porque sabía que me obligaría a gastar mi tiempo en houllebecqadas- me asustaba con mayor propiedad que me entusiasmase. Me decidí, por fin, a hincarle el diente a su obra gracias a “Sumisión”, no parecía lógico desentenderse así como así de una trama como la que Michel desarrollaba en sus páginas. Me gustó lo suyo. Ya expuse brevemente mi parecer al respecto, en otra entrada del blog, de hace un par de semanas o así.


Luego, de inmediato, “Sumisión” me ha empujado ¡cómo no iba a hacerlo! a seguir adelante y, avanzando hacía atrás conforme al dictado del tiempo, me he colado justo dentro de “El Mapa y el Territorio”, su novela anterior, a la que, sin ambages, calificaría de obra maestra. Esencial para poder interpretar la Europa actual y, más concretamente, la Francia del cambio de milenio.

Houellebecq, entroncando su discurso con la escolástica, casi casi kantiano, ofrece un recital, en toda regla, acerca de los valores humanos que han venido permitiendo desde El Renacimiento el auge de nuestra cultura y nos han facultado a los europeos, les han facilitado a los franceses, alcanzar un grado de desarrollo cultural, estético, tecnólgico ¡y hasta emocional! sin parangón en la historia de las civilizaciones. Y nos habla Houllebecq, valorando a estas actitudes como se merecen, del esfuerzo y de la abnegación, de la entrega desinteresada a un ideal propio ajeno a cualquier ambición de liderazgo, de la relatividad del amor... y de la vida... al margen de todo dramatismo impostado. De los padres y su muerte. De la ciudad y del campo.

Y todo ello, a partir de un escepticismo amable, amistoso, hijo de la reflexión y el saber. En el libro, se relativizan: el triunfo, el amor, el dinero, todo... prácticamente se relativiza. Y se hace notar que la felicidad, cuando llega, es moderada y, casi siempre, solitaria, sin que tenga demasiado que ver con la ambición y sus logros.



Al revés de otras obras con, aparentemente, unas miras más elevadas, más filantrópicas, Houellebecq no hace proselitismo en favor de nada -salvo como no sea una “urbanidad” ilustrada “a la francesa”- ni de nadie -ni siquiera de él mismo- sino que se limita exponer una serie de ideas, y sus correlativos sentimientos, que, por su sencillez y sentido común, no vienen a ser sino la revisión de un “humanismo marco” paneuropeo que siempre ha estado ahí, en el día a día -por mucho que a algunos nihilistas de salón les haya convenido ignorar e incluso tratar de deslegitimar esas sencillas pautas- presente entre los naturales de Francia. No, no es que esté loco Houllebecq, ni que sea un egoísta, o un reaccionario, según le achacan. Como acostumbra a ocurrir... en la realidad de la vida... los que probablemente sufran todos esos defectos que vengativamente le endosan a él, sean precisamente sus detractores. Justo. Por lo general casi siempre son las minorías quienes pechan con cargar a sus espaldas, con los consiguientes esfuerzo y desgaste, el peso de lo verdadero.


Así pues, Michel Houellebecq se ocupa en “El Mapa y el Territorio” de recordarnos algo que, aunque nos cueste admitirlo, todos sabemos ya: “que ni siempre somos tan malos ni siempre somos tan buenos”, abundando, eso sí, en que nos interesa, le interesa al mundo, que procuremos ser... según envejecemos... un poco mejores, y vaticinando para una gran mayoría, a salvo de casos extremos cuya existencia él parece no poner en entredicho, una prolongada permanencia, no tan remota en el tiempo como nos es dado imaginarnos, en las cálidas y confortables instalaciones del purgatorio de la cristiandad. 

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