viernes, 26 de junio de 2015

EN UN TREN (Parte II)

(Helen McKie)

Aunque tenía puesto el volumen bastante alto, empecé a escuchar unas carcajadas fortísimas dentro del vagón. Parecían pertenecerle a un tío. Separé momentáneamente los auriculares de mis orejotas. En efecto, había un tipo, cinco filas de asientos por delante del mío, que se lo estaba pasando de miedo con aquello. Un furor. Entraba incluso, dentro de lo probable, que al sujeto aquel le sucediese algo malo si seguía descojonándose de esa forma.

Miré a mi alrededor en busca de árnica. Necesitaba la amistosa mirada de otro ser humano para cerciorarme de que viajábamos en compañía de un verdadero freak.

¡Ja, ja, ja!. Bien fuerte. ¡¡Ja, ja, ja!!. Aun más fuerte. A base de reclinarse y doblarse en dos, en su asiento, parecía como si aquel individuo, incapaz de cualquier moderación, pretendiera convertirse en pelota. En bola. Y, todo esto, de lo bien que se lo estaba pasando con aquella inmundicia de película.

Mientras se enderezaba, entre grandes aspavientos, el tipo ladeó ligeramente su rostro hacía el pasillo.

Me pareció reconocerlo. Tranquilos, que no cunda el pánico, no era nadie de mi círculo de amigos. Me levanté y fui al baño para, de vuelta, poder observarlo de frente.

Justo, era Gregorio Trujillo. Su hermano menor: Paco, sí que era amigo mío, o... mejor... conocido, pero él no. Pese a su innegable aspecto de seminarista esquizoide, Gregorio era licenciado en ciencias químicas, licenciado en económicas, me parece que también abogado, y desempeñaba, según creí recordar, un cargo de absoluta relevancia en una multinacional del sector farmacéutico. Lo que podría catalogarse como un verdadero hooligan del sistema.

Me lo quedé mirando fijamente. No bien él, por su parte, me reconoció, se levantó de su asiento, medio congestionado por la risa, para darme la mano. Yo en mi vida había visto a nadie reírse tanto. Me tendió su diestra.

Mientras nos saludábamos a él le resultaba imposible apartar su mirada del monitor del techo. Traté de hacerme cargo de la situación.

-“La película... cojonuda ¿eh?”.

-“Bueno... no sé... tampoco es para tanto”.

Justo en eso era, en lo que estaba convirtiéndose la vida en los últimos tiempos. Se trataba de decir -ahí estribaba el truco- lo contrario a lo que de verdad se pensaba. ¿Qué truco?. Por fortuna, la oscuridad de un túnel le permitió a mi mente volver a quedarse en blanco como antes de que diese comienzo aquella estupenda película para niños desesperados.

3 comentarios:

  1. Se podria decir que esta alegoria esta a medio camino entre un David Lynch cotidiano y un Roald Dahl relajado?
    Mientras leia las dos partes, pensaba que trasladadas a imagenes darian algo del estilo visual de las pinturas de Rockwell o de Hopper, e imaginaba lo bien que quedaria el contraste entre lo estatico de la situacion y el movimiento permanente del tren.

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  2. Hola!

    Ya contesté y se borró. Bueno, venía a decirte, querido Antonio, que si una imagen vale más que mil palabras, en el caso de Rockwell va a valer algo así como ochocientas mil, y es, por eso, por lo que tú mejoras el texto al imaginártelo en tres dimensiones.

    Yo... que fui el que vivi la escena... más que a Hooper, la asoció con mayor verosimilitud a algún costumbrista español ¿Colomo? ¿Martinez Lázaro?. De Lynch he visto solo un video en el que salía Isabella Rossellini, luego... sus influencias sobre mis textos han de ser nulas (salvo que saque en ellos a Isabella Rossellini ja,ja,ja) y de Roald Dahl sí que puede tener algo, sobre todo si Trujillo termina asfixiado, en medio del pasillo, por culpa de sus carcajadas.

    Un abrazo, amigo!

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  3. Jajajaja, ay madre Bluff. Un fan de Ben Stiller seguro.

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