martes, 14 de octubre de 2014

RECUERDOS Y RAZON

Zhu Ziwei

Recapacito. Las motivaciones las van a saber enseguida. Voy remontándome con la mente hacia el pasado. No me acuerdo de lo que pensaba, no me acuerdo de lo que decía o de lo que me decían mientras fui un niño. Permanecen solo flashes de imágenes, instantáneas configuradas sobre la marcha -me imagino- a base de los comentarios, míos y de otros, sobre determinados sucesos acaecidos por aquel entonces. Me extraña, de los escritores, su meticulosidad a la hora de rememorar su infancia, que no decir cuando se ponen a contar, explicar, con pelos y señales, lo que percibían, e incluso sentían, cuando andaban por los tres, cuatro, cinco... años. Yo apenas me acuerdo de nada. Imposible. No consigo hacerlo. Mi memoria fracasa.

De algunas otras de las cosas que acontecieron después, a partir de... digamos... los ocho años sí que conservo algunos recuerdos. No son demasiado placenteros: asma, alergias, anocheceres de largos trayectos de autobús junto a mi madre... en vehículos abarrotados... hasta el vecindario de la zona sur donde por aquel entonces residíamos. El colegio: la agresividad acuciante de los demás niños a la hora de detectar el mínimo defecto físico entre sus pares para écharsele encima al gordito, al orejón, al canijo, al gafotas... Yo, entonces, formaba parte del grupo de los canijos.

Con la pubertad, con el inicio de mi atracción sexual por las chicas, comienzan mis verdaderos recuerdos. Las primeras chicas que me llamaron la atención, o de las que me enamoré, yo era un chaval sumamente enamoradizo, las conocí en los coches de choque. Me subía junto a cualquiera de ellas -eran dos, de dos pandillas distintas- y a su lado, muslo contra muslo, percibía el vértigo de los topetazos instalárseme, como centellas, en mi bravo corazón de novato.

A partir de los últimos años de mi adolescencia sí que recuerdo -o creo recordar- ya casi todo. O, lo que es lo mismo, un poco de aquí y otro poco de allá. Algunas cosas con más precisión que otras, resulta obvio. Hay veces, ahora frecuentemente, en las que me da por pensar... ante determinada situación personal de conflicto por la que atravieso, ante los criminales comportamientos de políticos y banqueros de los que cada día nos da cuenta internet, ante lo ridículo de algunas opiniones ajenas... cuál habría sido la reacción en mi juventud. Termino por admitir que aunque hayan transcurrido ya un montón de años, en lo esencial mi pensamiento no ha cambiado apenas nada desde entonces. Igual sucede con mis aficiones, mis gustos, unas y otros apenas se han alterado y, hoy, continúo leyendo la misma clase de libros, escuchando la misma clase de música ¿No he sabido evolucionar? ¿Era de pipiolo un sabihondo repelente? ¿Mis preferencias han permanecido todo el rato estancadas en el tiempo? No, no y no. O... sí, sí y sí. ¿Quién lo sabe? Han guiado siempre mi comportamiento -incluso también cuando he procurado que no lo hiciesen- la racionalidad y el criterio propio, dos caras de una única moneda. Según mi propia experiencia, el momento idóneo para poder apreciar estas dos valiosas pautas en su término justo es el que justo coincide con la, llamada, “mayoría de edad”. Luego, a lo largo de toda una vida, cabe, solo, perfilarlas, matizarlas, afinarlas.

En resumen, que lo mismo que nunca en el pasado me atribuí el menor atisbo de precocidad, al contrario, siempre me sentí un tío vulgar, del montón; tampoco ahora me veo a mí mismo como alguien al que la experiencia le haya abocado a mudar de raíz sus propias opiniones. No las fundamentales. Aunque sé bastantes más cosas, esto es cierto, sufro como antes ¡ay de de mí! mi inmadurez representa un completo fastidio, ni el corazón bombea ahora tan lento ni la sangre es capaz de circular al mismo ritmo pausado. Y entre una decepción, y la siguiente, me queda solo ufanarme, caso de que esta soplapollez pudiera merecer ser en alguna circunstancia motivo de orgullo, de que mi fé en mi propio criterio ha sido en todo momento inquebrantable.

3 comentarios:

  1. Autoanálisis, mirarse en el espejo... ten cuidado no te cortes al afeitarte

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  2. ¡Ah! ... ¿pero...? ¿... ese soy yo? ;-)

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