martes, 18 de noviembre de 2014

EL MUSICO


Una tarde tras otra insiste en hacerse amigo de la felicidad. Casi siempre le parece ver reflejada su sonrisa en el culo del vaso. Esta vez le ha pasado. Vuelve a coger la botella y a llenarlo con parsimonia. Afina la guitarra, comienza a puntear las cuerdas sin saber a donde le conducirán sus dedos ¿a la soledad? ¿hasta los besos de un antiguo amor? ¿hacia la sencillez y la rotundidad del viento?. Desliza su mano izquierda calculadamente, delicadamente, sobre el mástil, tanteándolo... trasteando... acariciando las cuerdas que lo cruzan. Provenientes de la caja se escuchan unas olas que rompen frente a la playa, los jadeos de una muchacha a punto de quebrarse en lágrimas... 

Hablan las cuerdas, la madera, el vacío de la caja. Reproducen las palabras amargas de una amante dolida que no le permitió quererla menos de lo que amaba a la tristeza. Una mujer morena, cuyo orgullo herido la hacía recelar insistentemente de la sinceridad de su amor. Una mujer errada.

Sus dedos aflojan la presión que ejercen, dejan de moverse, se quedan inertes... sin haber podido dar tampoco en esta ocasión con el venturoso camino de notas que conduce hasta la felicidad. 

Ellos saben que se halla allí oculto, esperando la secuencia de sus movimientos. Pueden escuchar los arrullos y suspiros de una armonía. O de otra, parecida pero distinta. Pero a la hora de intentar hacerse con las notas, estas comienzan a escabullirse, a escapar, a rechazar su tacto. Vibrantes, disonantes, hoscas, como si lo considerasen un tipo capaz de exagerar o de hacerlas de menos.

Se sirve otro trago. Tal vez ahora sí que pueda ser capaz de encontrar ese mi sostenido y esos soles radiantes que lo lleven en volandas a lo largo de toda la escala y lo alojen en el paraíso, o tal vez se tenga que conformar de nuevo, como si de un gentil novio adolescente se tratase, con acariciar embelesado el vientre pleno de la guitarra y el mero tacto del cordaje, su textura y su esencia, consiga hacer que se sienta bien.

Entre trago y trago de nostalgia va desgranando en esta tarde seca, una vez más, la historia absurda de su vida, una vez más, la vida de un hombre confundido, de un hombre extraviado, de un ser humano que pretendía ser siempre feliz y terminó, para poder lograrlo, echándose de novia a la tristeza.

Entre trago y trago de sinceridad va desflorando con sus dedos, huyendo en loca fuga entre las cuerdas, sus penas y sus ansias, su esperanza y su resignación... porque le consta, al cabo, que el único remedio infalible que conoce para seguir riendo, para continuar creyendo, para seguir amando... es escuchar la música.

La música. Suena la música. El la escucha ¡cómo no!. Y, cada vez que las lágrimas asoman a sus ojos, renueva su verdad y su hombría, dejándolas correr a su aire, sin cortapisas. 

3 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  2. El problema, como siempre, está en buscar en la música lo que no está en ella... especialmente cuando lo buscas allí. En la música se puede encontrar prácticamente cualquier cosa, la condición única, pero ineludible es no buscarlo.

    (Para encontrar mi sostenido en una guitarra, por cierto, basta pulsar la prima, también sirve el bordón, pisando su primer traste. El sol se encuentra pulsando al aire la cuarta, pero lo de que sea radiante ya debe ser cosa de las guitarras acústicas, no sabría decirle...)

    ResponderEliminar
  3. Los músicos son sordos, como Bethoven, por eso molestan tanro a los vecinos cuando practican

    ResponderEliminar