domingo, 3 de mayo de 2015

GANAS DE SALIR HUYENDO


Probablemente sea ese mi estado de ánimo habitual. Ansioso. Y haya sido así desde siempre. La ansiedad presente de continuo en mi vida, con sus múltiples disfraces, para decretar como soy. Los motivos cambian, pero ella permanece. Siempre ha estado ahí. Intento no volver la vista hacía el pasado demasiado a menudo. Cuando lo hago, la veo. Ella ya estaba allí. Y tengo que reprimir las ganas de salir huyendo.

No sé si esto que me pasa a mí les pasa a los demás hombres, a las demás mujeres. Supongo que sí o, si no, les sucederá algo bastante parecido. Los ansiolíticos se venden como churros y a la gente, casi desde que tiene uso de razón, le gusta beber alcohol, tomar drogas. La razón engendra los monstruos de la verdad que son los más despiadados entre todos. Los únicos que no están dispuestos a perderte de vista aunque tú seas un puto desastre. Y hay que conseguir hacerse, como sea, con algo, lo que sea, que nos permita creer que no somos un puto desastre. Doblegar, aunque tengamos que recurrir para ello a pastillas, a las cogorzas, las acuciantes ganas de salir huyendo.

Hoy tienes junto a ti a una mujer bonita que más o menos te comprende -o un hombre apuesto, como lo prefieras- y es un domingo de mayo tranquilo y soleado, como de verdad está resultando ser este día. La tarde va discurriendo con calma y no ha sucedido nada malo de lo que poder lamentarte. Y, sin embargo, sabes que tu vida está ahí, al acecho, echándose un pitillo junto a la catástrofe, en el bar... a la vuelta de la esquina... dispuesta a cumplir con su trabajo y hacerte pensar. Hacer que te preocupes como siempre ha venido sucediendo. El miedo a la pérdida. Cuando realmente, para que vamos a engañarnos, no hay modo de escapar de la vida por mucho que uno corra hacia atrás. O hacía delante.

Para tratar de superar ese miedo, refugiarse en una nostalgia de caras borradas. Sublimarla -a esa nostalgia, me refiero- por medio de canciones, de música, de lecturas... de objetos incapaces de morir... y, así, impedir la resurrección de los muertos. Un nostalgia sin rostros, truncada, para no tener que enfrentarte cara a cara con la verdad. Una verdad que, en el fondo, no deja de ser la única alternativa posible; bastaría... para aceptarla... con que dejáramos de pensar en nosotros mismos. Después de todo, no deberemos ser tan valiosos cuando tenemos que recurrir al dopping para sobrevivir. Pero resulta algo tan difícil eso de dejar de pensar en uno mismo.

Y así envejezco, envejecemos, reprimiendo un día tras otro, una tarde tras otra, una noche tras otra, el deseo de salir huyendo y, como si fuésemos el personaje eterno de una sabia parábola de cualquiera de Los Evangelios, volver a habitar, llenos de vida, los sucesos vencidos de un tiempo, joven, que ya ha quedado atrás.


2 comentarios:

  1. Sal huyendo, sin miedos. no sublimes más tus instintos ni anestesies tus sentimientos. Cae al vacío sin red porque siempre hay fondo, siempre.
    Un abrazo,:)

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    1. Los post como este, son justo el vacío. Ese vacío que necesito en mis momentos más íntimos para desahogarme de la congoja existencial de la que en mi vida real no queiro saber nada de nada. En fin... julian bluff

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