sábado, 23 de mayo de 2015

JUSTICIA


Le trasladó el apuesto Ampelios a Diodoto, magistrado de la corte suprema de la polis, a una de cuyas audiencias había asistido el joven estudiante de leyes para penetrar desde su mismo vientre en los entresijos de la justicia, la cuestión que me dispongo a consignar aquí.

-"Pero... esa sentencia que ha proclamado a primera hora, la del hombre de los olivares, a mi entender es completamente injusta...".

Diodoto consideraba a este muchacho, discípulo suyo, un chico muy listo y no deseaba que se malograran su espíritu ni su conciencia de forma artera. Le dijo la verdad.

-"Lo sé. Lo es".

-"Entonces... ¿por qué la ha dictado?".

-"Porque necesito sobrevivir. Si se les diese siempre la razón a quienes se hallan asistidos de ella por las leyes, los abogados no pleitearían y los tribunales, gracias a los que vivo y debo mi status y mi hacienda, se volverían innecesarios. En ese caso, incluso yo sobraría en Atenas. Y lo cierto es que no me pienso dedicar a podar viñas. No creo que esa fuese faena de mi agrado, se hace en silencio, sin que te obedezcan. Además... me siento mayor".

-"¡Terrible!".

A esas alturas de su vida, con una copiosa ristra de víctimas en su haber, Diodoto sabía que, en efecto, aquello era terrible, y no le importó exponérselo a Ampelios con una crudeza absoluta. Pretendía alejarlo del mal.

-"Hay veces, quizás demasiadas, en las que los intereses de los hombres les abocan a posicionarse en favor del mal. El mal juega la partida de la vida en igualdad de condiciones con el bien y el número de aquellos que lo apoyan, a causa de su propia conveniencia, supera casi siempre con creces al de quienes se sienten obligados a combatirlo. No aspires a ser juez, muchacho. No corrompas tu alma".


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