domingo, 2 de noviembre de 2014

MERIENDA PARA UNA SOLA TAZA DE TE


Llovía. Llevaba todo el santo día lloviendo sin parar. Un día malo de otoño.

Pensé en mí. Reproduje con la mente aquel rostro tranquilo que aparecía en la última foto del verano. Pensé si yo era el hombre que podrías estar tratando de encontrar cuando me telefoneaste a las cuatro. Si cabía la posibilidad de que el tiempo hubiese propiciado la ocasión de que de verdad llegara a gustarte. Si mi corazón podría ser capaz de seguir queriéndote cuando amainasen los deseos.

Había bebido un par de cervezas para entretener la espera. Barajaba pedir otra. Entre tanto dejé que mi imaginación me condujese hasta otras mujeres de las que había estado enamorado. Su nariz, sus ojos, su boca... Un memorando de amores vanos. Me daba cuenta de que yo pertenecía a esa clase de personas para los que lo mejor era siempre lo que no podían obtener. Pero, con franqueza ¿no son estos amores ideales los únicos que de verdad merecen ostentar tan rotundo nombre?. La razón me confesó que sí. Los otros idilios -los consumados en la carne- al expirar se llevan consigo todos los atributos susceptibles de permitir que los continuemos llamando amor. Resolví, al cabo, tomarme la cerveza.

Mientras intentaba atraer la atención del camarero a base de agitar un brazo alzado, descubrí tu cara, radiante, mirándome por entre los cordones de agua que surcaban los cristales del ventanal. Estabas preciosa. Hasta llegar a mi lado, no paraste de sonreír un solo segundo. Me puse en pie. Nos besamos. Cada uno de nosotros pronunció el nombre del otro.

“¡Vengo calada hasta los huesos!” protestaste del aguacero. Antes de que yo pudiese soltar cualquier bobada, a modo de estímulo, un muchacho se nos acercó y nos preguntó que era lo que queríamos beber. “Un té con limón” le pediste. “Una cerveza” le pedí, yo.

“Te he llamado porque me apetece que tú seas el primero en saberlo”. De entrada, me chocó el comentario. “¿Dejas por fin la empresa?” te pregunté. “Me caso el mes que viene. Con Emilio. Igual te acuerdas de él. Aquel chico rubio con el que coincidimos el verano pasado en la fiesta de Magda y a tí te pareció tan majo”. Permanecí callado, en silencio; sospechaba que sus siguientes palabras iban a conseguir joderme más todavía.

“Sí, hombre. Tienes que acordarte”.

Yo continué sin abrir la boca. Cuando lo hice fue para soltarlte la primera tontuna que me vino a la cabeza, interesarme acerca de una prima tuya con la que había coincidido hacía la tira de años en unos cursos de inglés. Declinaste hablarme de tu prima y preferiste continuar hablándome de Emilio. Yo no paraba de sonreir.

La cita no se prolongó en demasía. Aduje que tenía un poco de prisa y tenía que marcharme. Mientras salíamos del bar me cogiste del brazo. Sin mirarte a los ojos, entre gotas de lluvia y punzadas de melancolía, reconocí que había estado siempre enamorado de tí.

“Eres un tonto” confirmaste tú, entonces, mis sospechas. Y partiste sola, calle abajo, en dirección a La Castellana.

3 comentarios:

  1. "¿no son estos amores ideales los únicos que de verdad merecen ostentar tan rotundo nombre?.". Rotundamente ¡no!, y este es un criterio que separa la inmadurez de la madurez bien entendida

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    1. Evidentemente, Lansky, evidentemente; pero mi personaje es un inmaduro nato que fuerza la jugada intentando echar un polvo con su enamorada platónica para poder dejar de sublimarla y así no tener que admitir que ella ha preferido a otro antes que a él. ¡Un abrazo!

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  2. "mi personaje es un inmaduro nato".... Te hago notar que todos los inmaduros son natos, por defnición, luego algunos crecen y maduran y otros no

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